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Energía: algo más que una crisis de oferta

Por Pedro Prieto

Vicepresidente de la Asociación para el Estudio de los Recursos Energéticos (AEREN)

Madrid, 1 de junio de 2005.-

Hay que agradecer al ex presidente del gobierno español, Felipe González, que de forma tan oportuna haya abierto el melón del acuciante problema energético con su artículo Energía: ¿crisis de oferta? en el diario El País del pasado 30 de mayo.

Saltando por encima de las consideraciones generales sobre la importancia de los suministros energéticos, es la primera vez que vemos a un político de esta talla admitiendo que “el escenario al que estamos abocados en la próxima década es el que se corresponderá con la primera crisis de oferta de la era industrial”. Ya es algo. También es la primera vez que un personaje tan relevante afirma en público que “Incluso si el nivel de inversiones en nuevos yacimientos se incrementara ya, de forma sustancial, la maduración de estas inversiones no alcanzaría a satisfacer ese crecimiento de la demanda” y atreverse a afirmar que el punto de conflicto de esa escasez por recursos esenciales en el planeta Tierra se sitúa en el horizonte del los años 2010-2012 y que ni siquiera el empuje financiero –que el ex presidente cree podría solucionar los problemas de escasez– va a poder evitar que se produzca la misma.

Curiosamente, existe una organización, llamada Association for the Study of Peak Oil and Gas (ASPO), es decir, la Asociación para el estudio del cenit del petróleo y el gas, que viene casi a coincidir con el Sr. González en que hacia esas fechas (en el grupo hay científicos y geólogos que creen que incluso antes) se llegará a una situación en la que la demanda superará a la oferta y provocará una crisis de gran magnitud. Pero hasta aquí llegan las coincidencias.

El logotipo de esta asociación es una curva, más o menos en forma de campana, con énfasis en el momento del cenit. Esa curva describe el auge, la llegada al cenit y la inevitable caída del recurso petrolífero. La curva es similar a cualquier otra curva de la vida en el planeta y del agotamiento de cualquier otro recurso. Es una curva muy natural y uno la ve, la vive y la siente a lo largo de toda su vida, en el entorno. Todo ser vivo sufre un proceso de nacimiento, crecimiento, llega al cenit o madurez y luego decae, más o menos rápido, hasta una muerte inevitable. Nada extraño, nada ilógico. Es real, como la vida misma.

Lo mismo pasa con los recursos. Si son renovables, como la pesca de ciertas especies, los cazaderos o los cultivos y no se extinguen por completo (cosa que puede suceder, si uno se excede), pasan por ciclos sinusoidales de crecimiento, cenit, decaimiento de la población cuando la población excede a los recursos disponibles y los esquilma, y vuelta a empezar, cuando se llega al fondo de cada ciclo. Si los bienes o recursos son no renovables, el ciclo es una curva en forma de campana y por una sola vez. Eso pasa con los minerales y su extracción de la tierra y sucede, como es natural, con los combustibles fósiles y nucleares.

Pero el homo economicus moderno ha tenido la virtud (o la desgracia) de eliminar el concepto de ciclo natural o de curva de agotamiento y ha inventado un nuevo concepto, antinatural, que ha calado tan a fondo en las conciencias, que hoy son legión quienes creen –con auténtica fe religiosa– que las curvas del progreso o de la evolución de las cosas tienen que ser siempre ascendentes. En el mundo económico, la curva en trazado horizontal es pecado; esto es, la estabilidad o meseta es pecado; una curva de caída es un horrendo pecado que no se perdona, como el del ángel caído. Han caído ministros, presidentes de gobierno o altos directivos de empresas cuando los gráficos de producción o consumo, de venta de bienes y servicios mostraban alguna de esas tendencias planas o de caída, por otra parte naturales.

El mundo, hoy dominado por teorías económicas de crecimiento infinito en un mundo finito, ha regresado a los momentos en que la tierra era plana por mandato, aunque uno viese los barcos desaparecer en el horizonte. La tierra plana es un gran símil para describir este sistema de valores dominante. En una tierra plana, como en una recta, no hay límites; existe el infinito. En una tierra esférica, por el contrario, se puede conocer el radio y, por lo tanto, la dimensión del mundo en que vivimos. Y se llega a la conclusión de que es finito, limitado, por muy grande y maravilloso que sea.

A treinta y tres años de “Los límites del crecimiento” fijados por el club de Roma, todavía hay simples que se permiten denigrar a los que entonces lanzaron la advertencia sobre la finitud de los bienes terrestres. Sigue sin poder cuestionarse la gran verdad de su propuesta, y para denigrarlos, se arrojan contra ellos predicciones de todo tipo, que los científicos de aquella época no hicieron o, si lo hicieron, fue movidos por economistas que les invitaron a extrapolar las posibles duraciones de elementos de la naturaleza a los ritmos de consumo y previsiones de crecimiento de la época.

El mensaje del Club de Roma no se quiso captar, pero no era ése. Era, en unas palabras, que lo importante no era cuándo se agotarían esos bienes, sino que ineludiblemente, terminarían agotándose de una vez por todas. Que convenía tomar medidas a partir de aquel momento –no se tomaron, desde luego– para intentar volver a modos de vida sostenibles, es decir, de curva sinusoidal, cíclica, que reconociese que la vida consiste en subidas y bajadas, con sinusoides de unos que van naciendo, creciendo, desarrollándose, yendo a menos y extinguiéndose, y otros que les siguen más o menos después o en paralelo.

Muere el individuo, sigue la especie. Eso es lo importante. Y eso sólo se consigue si el mundo funciona de forma sostenible; es decir, si el mundo procura vivir de la maravillosa biosfera y no utiliza apenas los recursos de la litosfera (algunos minerales y combustibles fósiles, principalmente) para desarrollarse geométricamente más allá de los límites naturales. Un desarrollo posible mientras los bienes finitos y limitados de la litosfera son todavía accesibles, pero que luego cae de forma tan dramática que pueden poner en peligro, no sólo al individuo, sino a la especie en general, a todos los seres vivos que pueblan la biosfera.

El presidente de gobierno español pertenece a ese grupo de personas que siguen pensando que el crecimiento puede continuar sin freno (al menos en su artículo no se ve lo contrario) y que la escasez que ha visto de petróleo y demás energías fósiles solo es cuestión de “más inversión”, para que se descubran nuevas fuentes y todo siga su curso de línea que sólo sabe subir. Los gráficos de actividad empresarial, crecimiento económico, consumo y demás, tienen que mostrar curvas erectas, cuanto más erectas mejor. Son como grandes falos lineales, cuanto más empinados, mejor. Siempre acaban empinados, nunca llegan al cenit y, después, llega la nada, el vacío. No pueden caer de forma natural. Pecado de lesa impotencia.

Los “business cases” (ejemplos de negocios) y las “success stories” (historias de éxito) que se cuentan en los seminarios de las empresas para formar ejecutivos siempre cuentan sólo los de otras empresas que hicieron algo y eso les permitió crecer. Enron debió ser una “success story” para cientos de seminarios de negocios. Y dejó de serlo cuando reventó como una seta de pedo de lobo. En este mundo no se permite contar el final de la curva; morir está prohibido. No en vano, y como un espejo de lo que sucede en el mundo de la economía y de los negocios, los casos de cirugía plástica en el mundo físico se multiplican en gentes que buscan en el quirófano la fuente de esa misma eterna juventud, de ese vigor sin límites. No en vano se arrincona y abandona a los ancianos, por ser espejo de nuestra propia vejez.

El ex presidente de gobierno español afirma lo obvio: que los recursos energéticos son vitales para el mundo industrializado, que la lucha de intereses por los recursos disponibles “tensionará” las relaciones de poder en el mundo y se apunta a advertir de la amenaza que representan países emergentes en el consumo de los mismos, como India y, sobre todo, China. Éste es un lugar común de los expertos occidentales que, sin embargo, mueve a reflexión. Primero, porque si el mundo civilizado y democrático es tan elaborado y completo como creemos, y si no hay escasez de recursos combustibles y éstos sólo dependen de la inversión ¿por qué no se ha invertido, por estulticia?

En segundo lugar, viene siendo común, en los mayores y más glotones consumidores, echar las culpas a los Lázaros que apenas intentan alzarse sobre la rica mesa de Epulón, en busca de las migajas. En la historia siempre había quedado claro que las conquistas producían esclavos a quienes hacer trabajar en beneficio del conquistador. Incluso se crearon grandes sociedades anónimas y compañías de Indias, participadas por la realeza y los banqueros europeos, para gestionar tan lucrativo negocio. Ya a finales del siglo XIX empezó a verse mal la práctica, pero los países desarrollados inventaron la táctica de abolir la esclavitud, mediante una sutil transformación. Hoy asistimos a un espectáculo dantesco de esclavos modernos, fletando ellos por su cuenta y con sus magras fortunas los barcos negreros que han de traerlos a trabajar, por salarios de miseria y en condiciones de semiesclavitud, a los países desarrollados.

Ese milagro sólo ha sido posible por el nivel tan espantoso de latrocinio perpetrado por los países ricos en los países pobres, que hace que esas personas den el famoso grito de “¡hacednos vuestros esclavos, llenadnos de cadenas, pero dadnos de comer!” ¿Cómo hemos llegado a eso? Pues mediante muy logradas técnicas financieras, que hacen que sus países, cuánto más paguen, más deban. Caso único en todo principio económico racional, el que los flujos netos de bienes y servicios y los flujos de capital que ellos deberían generar, vayan curiosamente, de forma neta, en una sola dirección: de los países pobres a los ricos.

La potencia del comercio y el transporte moderno ha cambiado la faz de la tierra en pocas décadas y ha hecho que los flujos de riqueza se trasladen de forma masiva de los países ricos en recursos y pobres en capital a los que son ricos en capital, que cada vez lo son más.

Curiosamente, a lo largo de todo el siglo XX este movimiento, tan singular y desequilibrado, se ha venido vendiendo, sin interrupción, como la denominada “ayuda al Tercer Mundo”, eufemismo para camuflar la malsonante palabra “pobre” o la aún más malsonante expresión “pobre de solemnidad”, que hoy podría aplicarse a miles de millones de personas. Julius Nyerere, primer presidente de Tanzania, llamado por muchos “la conciencia de África”, decía: “Que no nos echen una mano, dígales que nos basta con que nos quiten el pie de encima”.

Recuerdo muy bien el viaje a China que protagonizó el hoy ex presidente del gobierno español a mediados de los ochenta. Allí se entrevistó con Deng Xiapoing y aprendió, entre otras cosas, que “lo importante no es que el gato sea blanco o negro, sino que cace ratones”. Iba con un nutrido grupo de empresarios españoles, como todo presidente de gobierno occidental que se preciase en aquellos tiempos, a intentar “fomentar las relaciones comerciales” y a “cooperar con el desarrollo de China”, años después de que Nixon diera el pistoletazo de salida con Mao y permitiera a los países subsidiarios seguir el modelo.

Y, para ser un país que, según los estándares europeos,  parece que sale del hoyo, nuestro ex presidente se preocupa porque pueden llevarse –o pretenderlo– la casi totalidad de la energía no renovable disponible”, Este es el discurso predominante en los cenáculos del poder occidental. ¿Y cómo es así, si no se declara escasez de combustibles que no sea circunstancial y soluble mediante más inversiones?

En la reunión de ASPO en Lisboa, el pasado mayo, Xiongqi Pang, director del laboratorio de mecanismos de migración y acumulación de hidrocarburos, de la Universidad del Petróleo de Beijing, explicó muy gráficamente la situación del mundo: vino a decir que 290 millones de estadounidenses consumen 1 Km3 de petróleo al año, mientras que los 1.300 millones de chinos, con todo el tremendo, publicitado y temido despegue de China, consumen apenas un cubo de unos 350 m de lado. Pero la cosa es todavía más grave y cínica. El escritor James Howard Kunstler, autor de Geography of Nowhere: The Rise and Decline of America’s Man-Made Landscape, entrevistado por Greg Greene, director del documental “The End of Suburbia”, nos recuerda que los chinos, en realidad, están consumiendo tanto porque se han convertido en las maquiladoras del mundo y fabrican desde tazas de váter a calzoncillos, bolígrafos y todo bien de consumo, que se producen en China, fundamentalmente, para consumo occidental. Así pues, al cubo de 350 m de lado que se atribuye a los chinos, todavía habría que quitarle una importante cantidad, ya que ésta termina invariablemente en el estómago del insaciable Occidente.

¿Peligro amarillo? No, el peligro es el hombre blanco y su voracidad. El profesor chino calificó en su presentación de “pillaje” la actuación de EE.UU. en el golfo Pérsico y seguramente tiene más motivos para hacerlo que los estadounidenses, cuando echan las culpas de los problemas actuales de suministro de petróleo a la amenaza china e india.

Y ése es el mundo económico actual, sólo capaz de administrar crecimientos. Incapaz de hacerse cargo del envejecimiento natural de las cosas, asustado por las arrugas. Mundo de economistas de la tierra plana, que tanto han predicado y vivido de ello, que serían capaces de estrangular a Juan Sebastián Elcano tan pronto como le viesen llegar a puerto anunciando que el mundo no es infinito, sino que tiene unos 40.000 kilómetros de perímetro. Que hay límites. Que las curvas tendrán que bajar algún día y que, cuanto más suban, más tendrán que bajar; más dura será la caída.

Sin embargo, se acercan inexorables los Elcanos; se divisan en el horizonte energético, implacables. Aunque nuestros sacerdotes del papel sepia sigan insistiendo en que Elcano no ha dado la vuelta y que es un truco, el hombre viene con plumas de aves exóticas, con indígenas. Empiezan a aparecer pruebas inexorables en manos de los exploradores.

Empieza a quedar claro que esos miles de abrazos del oso que hemos visto de líderes occidentales con líderes de países pobres, a los que prometían ayuda para “aumentar su nivel de vida” (al estilo occidental y bajo las estrictas normas occidentales, por supuesto) están llegando a a su fin. Sólo han producido cada vez más desequilibrio de riqueza y bienestar. Y han llevado a los ricos a unos niveles insostenibles para el planeta, incluso si fuesen ellos los únicos en mantenerlos, por no hablar de que los pobres aspiren a alcanzarlos.

Si el hombre es un mono desnudo cuyo organismo ha probado que puede vivir, sostenerse y reproducirse durante un par de millones de años, sin destrozar el planeta, excluidos los ciento cincuenta años últimos y con apenas una energía equivalente a la de una bombilla de 100 vatios encendida de forma permanente (el hombre es lo que come y recibe del sol y eso son unas 3.000 kilocalorías diarias de ingesta), lo que hoy estamos haciendo ha llevado a la multiplicación de la población mundial a niveles sin precedentes en la historia y prehistoria conocidas: seis veces desde mediados del siglo XIX, cuando las máquinas comenzaron a sustituir a la mano de obra esclava.

Un ciudadano chino está consumiendo, después de su espectacular crecimiento, como una máquina de 1.500 vatios. El promedio mundial está en los 2.000 vatios. Un hindú consume como una máquina de 750 vatios. Pero un europeo consume como una máquina de 6 ó 7.000 vatios permanentemente encendida y un norteamericano… como una máquina de 12.000 vatios permanentemente encendida. Equivale a unas 120 bombillas de 100 vatios permanentemente encendidas sobre su cabeza. Es 120 veces más de lo que su cuerpo necesita estrictamente para sobrevivir. Es una verbena ambulante, una fiesta. Y la fiesta se acabó, dice Richard Heinberg, profesor californiano y autor de los libros The Party’s Over y Powerdown.

A la monolítica superestructura de la economía de la tierra plana y el crecimiento infinito, no obstante, le empiezan a salir grietas. El ex presidente de gobierno afirma que “si los estudios que se manejan son ciertos, como creo, no se trata de recursos escasos, sino de falta de inversiones en la mayor parte de los casos”. Pero, claro, todo depende de quien haya asesorado al Sr. González y parece que no le han asesorado muy bien.

La revista National Geographic está en lo cierto en su editorial y en su artículo de fondo del pasado junio, titulado “El fin del petróleo barato”, donde se decía: “¿Cree que la gasolina es cara? Espere y verá. Ya se había dicho antes, pero esta vez va en serio: nos encontramos ante el fin del petróleo barato” y apunta a razones puramente geológicas, de orden físico y por tanto, inevitables. También han empezado a declarar sobre el inevitable agotamiento y llegada al cenit otros importantes medios: la CNN, la BBC, ABC News, La Vanguardia, el propio diario El País y muchas personalidades en televisiones varias. Así como grandes empresas e instituciones petroleras, como Shell, ExxonMobil, la propia Agencia Internacional de la Energía y hasta la reticente BP, empiezan a declarar, de forma más o menos voluntaria, que esto llega al cenit. Hasta el ultraconservador Servicio Geológico de los EE.UU. (United States Geological Survey o USGS) anuncia también la llegada a un cenit geológico de producción petrolera mundial, aunque lo calcule hacia el 2020-2030. El resto cree que se llegará al cenit en esta década, hacia las fechas en las que el Sr. González prevé un problema coyuntural que puede ser, en realidad, un grave problema estructural que afecte a cientos, quizá miles de millones de personas en todo el mundo y al modo de vida, tal y como lo conocemos y damos por sentado en Occidente.

En cuanto a la clase política, también notamos, por fortuna, un ligero despertar en la conciencia de que los recursos fósiles se van agotando, después de pasar por el cenit. En este sentido, el ex presidente de gobierno español es una de las más tímidas expresiones, aunque siempre sean bienvenidas. Líderes que hablan claro sobre la crisis son, en el extremo de los débiles, Fidel Castro y Hugo Chávez y, en la política occidental, los ex ministros de medio ambiente británico Michael Meacher y el de Medio Ambiente y Territorio del gobierno francés, Yves Cochet, el parlamentario suizo Rudolf Rechsteiner o el ex gobernador general de Canadá, Edward Schreyer. No tienen pelos en la lengua para afirmar, como lo hizo el británico, que todos los miembros del gabinete son conscientes, pero que no se atreven a decirlo por miedo a las consecuencias electorales y, también, ¿por que no?, a las consecuencias económicas y sociales, que podrían llevar a un colapso del sistema económico antes que el industrial por escasez de petróleo, en cuanto todos fuésemos conscientes de que no se pude seguir creciendo en un sistema sólo apto para crecimientos continuos. Es así de sencillo y de complicado.

Existen siete grandes signos de que el petróleo está llegando al cenit, ahora sí, de veras, como bien señala el canadiense Robert Bériault en su presentación Peak Oil and the Fate of Humanity:

  1. La curva de Hubbert y su predicción sobre los EE.UU. M. King Hubbert fue un geólogo estadounidense que predijo en los años cincuenta que los EE.UU. llegarían al cenit de su producción de petróleo nacional en 1970; momentos en los que EE.UU. era el mayor productor, mayor exportador y mayor consumidor mundial. Muchos se rieron, pero en los años setenta no tuvieron más remedio que darle la razón. Su famosa curva, en forma de campana, de la vida de un pozo, un yacimiento o una región o país, se mostraba inexorable: sube la producción, llega a una meseta y luego inexorablemente cae hasta que el pozo tiene que cerrar. Ha pasado así ya con decenas de miles de pozos, campos petrolíferos, yacimientos y con más de 40 grandes países petroleros en todo el mundo, incluyendo los EE.UU. que hoy importan el 65% de lo que consumen, a pesar de disponer de toda la más moderna tecnología del mundo y de una capacidad financiera sin igual. También ha pasado ya en el Mar del Norte y eso ha convertido al Reino Unido, por ejemplo, de exportador en importador neto. Hubbert predijo, años después, que el mundo llegaría al cenit hacia los años noventa, por razones geológicas, y si no acertó plenamente se debió al parón, por motivos políticos, de la crisis petrolífera de los setenta. Los científicos de ASPO editan un boletín, (disponible traducido al español) , donde actualizan sus previsiones sobre la llegada al cenit. Lo sitúan entre el año 2005 y el 2010, según los miembros que lo componen.

  2. La diferencia entre lo descubierto y lo consumido. El cenit de los descubrimientos se alcanzó en EE.UU. en los años treinta y el de la producción se desplazó 40 años, pero ambas curvas tienen que igualarse, matemáticamente, porque lo que no se descubre no se puede producir ni consumir. Esos cuarenta años es lo que suele haber de distancia en las diferentes regiones petrolíferas, que ya lo han experimentado, entre el cenit de los descubrimientos y el cenit de la producción. En el Mar del Norte, la distancia entre ambos cenit se ha reducido a poco más de 30 años, por una mayor y más intensiva explotación. Pues bien, el cenit de los descubrimientos para el conjunto del planeta se alcanzó a principios de los años sesenta. El cenit de la producción está llamando a la puerta.

  3. La caída de descubrimientos de campos gigantes (más de 500 millones de barriles. Desde 2003 no se ha descubierto ninguno) y tuvieron su cenit en 1965. Consumimos 4 barriles por cada barril que descubrimos.

  4. La Tasa de Retorno Energético, o TRE en castellano y EROEI en español (Energy Return on Energy Invested). Esto es, la energía neta que queda, cuando se extrae de una fuente, después de descontar la energía que hay que gastar para obtenerla. Ésa es la que verdaderamente interesa en toda fuente de energía. Con anterioridad a 1950, era de 100 a uno; en los 70 cayó a 30 a 1; en el 2005 es de 10 a 1 a escala mundial. Las arenas asfálticas tienen una TRE de 4 a 1, en el mejor de los casos. Este es un problema físico, no económico, por mucho que le pese a los economistas. A medida que la TRE se acerca a la unidad, deja de ser productivo obtener energía, aunque el barril se ponga a 5.000 US$.

  5. Cada vez más lejos y más profundamente para extraer. Ya se perfora a 4 Km de profundidad marina. Y se busca petróleo en el círculo polar Ártico, en Groenlandia y en la plataforma antártica. En 2003 las empresas gastaron 8.000 millones de dólares en exploración y descubrieron reservas por valor de 4.000 millones de dólares.

  6. La capacidad de reserva de la producción mundial cae en picado. Arabia Saudita tenía una capacidad de varios millones de barriles diarios y se la consideraba país “comodín” (“swing producer”), para cubrir cualquier eventualidad en el mercado (guerras, sabotajes, conflictos políticos, etc.) Hoy, la capacidad extra es del orden del 1% de la producción mundial, que anda por los 80 millones de barriles diarios. La propia Arabia Saudita, mal que le pese, porque esa capacidad de ejercer de árbitro le suponía un gran poder político y financiero, empieza a admitir que no puede ir mucho más allá. El mayor banquero de inversiones en el mundo petrolífero, Matt Simmons, presidente de Simmons and Co International, ex asesor del gabinete de Bush en materia de energía y autor del libro Twilight in the Desert, cree que Arabia Saudita, para gran disgusto de la petrolera estatal ARAMCO, que trata de poner sordina y minimizar las declaraciones de Simmons, puede haber llegado al cenit, si su principal reserva, la mayor del mundo, el campo de Gahwar, ha llegado al cenit. Y completa su aserto afirmando que si Arabia Saudita ha llegado al cenit, el mundo ha llegado de forma categórica al cenit, aunque éste sea un hecho que lamentablemente se suele ver sólo por el espejo retrovisor, algún año después de que haya sucedido y cuando no hay remedio para adoptar medidas.

  7. Campos más antiguos. La mayor parte del petróleo que consumimos proviene de campos que tienen más de 30 años. Indicio claro del envejecimiento de los mismos y de la incapacidad técnica de encontrar lo que no existe. De donde no hay, no se puede sacar, decían los viejos del lugar.

Aunque el ex presidente de gobierno español no haya mencionado ninguno de estos hechos geológicos, de todas formas, hay que agradecerle que haya promovido un debate que, sin duda, ocupará mucho de nuestro tiempo (cada vez más) en los años por venir, que afectará el modo de vida de miles de millones de personas y que será causa de guerras crecientes por los menguantes recursos, si antes no nos preparamos para un modelo de sociedad radicalmente diferente, en el que las actitudes partidarias vulgares, a las que tanto nos hemos acostumbrado, no tengan lugar.

En las democracias representativas occidentales, los grandes partidos de las escena política actúan como hermanos gemelos a la hora de reproducir los modelos de crecimiento perpetuo, pero aquí lo que se necesita es sinceridad y coraje para informar a la población de lo que se avecina; para trasladarle un mensaje curchilliano de “sangre, sudor y lágrimas”, esta vez real y permanente, hasta bajar a los verdaderos niveles de sostenibilidad, por poco que les guste a los políticos convencionales, que salen a las elecciones como vendedores de alfombras y sueños.

Debería surgir alguien, y cuanto antes mejor, que comience a advertir a la población de las serias consecuencias del agotamiento y a proponer soluciones de “contracción” de nuestro modo de vida y de “convergencia” con los más pobres. Se acabaron los abrazos del oso para vender mundos mejores a los pobres, mientras nos quedábamos con sus carteras y crecíamos realmente nosotros a costa suya. Se acabó el sueño de que el resto del mundo pueda emular alguna vez nuestro modo de vida occidental. Se acabó este modo de vida como deseable, por mucho confort que proporcione, porque está acabando con los recursos del planeta y con el planeta mismo. Hay que converger a niveles de vida, como mucho, de entre 1.000 y 2.000 vatios, como mínimo per capita y en promedio, de los 5.500 vatios que ahora consume cada español si se lo considera cómo una máquina permanentemente enchufada a las fuentes de energía. Eso significa reducir por lo menos cinco veces nuestro nivel de consumo. Se puede vivir con dignidad en ese nivel, como han demostrado ya los cubanos, empujados por una crisis indeseable que les hizo caer el 50% de su nivel en apenas un año, con la desaparición de la Unión Soviética, de la que tanto dependían. Pero requiere un esfuerzo ímprobo, que difícilmente podrán asumir los ciudadanos si no son conscientes del problema. Y deben ser todos los países del mundo, a empezar por los más poderosos y consumistas.

Eso es tan enormemente difícil como inevitable. Supone un giro copernicano de nuestras relaciones sociales y de nuestra forma de entender el mundo, una transformación extremadamente dolorosa y sin parangón en la historia, pues no hay sustitutos al petróleo, ni con las fuentes de energía alternativa, tan publicitadas.

No creemos que se puedan sustituir los cerca de 7 mil millones de toneladas de fósiles que están en riesgo de agotarse (y, por otro lado, de terminar de envenenar y reventar al planeta por calor) con generadores eólicos o solares y el hidrógeno no es una fuente de energía, sino más bien un sumidero o en el mejor de los casos un vector o medio de transporte de la misma y exige una fuente externa de energía de otro tipo, siempre mayor que la que se obtiene de quemar ese hidrógeno o de convertirlo en electricidad.

O hacemos los drásticos cambios que son exigibles de forma voluntaria y comenzamos a dar ejemplo, sobre todo a Occidente, esto es, al peligro blanco (no tanto amarillo) de una bajada muy importante del consumismo desaforado, o la solución será la clásica: la de eliminar población a base de embarcarla en las guerras por los recursos y de reclutar carnes de cañón que no saben exactamente adonde van a pegar tiros y que van a sitios lejanos, convencidas por dirigentes sin escrúpulos, partidarios de aplicarles a sus conciudadanos (algunos incluso dirán que por su propio bien) la política del champiñón: mantenerlos en la más absoluta oscuridad informativa y periódicamente echarles un balde de mierda, para que se alimenten y crezcan y para alcanzar lo que consideran son los objetivos patrios más importantes: el acopio de lo que se pueda, incluso si es ajeno, en un mundo de recursos petroleros muy menguantes.

En la Asociación para el Estudio de los Recursos Energéticos (AEREN), que publica la página web antes mencionada, pensamos que informar de estos acontecimientos es vital para la ciudadanía y para intentar que las soluciones, aunque amargas, vengan por la vía del entendimiento del problema, la vía pacífica y la convivencia entre los pueblos y una probada capacidad de sacrificio de los que más tienen, por aproximarse a niveles de vida verdaderamente sostenibles, más allá de las soluciones paliativas de los recursos renovables. Los que van a sufrir saludan a sus césares, pero les piden que les hablen claro y fuerte. Más claro y más fuerte.

Última Edición: jueves, 09 junio 2005 @ 16:25 CEST| Hits: 18.991 Ver la versión para imprimir