Bienvenido(a) a Crisis Energética lunes, 17 junio 2019 @ 17:25 CEST

CLIMA, ECONOMÍA Y ENERGÍA

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Artículos El profesor Vicenç Navarro es un respetado e infatigable luchador por las causas de la justicia social y un economista de reconocido prestigio mundial, que ha contribuido en buena medida al programa económico de Podemos en estas últimas elecciones.

Coincidiendo completamente con él en su visión de una sociedad más justa y equitativa, con mejor reparto de la riqueza y sus propuestas de reorientar las actividades humanas de las más depredadoras o derrochadoras a otras que aporten más valor a la sociedad, como por ejemplo, su afán por incrementar las actividades dedicadas a los cuidados, hay dos visiones o apuestas suyas con las que seguimos sin coincidir.

Una es su idea de que es bastante posible y viable “desmaterializar” de alguna forma, o mejor, de una forma importante, la actividad económica del consumo de energía.

La otra, su renovada fe y apuesta por las modernas energías renovables para sacarnos del marasmo energético fósil en el que nos encontramos y al mismo tiempo que se resuelve el gravísimo problema del cambio climático (con cuya apreciación de la gravedad también coincidimos), crear de paso muchos más puestos del necesitado trabajo.

Vaya esta propuesta como una invitación a la reflexión.

En su columna del pasado 23 de febrero de 2016, titulada “el cambio climático es peor que lo que se ha dicho”, el profesor Navarro vuelve a desgranar ambos argumentos.

Seguimos coincidiendo con Navarro en que los dirigentes políticos de este mundo han vuelto a encauzar las protestas y preocupaciones que llegaron hasta la Cumbre de París sobre el Clima, para dejar en agua de borrajas, una vez más, las aspiraciones a un mundo para evitar un calentamiento global suicida.

Pero aquí, divergimos en la metodología y forma de abordar las propuestas. La inmensa mayoría de los preocupados y concernidos por el calentamiento global y el cambio climático que induce, estaban como mucho proponiendo limitaciones a las emisiones. Es decir, abordaban los efectos, deseando mitigarlos. Pero la inmensa mayoría no abordaba el problema de las causas. Va siendo hora de ser serios.

Si hoy emitimos 35.000 millones de toneladas de carbono al año a la atmósfera1, que son unas 7 toneladas por habitante y año de promedio y aquí es importante señalar orwellianamente que unos somos mucho más iguales que otros, es básica, principal e incontestablemente, porque quemamos unos 11.000 millones de toneladas de petróleo equivalente (Mtpe) en combustibles fósiles y biomasa y desechos, aparte de otros 700 Mtpe quemando uranio para las centrales nucleares2. Esta es la causa que desde luego ningún gobierno quiere abordar y la verdadera causa que ignoran, consciente o inconscientemente, también muchas organizaciones ecologistas y que incluso el profesor Navarro prácticamente obvia en su artículo.

1 Trends in Global CO2 emissions. 2015 Report. PBL Netherlands Environmental Agency. Figure 2.1. página 11 http://edgar.jrc.ec.europa.eu/news_docs/jrc-2015-trends-in-global-co2-emissions-2015-report-98184.pdf

2International Energy Agency. Sankey Diagram 2013. http://www.iea.org/sankey/

 

En este sentido, las propuestas de reducción de emisiones han llegado a extremos de bordear lo ridículo. Por ejemplo, entre otras muchas:

1. Ofertas dislocadas de captura y secuestro de CO2 en centrales térmicas, una contradictio in terminis termodinámica que no resiste el menor análisis. Alemania y Japón, dos colosos tecnológicos y supuestamente muy preocupados medioambientalmente, están aumentando de forma prodigiosa sus centrales de carbón. Por no hablar de lo que hace China.

2. Desmaterialización de la economía, mediante la mejora de la eficiencia basada en el progreso tecnológico y en el ahorro energético, sin concretar demasiado sobre esta viabilidad. De esta forma, se conseguiría mantener la actividad económica reduciendo el consumo de combustibles fósiles y por tanto las emisiones, que también tiene la vertiente paradójica de Jevons de mantener el consumo de energía fósil y seguir aumentando la actividad económica, tan sagrada, querida e imprescindible al sistema económico y financiero actual y hasta a algunas posiciones keynesianas de salir adelante con más actividad de carácter público y claro está, deseando que sea siempre más benéfico (mirífico) para la sociedad que el sistema actual.

3. Y claro está, la reducción de las emisiones termina casi siempre con un brindis al sol por la instalación de muchas modernas energías renovables (aquí las únicas que parecen medianamente creíbles son la eólica, y la solar en sus tres principales variantes: la solar fotovoltaica, la solar térmica y la solar termoeléctrica), que podrán sustituir a las energías fósiles en un 100% y que además y como deseable efecto colateral, al decir de los defensores, conseguirán crear muchísimos puestos de trabajo (se cuentan por decenas de millones). Esta última apuesta para la disminución de emisiones de CO2 es la más defendida por los grupos ecologistas tradicionales y cuenta con bastante estudios sesudos de grandes organizaciones. Son muy conocidos a este respecto los varios informes de Greenpeace, que se apoya en grupos de trabajo académicos de alto nivel o los estudios más conocidos de Jacobson y Delucchi, de la Universidad de Stanford.

Obviaremos los disparates de los intentos de captura y secuestro del CO2 de los grandes emisores, para centrarnos en los otros dos:

Mejora de la eficiencia, ahorro energético, desmaterialización de la economía

Si el profesor Navarro simplemente tomase un gráfico de los muchos que hay sobre la relación entre el consumo energético (total mundial y per capita, si quiere también) y actividad económica, vería que hay una relación directísima en los 150 años años de revolución industrial. Vería que el gigantesco disparo del consumo de energía se ha producido precisamente con el avance de la tecnología; cuánta más tecnología, mucho más consumo de energía, no al revés.

Sin duda, la mejora de la eficiencia es incuestionable en muchos dispositivos, ingenios y máquinas desarrolladas por el ser humano con el paso del tiempo y el desarrollo industrial y tecnológico. Mejora la iluminación, que da más luz (luxes) con menos energía eléctrica. Mejoran constantemente los aviones tanto en más eficiencia de las turbinas como en el menor peso de su estructura -menor energía por pasajero y kilo por kilómetro recorrido-. Mejoran hornos de fundición, vehículos, camiones, electrodomésticos, etc. Pero el consumo (global y per capita) se dispara y aquí muy pocos parecen preguntarse por qué, incluido el profesor Navarro.

Quizá puedan ayudar a entender la situación algunos gráficos:

Figura 1. Fuente: Agencia Internacional de la Energía (AIE). World Energy Outlook 2014.  Página 40

En los 31 años de evolución del PIB mundial de estos grandes países o regiones y su relación con el consumo de energía primaria, que han sido los años más espectaculares del desarrollo económico y tecnológico mundial, no se observa por lugar alguno reducción del consumo de energía según crece el PIB. Sí se observa que hay países desarrollados, con menor pendiente en sus curvas que los países que están en vías de desarrollo (subdesarrollados, ahorrémonos el eufemismo) y desde luego que los países emergentes, como China. Sin embargo, sería erróneo, si no un acto de mala fe, considerar que los países más desarrollados son capaces de conseguir más PIB (actividad económica según esta relativa medida de la actividad económica) con la misma cantidad de enegía, que es lo que pudieran dar a indicar en un primer vistazo.

Otro vistazo a un gráfico similar como el de la figura 2, de la misma fuente, nos viene a sacar de dudas.

En él la AIE traza sólo tres líneas: países de la OCDE (los más desarrollados, para entendernos); los que no lo son y la evolución del mundo en general, que es el algodón que no engaña. Pues bien, en este gráfico, que la AIE no ha vuelto a sacar desde su World Energy Outlook de 2009, a pesar de hacer informes anuales, se aprecia con claridad que si bien la línea azul de los países OCDE tiene menos pendiente que la línea roja de los países no OCDE, al final el mundo sigue la tendencia inexorable de la línea verde con una pendiente intermedia.

Figura 2. Fuente: Agencia Internacional de la Energía. World Energy Outlook de 2009. Página 59

En los tres casos, que son prácticamente líneas rectas a los largo de 26 años de gran desarrollo económico y tecnológico, lo que se viene a concluir es que independientemente de ese aumento de conocimientos y desarrollos tecnológicos que mejoraron la eficiencia de los dispositivos y máquinas, el aumento del PIB se corresponde inequívocamente con el aumento del consumo de energía primaria. Y hay, según se mire, más que una esperanza en que más tecnología nos conducirá a más eficiencia, más ahorro y menos consumo energético, una constatación de que los países desarrollados parecen estar vertiendo sus empresas más contaminantes y energívoras hacia los países subdesarrollados o emergentes, mientras obtienen incluso de esas empresas deslocalizadas al Tercer Mundo, a través del control del comercio mundial y de los derechos y patentes, aumentos de su PIB sin tener que contabilizarse ni la energía consumida ni la contaminación provocada. De forma que consiguen unas curvas mejores, pero a base de echar basura al patio del vecino y luego apuntarse el tanto.

Viendo estas evoluciones, no se sabe muy bien de dónde extrae el profesor Navarro la creencia de que con más tecnología o más desarrollo se puede reducir el consumo de energía y por ende la emisión de contaminantes al medio (no sólo es el CO2 el que nos está matando y no sólo el aire sano de lo que nos priva esta civilización, este modelo.

Ahora bien, existen todavía otras vías de escape que modestamente trataremos de cerrar aquí, por considerarlas también vías muertas. Ha sido muy común en la campaña de Podemos y en numerosas alusiones de sus asesores económicos, pretender que España sea como “los países del norte de Europa” y sobre los que se hablan maravillas de lo bien que lo hacen con sus Estados del Bienestar. Veamos un poco más a fondo esos supuestos paraísos nórdicos del bien hacer que se nos proponen:


Tabla 1. Relación de consumos de energía en los países más avanzados del mundo. Fuente: British Petroleum., Statistical Review of World Energy 2015 y elaboración propia

Si señalamos en verde los países que se señalan como la meta más deseable para España, los nórdicos de nuestros sueños, veremos que son enormemente energívoros. Es decir, no hay rastro alguno de “desmaterialización” de sus consumos energéticos, con respecto de su PIB. No se ha incluido a Luxemburgo, un paraíso fiscal que supuestamente vive muy “desmaterializado”, porque su consumo energético per capita está por encima de toda la tabla, pese a que la inmensa mayor parte de sus ingresos provienen de actividades que poco tienen que ver con el consumo energético y sí mucho que ver, quizá con la forma de expoliar financieramente al resto de los países del mundo. En algún caso, como Noruega, su nivel de consumo per capita es superior al de dos de los países más consumidores del mundo, como son EE.UU. Y Canadá. Si en energías renovables tienen un gran aporte, se lo deben más a la naturaleza que a la tecnología, pues su privilegiada situación hidroeléctrica, de la que obtienen prácticamente toda su electricidad, no es sencillamente extrapolable al resto de los países del mundo; algo parecido a Austria y Suiza con los Alpes de por medio.

Así pues, si los ejemplos a seguir son los países del norte de Europa, estamos apañados con la posibilidad de reducir el consumo de energía. Estos datos deberían hacer reflexionar al profesor Navarro y a otros economistas muy justamente preocupados por lo social y tan preocupados por el cambio climático como Leonardo di Caprio, pero tanto unos como el otro proponiendo o viviendo en sistemas sociales tan energívoros como insostenibles a largo plazo. Y aparentemente ignorantes de las realidades de la termodinámica y de la física. Leyes que están muy por encima de las de la ciencia social que es la economía. En física se estudia que la energía es la capacidad de realizar trabajo. Y el trabajo es la quintaesencia de la actividad económica. Por tanto, es poco realista, desde un punto de vista meramente físico, esperar realizar cada vez más actividad económica (a nivel mundial) consumiendo menos energía.

Parafraseando a Ortega, habría que decir “no es eso, no es eso”, a los defensores del modelo nórdico de economía y Estado del Bienestar, que si quieren al mismo tiempo, cambiar verdaderamente el modelo y reducir drásticamente la emisión de contaminantes por la quema de combustibles fósiles en todo el mundo. Que se sepa, estos países nórdicos son enormemente capitalistas y obtienen buena parte de sus ingresos de expoliar con transnacionales al resto del mundo. Ese no es el norte que debe guiarnos hacia un futuro verdaderamente sostenible.

Las modernas renovables sustituyendo a las fósiles

La otra gran pata sobre la que se sustenta la promesa de reducción de emisiones contaminantes al medio, es la esperanza de que las modernas energías renovables sustituyan a las energías fósiles.

En el artículo referenciado, Navarro da por zanjado este asunto con una frase tan escueta como optimista y lapidaria:

La sustitución de las energías fósiles por las renovables es totalmente factible, así como  la adaptación de las economías a otras formas de energía, creando una gran actividad económica (con una enorme producción de puestos de trabajo)

En su descargo conviene acordar con él que sin una democratización real de las instituciones dominantes, como conditio sine qua non, sean estas empresas multinacionales o transnacionales o Estados, éstos úlltimos la mayor parte de las veces a su servicio, no sería posible llevar a cabo la deseada transformación. Y Navarro apuesta, como suele ser habitual, en hacerlo mediante políticas públicas que prioricen el bienestar ciudadano. Dos cascabeles para poner a un gato como un tigre de Siberia, con los que se puede básicamente coincidir, aunque es una declaración de buenas intenciones y un brindis al sol tan genérico y desprovisto de cálculos o de acciones concretas como el de Leonardo di Caprio en la entrega de los Oscar sobre el mismo asunto.

El debate sobre si un mundo como el actual, con 7.300 millones de personas, el estado cada vez más deplorable de su biosfera y la para algunos de nosotros clara y evidente llegada al cenit de la producción de combustibles fósiles y nucleares Sin embargo, el profesor Navarro sigue sin captar o asumir que puede haber otros enfoques.

Sería demasiado prolijo para esta contestación entrar a dar más detalles, pero basten tres puntos principales por el momento.

El primero es que el planeta ya sobrepasa en un 50% la capacidad actual de carga que implica una mínima sostenibilidad. Todo ello, con las tremendas desigualdades existentes, por las que un 70% de la Humanidad debe sobrevivir con el 30% de los recursos, entre ellos los energéticos, mientras el 30% restante de privilegiados consume el 70% de los recursos. Así pues, la drástica reducción de emisiones contaminantes que el planeta exige apunta más bien a una necesidad de reducción tremenda de los consumos en Occidente, que a intentar que el resto del planeta alcance los insostenibles niveles de los países nórdicos europeos. Esto debería quedar bien claro para todo el que dice preocuparse por las políticas sociales y el medio ambiente, algo más allá de nuestro propio entorno nacional, a la hora de reducir necesariamente las desigualdades. Si, como propone el profesor Navarro, es condición imprescindible primero democratizar realmente a los Estados y las multinacionales, ya que esto necesariamente implica un desmantelamiento total de su forma de hacer (y probablemente implica un cambio de paradigma total y seguramente violento, más por parte de los que tienen mucho que perder que por parte de los que aspiran a tener un poquito que ganar y pretenden hacerlo de forma pacífica), empecemos por este reconocimiento internacionalista.

El segundo es la modesta sugerencia al Sr. Navarro para que explore más a fondo las dificultades con que se encontrará el mundo para realizar lo que denomina “adaptación de las economías a otras formas de energía”. En la actualidad, sólo el 38% de la energía primaria mundial va a generar electricidad y sale apenas un 18% del total de energía primaria en forma eléctrica. 

Figura 3. Diagrama de Sankey de la AIE de 2013 y elaboración propia.

En buena lógica, habría que empezar por transformar con energías renovables el 81% de la generación eléctrica que hoy día todavía no lo es. Y por solucionar algo que ni la nación pionera y puntera mundial en energías renovables, Alemania, con muchísimos recursos económicos y financieros y también tecnológicos, ha conseguido siquiera esbozar, que es conseguir sistemas de almacenamiento de energía eléctrica para estabilizar las redes eléctricas, pues son tan masivos y costosos (económica y energéticamente) que ni están abordados, ni siquiera acordado cómo hacerlos. Esto por no hablar de cómo solucionar como prioridad, que es de justicia, el simple suministro eléctrico a una parte importante de la Humanidad que todavía ni siquiera lo tiene.

El resto de las actividades humanas, que no son pocas y menos variadas, no son eléctricas y por tanto, se necesitarían transformaciones sociales telúricas en muy poco tiempo y a nivel mundial en despliegue de energías renovables.

Las modernas energías renovables sólo producen electricidad y para muchas actividades, como las que se muestran en la figura 4, habría que o bien transformar eléctricamente una importantísima parte de la sociedad mundial, lo que no es ni tan fácil ni tan inmediato como plantea el profesor Navarro o bien utilizar vectores energéticos, del que los más conocidos y jaleados es el hidrógeno.

La figura 4 muestra las posibles vías para la transformación de la parte de consumo no eléctrico mundial, que es 62% de toda la energía primaria mundial. Esto es, transformar el 62% de los 13.654 Mtpe o en otro equivalente energético, los 569 Exajulios que se consumen en el mundo anualmente. Y hacerlo con energía eléctrica de origen renovable (en este caso solar). La figura 4 da una idea bastante gráfica de las pérdidas brutales que ese tipo de conversiones supondrían, si fuesen factibles.

Figura 4. Usos no eléctricos de la energía primaria a nivel mundial, posibles vías de transformación para su uso con fuentes de energía eléctrica renovable y pérdidas en los procesos de conversión. Pedro Prieto. Solar PV in Spain. A Case Study. Institute of Physics. University of Grenoble-Alpes. March 7th., 2016 

Y el tercer y último punto sobre el potencial de las energías renovables para cubrir el 100% de la demanda mundial actual (incluso reducida), es recordar humildemente al profesor Navarro que investigue una y otra vez más a fondo sobre la Tasa de Rendimiento Energético o TRE (Energy Return on Investment o EROI, por sus siglas en inglés) y no se dé por convencido porque en demasiadas instituciones se apunte a que las modernas renovables tienen tasas tan elevadas como las fósiles y en particular como el petróleo, que mueve el 95% de nuestro transporte mundial.

Porque si llega, como lo hemos hechos algunos y cada vez más, a la conclusión de que la TRE de la energía solar fotovoltaica es del orden de 2-3:1 o seguramente inferior, cuando analiza los costes energéticos ampliados que implican y son también conditio sine qua non para hacer posible la producción de estos sistemas, en vez de dar por buenos los resultados de 10 ó 20:1 que ofrecen otros estudios que consideran al sistema fotovoltaico o eólico aislado del contexto social (y sus gastos energéticos completos) en que este sistema es posible, puede llegar. Algunos hemos llegado a esa divergente conclusión de que la TRE de las modernas renovables es, en el mejor de los casos, del nivel que hace posible una sociedad de cazadores-recolectores, pero no serviría para alimentar energéticamente una sociedad industrial y tecnológica avanzada, que paradójicamente es exigible para poder fabricar y mantener estos sistemas. Sistemas que no son en realidad renovables, sino apenas sistemas no renovables, capaces de capturar parcial y temporalmente flujos de energía que, como el sol o el viento, sí son renovables, pero no pueden satisfacer, por su maravillosa y natural dispersión e intermitencia, las voraces necesidades de la sociedad que nos hemos dado.

Con una TRE tan baja (aspecto éste esencial) aquí habría que empezar a plantearse el tremendo esfuerzo inicial en aumento enorme del consumo energético en los años de despliegue masivo. Una TRE de 2:1, por poner un ejemplo, para sistemas que duran 25 años antes de estropearse, implica que hay que inyectar 1 unidad de energía (que inicialmente sería principalmente fósil), generalmente el primer año de la fabricación e instalación y puesta en marcha, para obtener simplemente por goteo anual hasta un máximo de 2 unidades de energía, a lo largo de los 25 años de vida útil y en el mejor de los casos y luego, vuelta a empezar. 

Y ya puestos y para acabar y puesto que hay que “democratizar” a los grandes poderes fácticos como primera medida, es decir, ya que vamos a intentar ponerle los cascabeles al tigre de Siberia, podríamos proponer otra salida que es la que parece más lógica: decrecer en consumo de forma radical, olvidarse de seguir creciendo y aspirar solamente a reducir la desigualdad entre seres humanos de lo que vaya habiendo en cada momento. Ambas cosas, si se toman en serio, significan un desmantelamiento toal del sistema actual. Y por favor, dejen de llamar “austericidio” a las políticas que se suponen deseables para Europa. No. La austeridad siempre ha sido una virtud para las personas sabias y sensatas desde que el mundo es mundo. No. Europa no debe "crecer más”; lo que debe hacer es redistribuir mucho mejor lo mucho que todavía tiene (y no sólo entre los europeos, claro está) y seguir distribuyendo igualmente cuando vaya teniendo menos. Hibridar la estupenda palabra austeridad con las nefandas palabras homicidio o suicidio es un grave error que comete Podemos, que comete Navarro y que comete hasta Varoufakis. Lo que están haciendo los poderes financieros es sencillamente lo de siempre: despojar cada vez más a los más para enriquecer cada vez más a los menos. Así que menos hablar de ”austericidio” para dar la sensación de que votando a los que están contra él volveremos al cuerno de la abundancia y a los días de vino y rosas y más hablar de mejorar la redistribución y de reducir la desigualdad. Y por supuesto, aunque asuste mucho, proponer decrecer al menos desde Europa y EE.UU. De todas formas, tan suicida es ponerse frente al poder financiero y político mundial y pedir la democratización para empezar a cambiar, como exigir el desmantelamiento del modelo que exige el crecimiento infinito en un mundo finito.

Pedro Prieto

Madrid 1 de marzo de 2016