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Un tema tabú a la palestra

  • martes, 18 diciembre 2007 @ 11:36 CET
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Artículos En la web amiga de "Canarias ante la crisis energética" ha aparecido un interesante artículo titulado "Ensayo de opinión: Canarias y la (incómoda e inevitable) cuestión de la población" (fichero PDF, 185KB).

Aunque, y cito literalmente, se pretende ver "cómo afrontar las tensiones crecientes entre unos recursos naturales vitales en declive y un crecimiento global de la población mundial, centrándonos finalmente en el ámbito de Canarias", el artículo es obviamente extrapolable a todo el mundo.

Extraigo fragmentos que me parecen interesantes del mismo:

  • Los humanos somos una especie más en el ecosistema – mundo que la globalización antropomórfica ha creado, siendo nuestras relaciones económicas y sociales una extensión de esa dinámica descrita. También existe en cada uno de sus espacios una capacidad de carga límite y, además, existen movimientos de población en forma de nacimientos y mortandades, que regulan la presencia humana en los ámbitos adaptados para la vida del homo sapiens.
  • Como los demás seres, aunque en una proporción fabulosamente superior, precisamos (los seres de las sociedades ricas) de ciertos requerimientos (materiales) – alimentos, agua, aire, etc. – para mantenernos vivos y, en su ausencia, pereceríamos, amen del ciclo vital natural.
  • Nuestra frontera, como especie, es la de la Tierra misma; nuestra energía, esencialmente la de los hidrocarburos y la solar que permite la producción de alimentos (ayudada en una escala extraordinaria por los combustibles fósiles); y a nuestra disposición, la menguada litosfera y sus minerales.
  • Una de las tareas del “hombre moderno ha sido la de esquivar, por diferentes motivos, los debates de la capacidad de carga de ese ecosistema - mundo, usando argumentos que van desde lo económico, o lo tecnológico a lo moral (la moral propia del hombre moderno). Y, en parte, ha podido hacerlo durante las seis últimas generaciones que han presenciado el nacimiento y culmen de la revolución industrial y tecnológica.
  • Sabemos que la energía fósil – como antes con la madera y los animales de tiro - moviliza mercancías con valor alimenticio, procura el desplazamiento de poblaciones a zonas insospechadas habitando zonas inhóspitas y multiplica realmente los panes y los peces, a través del uso masivo de fósiles para la obtención de fertilizantes y el enorme sistema de inyección energética que supone la agricultura moderna, absolutamente dependiente de los combustibles fósiles.
  • Con el declive del petróleo, que moviliza además la accesibilidad a los demás recursos o fuentes energéticas – la disponibilidad en la escala actual de carbón y gas, el transporte, extracción y gestión de materiales relacionados con la industria nuclear, los procesos industriales que permiten el mantenimiento y construcción de presas, aerogeneradores, paneles solares, plantas de biomasa, etc. – volverá a la luz el debate aplazado que planteó Malthus, con toda su crudeza. No será posible evitarlo, porque la escasez energética nos pondrá de bruces contra los límites físicos de acceso a materiales vitales, pero con poca energía disponible.
  • El debate principal de estos nuevos tiempos será, ya no energético o político, sino poblacional, y la forma en que la especie afronte la competencia creciente por los recursos en declive.
  • Esquivar el debate no será posible, aunque difícilmente veremos explicitar los términos de la cuestión en la forma dicha, y hacerlo así traerá peores consecuencias que las que se quieren evitar: básicamente, ahondaremos previsiblemente en la inercia de nuestro actual modus vivendi, que acelera el agotamiento y empeora las condiciones en que la población de cualquier zona habitada del Mundo afrontará este periodo de ajuste.
  • Al tiempo que resulta “humano” pensar en clave de la presencia de nuestra generación – o las próximas durante el siglo XXI – como realmente las últimas que merecen gozar de los bienes de la Tierra, o que lo “humano” es concebir la permanente lucha entre poblaciones o facciones de la especie como vía de resolución de los conflictos, también resulta quizás más genuinamente humano aventurar propuestas, de la dimensión que se considere, para poder afrontar el debate de la escasez y su relación con la población, de manera abierta, y procurando trascender – probablemente recuperando esquemas mentales del hombre premoderno, anónimo y prefaústico - de nuestra singular presencia en estas décadas iniciales del Siglo XXI, para poner algunas bases que permitan hablar, al menos, de “disminuir la velocidad del impacto con los límites”, activando los “frenos de emergencia” y, sobre todo, ofrecer la información para la preparación moral y material de los seres de la era hiperindustrial, para sobrellevar mejor escenarios inevitables de cambio, declive y ajuste vital.
  • Una de las formas que tiene la economía de los países con moneda estable para afrontar los episodios de creciente escasez es la inflación, hiperinflación y devaluación de su moneda, de la misma manera que en otros con menor renta lo es la interrupción pura y dura del suministro. Pero las fronteras de la escasez se están diluyendo, y nadie está excluido de sufrir directa o indirectamente los efectos de este cambio de era.
  • El filón energético de los combustibles fósiles ha llevado a que cada español disponga, a sus espaldas, del respaldo de potencia equivalente a 45 esclavos energéticos.
  • Jorge Riechmann afirma: “Tenemos en estos momentos una circulación de energía de 13 Terawatts (13 billones de Watts). Equivalen a la potencia de 130 mil millones de esclavos energéticos. La población de seis mil millones de seres humanos emplean 22 veces más seres cuasihumanos en la retaguardia. A un esclavo energético le asigno en mis cálculos un cuarto de caballo de fuerza, equivalente a una potencia media de 100 watt, suponiendo un día de trabajo de 12 horas. Es un ser bastante gigantesco. Y tenemos 130 mil millones de ejemplares de ese tipo que contribuyen en sacudir. Ese es el verdadero problema.
  • El Homo Sapiens salió de África hace unos cuatro millones de años, y se manifestó en primera instancia como una subespecie que denominamos Hombre sostenible, cuyo número creció lentamente durante los siguientes años hasta alcanzar la cifra de alrededor de mil millones de personas cuando nació el Hombre de los hidrocarburos a mediados del Siglo XIX. El Hombre sostenible declinó al tiempo que el Hombre de los hidrocarburos ocupó su lugar, de tal manera que la población mundial creció hasta su nivel actual de 6.6 mil millones de personas. Se calcula que el actual suministro de petróleo es equivalente, en términos energéticos, a 22.000 millones de esclavos trabajando 24 horas al día.
  • El Siglo XXI será un Siglo de ingentes movimientos de población, en la medida en que colapsen los diferentes territorios con menos recursos energéticos, y la posibilidad de sus organizaciones socioeconómicas para albergar la población que tienen.
  • Hay una creciente lista de países que tienen situación de escasez crónica de suministro energético, y hay previsiones de incrementos de los problemas de escasez alimentaria, agravados por las subidas de precios de las materias primas agrícolas.
  • Ya hoy la energía disponible se distribuye de forma muy desigual, por lo que el comienzo de ese declive histórico excluirá directamente, de forma progresiva, a zonas cada vez más grandes de las posibilidades de acceder a “cada vez más” recursos energéticos (“el barco se empieza a hundir por debajo”).
  • La consecuencia de ese cambio histórico implicará la quiebra de los modelos económicos basados en el crecimiento, y en el intento de “mejora” continua, precisamente el modelo que ha atraído a poblaciones de zonas menos favorecidas en ese reparto. La continua “destrucción de la demanda” hará cada vez más inviable mantener fuerzas de trabajo crecientes, y comenzará el proceso de “destrucción de la oferta de trabajo”, lo que reforzará las restricciones en el acceso al trabajo por parte de “no nacionales”. El desempleo local reforzará la “legitimación” en la adopción de decisiones públicas en ese sentido excluyente.
  • Las guerras por los recursos (agua, energia, minerales) se incrementarán, y la dimensión y frecuencia de las mismas dependerá de la disponibilidad de aquéllos recursos, la capacidad de adaptación de las nuevas circunstancias de declive, etc.
  • La higiene moderna es fruto de la energía accesible directa y permanentemente. También lo es el suministro alimentario continuo, así como el de los mismos flujos energéticos para el funcionamiento de los sistemas básicos de salud, de saneamiento de aguas, etc.
  • El balance entre la aceptación inevitable del descenso energético y el pánico también comprensible, será importante para el proceso de adaptación al declive energético, y sus consecuencias sobre la capacidad de carga de la población.
  • Esta dinámica poco halagüeña cuenta con muchas resistencias para su aceptación, especialmente entre quienes viven las zonas más desarrolladas del Mundo. Es muy fácil de entender para quien ha vivido las penurias de la escasez, pero la exuberancia energética nubla la visión más desapasionada y genera ficciones de plenitud constante que no se corresponden con la realidad.
  • Los argumentos que obvian los límites de disponibilidad de recursos como límites para la población, obedecen más al ámbito de los preceptos basados en la fe irracional que en el cómputo dinámico de un ecosistema global con la capacidad de carga superada. Como se ha dicho en tantas ocasiones, obviar la discusión no impide que los hechos se sucedan: obviar que existen límites no impide que éstos sean cada vez más cercanos para cada vez más población en el Planeta.
  • Básicamente, cada territorio podrá afrontar la población que los recursos de su zona puedan ofrecer. Evidentemente, este proceso será complejo, no lineal y lleno de variables, y episodios que algunos entenderán como vanas esperanzas de no verse afectados por ese declive natural.
  • Aquellas zonas que no dispongan de pluviometría suficiente, y que además hayan olvidado cómo almacenar y aprovechar el agua, y que dependan de un complejo sistema tecnológico de desalación – cuyas piezas necesitan ser reparadas e importadas – tienen varias de las cartas marcadas del ajuste poblacional sobre la mesa, a lo largo del Siglo XXI.
  • A finales del Siglo XXI, sin combustibles fósiles accesibles, es probable que el habitante de la isla dependa exclusivamente de la madera de sus bosques, en las islas que tengan zonas forestales sin devastar (la búsqueda del sustento ha llevado a zonas enteras del Planeta a talarse de forma definitiva); de los productos de la tierra, y el agua disponible en zonas de almacenaje superficial, o pequeñas galerías disponibles. También se dispondrá de aquello que se pueda marisquear o pescar. Hablamos de un retorno abismal inimaginable hoy pero factible, en la medida en que no se haya encontrado sustituto a la sociedad del hidrocarburo, que para entonces ya formaría parte de la Historia.
  • El Planeta ha multiplicado su población gracias a los hidrocarburos, y presenciará su descenso a partir del pleno descenso de su disponibilidad, porque somos seres forjados y alimentados gracias a ellos. Si a un hombre del bosque del Amazonas le privan de sus árboles, agua del río y alimentos que allí consigue, perece. El hombre industrial urbano tiene el mismo tipo de dependencia de los pozos de petróleo y yacimientos de gas y carbón.
  • Restringir fronteras para las personas pero no para los materiales y energía es una regla de exclusión que ha posibilitado el desarrollo de las zonas desarrolladas, a expensas de otras. En todo caso, debe quedar reflejado que cualquier mecanismo de exclusión que no contemple a su vez la disminución del volumen de recursos exógenos que se importan supone un acto de incremento de la rapiña que, por otro lado, es la que nos mantiene con vida. Vive la sociedad “moderna” atrapada en su riqueza, y precisa necesariamente hoy de la pobreza y exclusión de los otros. Cualquier propuesta solidaria debe pasar, en primer lugar, por un descenso drástico del consumo en las zonas ricas.
  • No se trata de “salvarnos todos” en un indeterminado proceso de declive, sino de crear espacios para el futuro, necesariamente locales, “humanos”, con lo mejor de esta época y el resguardo mayor que se pueda para el futuro: con las técnicas de acumulación de agua, la preservación del suelo fértil y sus semillas, los instrumentos básicos de sanidad y la siempre necesaria defensa, añadiendo los conocimientos y el espíritu de seres preparados mentalmente para tiempos convulsos.
Después de esto, ¿qué decir?. Pues - entre otras cosas - que artículos como el de la escasez de alimentos pronosticada por la ONU y el de permacultura (como sistema para diseñar, crear y mantener de forma permanente, asentamientos humanos sostenibles), cobran un mayor interés si cabe. Que cuando se habla de decrecer, no tan sólo es en consumo de recursos (los más ricos), sino que también hay que decrecer poblacionalmente. Que este segundo aspecto, el del decrecimiento poblacional, si se efectúan medidas desde ya de preservación de recursos, mejora en la distribución y reparto de los mismos, si se cambia de modus vivendi en los países ricos y de paradigma basado en el crecimiento per se, es factible que se verifique de forma gradual y no catastrófica. Esperar, no actuar, no explicitar lo implícito y discutirlo, no adoptar ninguna medida, dilatar en el tiempo las medidas necesarias, me parece que sólo va a contribuir a empeorar - y mucho - las cosas.