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Sergey Zimov: "El deshielo del permafrost amenaza directamente el clima"

  • Sábado, 22 Enero 2022 @ 14:18 CET
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UNESCO.

Entrevista realizada por Katerina Markelova

¿Por qué el permafrost empezó a derretirse?

Las emisiones de gases de efecto invernadero en la atmósfera recalientan el planeta. Hasta el día de hoy, la temperatura ha aumentado más de 1 ºC. En el hemisferio norte, en Rusia, por ejemplo, el calentamiento verificado supera incluso los 3 ºC. Eso se debe a que la tierra se recalienta más rápido que el océano. Y la superficie de las tierras es mayor en el hemisferio norte.

Pero la temperatura del permafrost no viene determinada únicamente por la temperatura del aire, también depende del espesor de la capa de nieve. Cuando la nieve es abundante, el suelo y el permafrost se enfrían poco durante el invierno. Pero la cobertura de nieve es ahora una vez y media superior a lo que era hace algunos decenios. Con el recalentamiento del clima, se evapora más agua del océano y las nubes producen más nieve que antes. El resultado es que la temperatura del suelo ha aumentado en Rusia, de 5 a 7 ºC.

Antes, la temperatura del permafrost oscilaba entre -6 y -8 ºC en el norte de Siberia y entre -2 y -3 ºC en el sur. El deshielo del permafrost afecta ahora a más de la mitad de Siberia: al sur de la región pero también a la cuenca de Kolyma, una zona de permafrost que se extiende hasta las márgenes del Océano Ártico. Cerca de donde vivo, en algunos puntos el permafrost se ha derretido hasta más de cuatro metros. En las grandes llanuras costeras de Kolyma, ese fenómeno comenzó hace tres años.

¿Qué peligros entraña la fusión del permafrost?

El permafrost abarca 11 millones de kilómetros cuadrados de territorio ruso. Son suelos muy ricos, que contienen mucha materia orgánica y bacterias en estado vegetativo. Cuando el suelo se deshiela, estos microorganismos antiguos se despiertan y atacan a todo lo que no habían podido consumir antes, con lo cual liberan dióxido de carbono, si el suelo está seco, o metano, cuando está saturado de agua.

Nuestro permafrost contiene el doble de materia orgánica que el conjunto de la flora del planeta. La mayor parte, que equivale a mil gigatoneladas, se concentra en los tres primeros metros. Y tres metros se derriten muy pronto, entre tres y cinco años. Por eso el deshielo amenaza directamente el clima mundial. Genera gases de efecto invernadero, y el calentamiento climático resultante acelera a su vez el deshielo del permafrost. Es un ciclo muy difícil de frenar.

En esas condiciones, los objetivos del Acuerdo de París, aprobado en 2015, que consisten en alcanzar una economía de pocas emisiones de carbono a escala planetaria, pierden todo sentido: la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero que podría lograrse gracias a este acuerdo y a las energías renovables no representa más que una pequeña fracción de las emisiones del permafrost.

El metano que libera el permafrost es mucho más peligroso que el dióxido de carbono…

Si el deshielo solo liberase dióxido de carbono, las emisiones del permafrost serían equivalentes a las generadas por el hombre. Pero una parte del gas enviado a la atmósfera, entre el 10 y el 20 %, es metano. Y como a corto plazo el efecto invernadero del metano es 80 veces más poderoso que el del CO2, en periodos cortos las consecuencias climáticas de la liberación de este gas pueden ser hasta cuatro veces más importantes que las causadas por las emisiones de dióxido de carbono.

Durante el primer año y medio de la pandemia de COVID-19, las emisiones de gases de efecto invernadero generadas por el ser humano se redujeron considerablemente. Podríamos haber esperado que la concentración de esos gases en la atmósfera también se hubiera reducido. Por el contrario, se constató un crecimiento histórico de la concentración de metano. Yo mismo puedo ver aquí la aparición periódica de pequeñas fuentes con burbujas de metano. No creo que exista otra explicación al aumento de esa concentración.

¿Por qué el deshielo del permafrost no se tiene muy en cuenta en los análisis y las previsiones del Grupo intergubernamental de expertos sobre el cambio climático (IPCC)?

Hace 30 años, los medios científicos creían conocer bien el ciclo del carbono. Nadie pensaba en el permafrost. Cuando empecé a hablar de los efectos del deshielo, fue evidente que era preciso replantear todas las ecuaciones. En los primeros años, muchos científicos impugnaron mis conclusiones, negándose a creer que el permafrost se estuviera derritiendo.

Durante mucho tiempo, ha sido tratado como un hijo no deseado en la familia científica. Según los últimos cálculos, de aquí a finales de siglo el permafrost habrá disminuido del 10 al 20 %. La toma de conciencia ocurrirá sin duda este año, gracias a la observación de un aumento significativo de la concentración de gases de efecto invernadero en todo el planeta.

Hace 20 años, usted fundó el Parque del Pleistoceno, sin imaginar entonces que un día esa iniciativa contribuiría a preservar el clima. ¿En qué consiste el parque?

Yo creé el Parque del Pleistoceno para observar con qué rapidez los animales podían transformar la tundra recubierta de musgo en una pradera productiva. El objetivo principal de entonces era responder a un enigma científico: ¿por qué la naturaleza, que había generado tantos pastizales, caballos, bisontes y mamuts, se había empobrecido hasta ese punto?

El parque ocupa una parte de la cuenca del Kolyma, donde la vegetación es abundante y las colinas aledañas están cubiertas de arbustos y bosques de alerces, pantanos y musgos. Cercamos una fracción del territorio e introdujimos diversos animales: bisontes, bueyes almizcleros, renos, yaks y caballos de Yakutia. En la actualidad, hay una zona de 200 hectáreas de gran densidad y otra de unas 2.000 que todavía no está totalmente repoblada. En 20 años, las turberas han sido pisoteadas, los arbustos se han quebrado y la cantidad de hierba, que deseca los pantanos, ha aumentado considerablemente. Nuestro parque se encuentra en una región bastante típica de Siberia y demuestra que en cualquier lugar es posible reemplazar las turberas y los bosques escasamente poblados por prados productivos, arraigados en terrenos secos y densos. La mayoría de los animales que vivían aquí antes pueden adaptarse a este medio ambiente.

¿Por qué desaparecieron los ecosistemas de la estepa donde vivían los mamuts?

Sobre todo, a causa del hombre. La preservación de los ecosistemas herbáceos diversificados exige muchos esfuerzos. El musgo y los árboles crecen por doquier y a la hierba le resulta difícil resistir. El mantenimiento de las praderas requiere de muchos “jardineros”. Cuando los seres humanos empezaron a colonizar Siberia o América, redujeron el número de animales. Sin duda no los mataron a todos, pero basta con que la fauna se haya reducido a la mitad para que árboles, arbustos y musgos invadan la pradera. Mediante la práctica excesiva de la caza, el hombre destruyó esos grandes ecosistemas.

Las investigaciones que usted ha realizado en el Parque del Pleistoceno demuestran que los ecosistemas de las praderas podrían retrasar el deshielo del permafrost.

Todo lo que nuestras observaciones demostraron era ya conocido con anterioridad. Por ejemplo, el albedo. Desde hacía mucho tiempo, los científicos sabían que la oscuridad del bosque absorbe los rayos del sol, mientras que las praderas, más claras y totalmente cubiertas de nieve en invierno, los reflejan.

También se sabía que el espesor del manto de nieve influye de manera significativa sobre las temperaturas del suelo y del permafrost. Los estudios especializados indican que diez centímetros adicionales de nieve elevan esas temperaturas en más de 1 ºC.

En el ecosistema de las praderas, todo lo que crece durante el verano debe consumirse en el invierno. Ahora bien, la única manera de acceder a la hierba en invierno es escarbando en la nieve. Nuestros animales lo hacen durante todo el invierno. Esa actividad contribuye considerablemente a enfriar el suelo.

¿Cuántos animales se necesitan para que un ecosistema de ese tipo pueda funcionar?

Para influir sobre el clima se necesitan decenas de millones, unas diez toneladas por kilómetro cuadrado. Incluso 15 toneladas, si se tiene en cuenta el recalentamiento del planeta. ¿Qué representan diez toneladas de animales por kilómetro cuadrado, cuando un caballo pesa 400 kilos y un bisonte, 500? Una docena de bestias.

Antes de la llegada del hombre, los caballos y los bisontes representaban del 60 al 70% de la zoomasa, y los renos y los mamuts, el 10% cada uno. Los demás animales constituían el 10% restante. Estas proporciones son similares a las que pueden verse hoy en la sabana africana. Hasta un periodo reciente, la población de esas zonas estaba formada sobre todo por cebras, ñus, elefantes y gacelas. Nuestro propósito es dar una oportunidad a todas las especies que han sobrevivido y ayudarlas al principio. Luego, les dejaremos que ellas mismas gestionen sus vínculos mutuos y las relaciones con sus depredadores.

¿De dónde saldrán todos esos animales?

Es preciso saber, primero, que incluso los animales mayores se reproducen con relativa rapidez. Las manadas pueden multiplicarse por cien cada 25 años. Hoy en día, existen en Rusia varios millones de renos, medio millón de caballos de Yakutia, miles de bueyes almizcleros y muflones de las nieves. De modo que sería posible, sin gran dificultad, obtener decenas de millones de bestias en Siberia en los próximos cinco o diez años, y su número podría alcanzar las centenas de millones dentro de 25 o 30 años. Dicho de otro modo, en una década sería posible repoblar con herbívoros los ecosistemas siberianos e incidir significativamente sobre el clima.

Nuestra familia ha creado dos parques [el segundo, el Parque Salvaje, está en la región de Toula, a tres horas al sur de Moscú] de forma artesanal, sin financiación del Estado. Empleamos medios de transporte costosos, desplazamos pocos animales, debemos enfrentarnos a múltiples problemas administrativos vinculados a la reglamentación sanitaria y aduanera y, pese a todo, hemos logrado buenos resultados. Si una familia de científicos lo ha podido hacer, sin duda los grandes Estados podrían cumplir fácilmente esas tareas, en un marco de colaboración internacional.

En la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, un equipo de científicos dirigido por el genetista George Church se interesa en la recuperación del mamut. ¿Qué vínculos mantienen con el Parque del Pleistoceno?

Todos los ecosistemas de las praderas han tenido elefantes: el elefante de África, el de Asia, el mastodonte, el mamut de las estepas y el mamut en general. Creo que la función principal del mamut en la estepa consistía en proporcionar puntos de agua. Los ríos y arroyos suelen secarse en verano y los animales deben buscar agua en lugares situados a decenas de kilómetros de distancia. Pero los elefantes y los mamuts pueden excavar para buscar agua en el fondo del agujero. Una vez que ellos han bebido, los demás animales pueden aprovechar esos abrevaderos naturales.

En invierno, los animales comen nieve y no necesitan agua líquida. Pero en Siberia, el otoño suele ser una estación fría y a menudo los ríos y los lagos se congelan antes de las primeras nevadas. En esos casos, los animales corren el riesgo de morir de sed. Los mamuts podrían quebrar cualquier capa de hielo, beber y permitir luego que otras bestias saciaran su sed. En nuestro caso, podríamos imaginar a un elefante asiático, con más pelo y con las reservas de grasa aumentadas. En eso trabajan los científicos de Harvard. Por mi parte, he previsto comenzar este año los experimentos encaminados a adaptar al elefante asiático a nuestro clima.

¿Qué regiones del planeta deberían albergar ecosistemas de estepas de mamuts a fin de frenar la fusión del permafrost?

Toda la extensión que hoy ocupa el permafrost. Gracias a los animales, se podría enfriar nuevamente el permafrost unos 4 ºC. Eso daría a la humanidad una oportunidad para adaptarse al cambio climático. Esos ecosistemas deberían reconstruirse no solo en las zonas de permafrost, sino en todas las regiones de Rusia que albergan territorios sin explotar. Porque no es solo el permafrost lo que amenaza al clima; todas las tierras del norte, ricas en materia orgánica, también constituyen un peligro. La rapidez de descomposición de la materia orgánica del suelo depende principalmente de su temperatura. La única manera de lograr que el suelo retenga el carbono consiste en enfriarlo.

Sería preciso crear desde ahora parques en numerosas regiones de Siberia: ampliar el nuestro y abrir otros en la cuenca del río Indiguirka, en Yakutia Central, al sur de la península de Taimyr y en el norte de los Urales, e introducir en ellos los animales necesarios. Después, sería menester agrandar esos parques y trasladar a los nuevos territorios las bestias que ya se hayan adaptado al clima y a convivir con las demás especies.

Los incendios forestales de Siberia y el deshielo del permafrost destruyen los ecosistemas. Cada año hay más sitios donde puede crecer la hierba. Esas zonas son otras tantas praderas listas para ser utilizadas. Si instalamos grupos de animales en esos lugares, la naturaleza continuará el trabajo por sí sola. En esos casos, los animales podrían, sin intervención humana, contribuir a regular el cambio climático.

Serguei Zimov

El geofísico y ecólogo ruso Serguei Zimov fundó la Estación Científica del Noreste, en Tcherski, en el norte de Siberia, y actualmente funciona como un laboratorio al aire libre. Zimov es también uno de los directores de investigación del Instituto de Geografía del Pacífico del Departamento de Extremo Oriente de la Academia de Ciencias de Rusia.

Tras participar en las primeras experiencias de repoblación animal de la cuenca del río Kolyma, en 1988, Zimov creó en 1996 el Parque del Pleistoceno, con el fin de reconstituir un ecosistema comparable al que había en la estepa de los mamuts, que predominó en Eurasia al final del Pleistoceno (entre 2,58 millones y 11.700 años antes del tiempo presente).

El link al artículo original, aquí.