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50 años de crisis energéticas

  • lunes, 01 noviembre 2021 @ 11:35 CET
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Imagen de Peter Tertzakian, aparecida en su artículo del Financial Post "We are witnessing the perils of a disorderly energy transition".Asistimos, algunos menos atónitos que otros, a la tercera gran crisis energética en 50 años. La primera fue causada por motivos geopolíticos (guerra árabe israelí de 1973), la segunda, en 2008, fue una crisis de demanda alimentada por una burbuja especulativa que coincidió con la incapacidad de hacer crecer el suministro convencional de petróleo, y la tercera, la actual, es producto sobre todo de una crisis de suministro causada por la ausencia de proyectos lo suficientemente atractivos para justificar la inversión de petroleras y gasistas, agravada además por las disrupciones causadas por la pandemia.

Los tres factores causantes de estas tres crisis están aún presentes. La geopolítica sigue teniendo una importancia capital. En el mercado del petróleo, por la creciente dependencia del grupo de productores que engloba la OPEP y Rusia (OPEP+), y en el mercado del gas por las dificultades de movilizar los volúmenes extraídos: a pesar del crecimiento del transporte de gas natural licuado (GNL), más de la mitad del gas exportado se transporta por gasoductos regionales, vulnerables a las contingencias geopolíticas, cuando no al chantaje político.

La demanda, después del parón causado por la pandemia, e incluso sin haberse recuperado frente a los niveles pre-COVID19, ha tensionado fuertemente las cadenas de suministro. Se trata simplemente de la continuación de una tendencia observada desde hace veinte años, en los que la demanda de petróleo y gas natural ha seguido creciendo de manera lineal, solo interrumpida por la crisis económica de 2008 y la crisis de la COVID19 en 2020.

La crisis de suministro es quizás la menos entendida. Según el anuario que publica British Petroleum, el Statistical Review of World Energy 2021 y consultando los volúmenes de reservas declarados para el petróleo, el gas natural y el carbón, estos tendrían una duración de 53, 48 y 139 años respectivamente. Sin embargo, estas cifras no significan prácticamente nada, ya que no todas las reservas son igualmente accesibles, ni sus costes de extracción comparables.

Tómese como ejemplo las inmensas reservas de petróleo de Venezuela, compuestas en su inmensa mayoría por petróleo pesado y extrapesado ubicado en la franja del Orinoco. Superan por poco a las de Arabia Saudita, y sin embargo Arabia Saudita produce diez veces más que Venezuela. El petróleo pesado de la franja del Orinoco necesita “mejorarse” mezclándose con petróleos más ligeros, contiene mucho nitrógeno y azufre y otros contaminantes y su refino es un proceso altamente intensivo en energía. Venezuela tiene mucho petróleo, pero no dispone de la energía necesaria, ni el crédito, para convertirse en un gran productor.

Algo parecido sucede con el petróleo de esquistos extraído en EE.UU. mediante la técnica del fracking. Son necesarias múltiples perforaciones horizontales y la inyección a gran presión de una mezcla de agua, arena y compuestos químicos para movilizar el petróleo atrapado en los estratos. La tasa de declive de los pozos es tan grande que se necesita perforar constantemente nuevos pozos para mantener las tasas de extracción. A diferencia de Venezuela, EE.UU. sí dispone de energía (gas natural) para sostener la extracción del petróleo de esquistos, pero a costa de haber perdido cientos de miles de millones de dólares vendiendo un petróleo a pérdidas. Las inyecciones de dólares fiduciarios al sistema lo habían permitido hasta ahora, pero el grifo del capital de inversión barato se ha secado ya para el fracking.

La transición energética al descubierto
A diferencia de las crisis anteriores, esta crisis energética se produce en pleno despliegue político y mediático de la llamada transición energética o transición verde como respuesta a la crisis climática. Este hecho añade más confusión a la situación, por una serie de malentendidos respecto a la situación en la que nos encontramos. En primer lugar, se le llama transición, entendiendo que se está produciendo la sustitución de los combustibles fósiles por energías renovables. En realidad, no se está produciendo tal sustitución, ya que a pesar de que el crecimiento de la capacidad de captación de los flujos renovables ha sido exponencial en la última década, este crecimiento no se está dando a costa de una reducción en el consumo de combustibles fósiles. De hecho, frente al riesgo de interrupción del suministro de gas natural en Europa y Asia, el consumo de carbón, al que se le ha dado muchas veces por muerto, está aumentando de nuevo. Por otra parte, el precio del uranio ha aumentado un 45% desde principios de este año.

No se puede hablar de transición energética cuando no hay una sustitución real y el consumo de combustibles fósiles sigue creciendo. Han pasado casi cincuenta años desde la primera crisis del petróleo, motivada por la guerra árabe-israelí y veintinueve años desde la primera cumbre climática en Río de Janeiro. El consumo de combustibles fósiles y la concentración de gases de efecto invernadero no han dejado de crecer durante todas estas décadas, crecimiento solo interrumpido temporalmente por crisis económicas mundiales y el año pasado, por la pandemia. Ya sea por cuestiones de geopolítica y seguridad de suministro o por razones medioambientales, no faltan los motivos para haber iniciado esta transición cuando tocaba. Lo sucedido hasta ahora da pistas sobre la situación en la que realmente estamos.

La crisis de 1973 (y posteriormente la de 1979 causada por la crisis de los rehenes en la embajada de los EE.UU. en Teherán) hizo que se dejase de quemar petróleo para producir electricidad e impulso el crecimiento de la energía nuclear. En ese sentido sí que se produjo una transición real, ya que hubo sustitución. Y, aun así, la energía nuclear se encuentra en declive desde 2005, fundamentalmente por los altos costes de construcción de nuevos reactores y por el efecto de los accidentes de Chernóbil y Fukushima, que lógicamente han incrementado los costes en seguridad y mantenimiento de los reactores. Durante todo este tiempo la economía mundial ha seguido la tendencia histórica de apostar por los combustibles más “baratos” (ya que no se repercuten realmente sus costes medioambientales y sociales), y todo crecimiento de fuentes alternativas se ha dado sin que se observase una sustitución real.

De hecho, y esto es quizás el aspecto más contraintuitivo de la llamada transición verde, no es realmente posible una sustitución de los combustibles fósiles por flujos renovables sin ponerle un tope al consumo total de energía primero, y forzar su descenso después. Cabe recordar que cuando hablamos de un sistema energético basado en flujos renovables, lo único realmente renovable (al menos en términos humanos) es el flujo de radiación solar que llega a la Tierra. El resto, generadores eólicos, placas fotovoltaicas, líneas de transmisión, transformadores, subestaciones, paneles de control, baterías y demás infraestructuras necesarias no son realmente renovables. Para extraer los materiales necesarios para su construcción y mantenimiento se utilizan combustibles fósiles y minerales que han de ser extraídos, procesados y transportados. Y toda esa infraestructura debe ser sustituida cuando acabe su vida útil y sus residuos procesados de alguna manera. Y de momento, todas esas actividades necesarias para el despliegue renovable dependen de los combustibles fósiles, especialmente en todo lo que concierne a la obtención, procesamiento y transporte tanto de las propias infraestructuras, como de los materiales necesarios para construirlas.

Si los proponentes de una transición verde sin abandonar el crecimiento económico tienen en su argumentario el punto ciego de los costes materiales de esa misma transición, los defensores de los fósiles “limpios” (básicamente los proponentes del hidrógeno marrón, gris y azul y de la captura de carbono) sustentan sus propuestas en nuevos equívocos. Por un lado, se quejan de que los actuales problemas de suministro, especialmente de gas natural, pero también de petróleo, son producto de una transición precipitada hacia las energías renovables que han descapitalizado la inversión necesaria en exploración y extracción de estos recursos.

Esta tendencia es real, pero no es de ahora, de hecho, cualquier cosa que pase en el mercado energético en el presente, excepto los eventos geopolíticos, o como ha sucedido recientemente con el evento global que ha sido la pandemia, es resultado de tendencias que llevan años desarrollándose. Concretamente, la industria del petróleo inició esta tendencia ya en 2013, cuando términos como “Green New Deal”, “transición energética” o “zero carbon” no disfrutaban de la popularidad que tienen ahora. La falta de inversión no está justificada en la transición hacia las energías renovables o el pico de la demanda debido a la electrificación del transporte. El motivo es la ausencia cada vez mayor de oportunidades rentables en la exploración petrolífera, después de otro periodo (2000 – 2012) en el que, pese a inversiones récord, la productividad de esas inversiones había decaído.  El motivo no es otro que el fenómeno que está realmente detrás de todas estas crisis: el fin de la energía barata, segura y abundante (obviando lo de “limpia” porque desde que abandonamos la biomasa como fuente principal de energía esta no ha sido nunca limpia).

El fin de la energía barata desnuda la verdadera naturaleza de la economía
En el centro de todo, y como principal causa de los continuos fracasos para reformar nuestro modelo socioeconómico, alimentado en más de un 80% por los combustibles fósiles, está la tozuda realidad de que no hay crecimiento económico sin crecimiento en el uso de materiales y energía. El desacople en términos absolutos entre crecimiento económico y consumo energético no ha existido nunca. Y las “soluciones” propuestas, los futuros desarrollos tecnológicos que nos permitan usar nuevas fuentes de energía y una mayor eficiencia en su uso no son ninguna solución, sino una patada hacia adelante cuyo impacto, ese bien real, lo sufrirán las generaciones venideras.

Y es que no existe la tecnología “productora” de energía. Lo que la tecnología es, siempre dentro de los infranqueables límites físicos, es la aplicación del conocimiento al uso de energía y materiales para aprovechar otros flujos o depósitos energéticos. La eficiencia, por otra parte, si no viene acompañada de límites impuestos, no consigue disminuir el consumo total de energía, al contrario, lo aumenta. La economía global es como un motor térmico, que consume energía y disipa calor residual para alimentar el funcionamiento de nuestro metabolismo económico. Los recursos y la tecnología nos han permitido hacer que ese motor se haga más grande, consuma más energía y recursos, disipe más calor y haga su trabajo aún más rápido. Este bucle de realimentación positivo, alimentado por millones de años de energía solar concentrada en forma de combustibles fósiles ha sido el responsable de nuestro crecimiento exponencial de los últimos 150 años.

Nuestra economía no es el modelo mecánico y circular que pretende la teoría económica neoclásica dominante, sino uno en el que manda la termodinámica. Es en realidad un sistema abierto que depende del aporte de la energía del sol y que debe irradiar al espacio el calor residual resultante (hasta que el efecto invernadero causado por las emisiones de gases de su combustión lo han impedido, calentando el planeta) y colocar en algún lugar los residuos de alta entropía que produce. Estamos limitados por la segunda ley de la termodinámica, que nos dice que procesos como la actividad económica son inherentemente disipativos: transforman materiales de baja entropía y alta energía, como los combustibles fósiles, en materia de alta entropía y baja energía, difícilmente aprovechable. Y la energía solar, por abundante que sea la radiación que llega diariamente a la Tierra, llega de manera dispersa, y para ser útil necesita ser concentrada y capturada (y transformada, y transportada y almacenada…), y eso requiere materiales, cuya disponibilidad depende a su vez de energía de alta calidad. El flujo solar es gratuito y “renovable”, pero su aprovechamiento no lo es.

Sin embargo, la teoría económica dominante sostiene justo lo contrario. Pretende que es posible desacoplar el sistema de flujos monetarios de la economía de los flujos de materiales y energía, y que lo podremos seguir haciendo de manera indefinida. Que esto sea así, que la “ciencia” económica no sea en realidad “ciencia”, sino más bien un conjunto doctrinario cuyo único efecto es perpetuar un modelo depredador de los recursos naturales y de las personas solo se puede explicar porque durante un tiempo, los depósitos fósiles de baja entropía fueron tan abundantes que pensamos que lo que realmente estaba impulsando nuestro progreso material era nuestro ingenio a través de la tecnología, y no ese tesoro energético. Persistir en el empeño cuando la ciencia claramente nos dice que es imposible la continuidad del modelo por mucho más tiempo solo puede ser explicado porque su continuidad beneficia a quién más poder de imponerla tiene, y en la fantasía de estas élites de que, de alguna manera, podrán mantener sus privilegios al mismo tiempo que las desigualdades aumentan y la crisis del sistema arroja a cada vez más personas a la pobreza y a las migraciones climáticas.

¿Soluciones? Depende de cuál sea el problema
Es revelador que cuando se habla de soluciones a la crisis energética la discusión suela ceñirse a qué soluciones tecnológicas preferimos: renovables 100%; renovables más nuclear; renovables más nuclear, más fósiles “limpios” vía captura de carbono, etc. Es decir, implícita en la respuesta está el hecho asumido de que se buscan soluciones para que el sistema actual siga funcionando, es decir, responder a la pregunta de “¿cómo podemos seguir creciendo con otras fuentes energéticas que no sean las fósiles?” Sin embargo, la física nos dice que perseguir el crecimiento continuo en el uso de materiales y energía es una quimera. Discutir sobre los combustibles que van a alimentar un sistema económico que está diseñado para crecer en el uso de materiales y energía de manera exponencial es una pérdida de tiempo, y sobre todo, una manera de estrechar el horizonte de una salida digna y solidaria a la crisis del modelo económico y energético en la que estamos instalados.

Han pasado cinco décadas después de la primera crisis energética y el sistema ha cambiado, pero para peor, pues en busca de su supervivencia ha empeorado las desigualdades y sus elites se han refugiado en el casino que son hoy en día las finanzas globales, que se ha situado por encima de la soberanía de los estados. El capitalismo que padecemos hoy es el resultado de las transformaciones sufridas en su huida para zafarse de la disminución de las tasas de crecimiento y de las tasas de ganancia. Los precios de prácticamente todo lo imprescindible para el funcionamiento de la economía real (materias primas, alimentos, energía) viene dado por los mercados de futuros, donde reina la especulación. Y sorprendentemente, y pese a que solo sobrevive asistido por la continua inyección de dinero fiduciario y el aumento de la deuda, nadie se atreve a señalarlo como el principal obstáculo para la reforma del sistema socioeconómico. Aun, al contrario, los estados se siguen plegando a las necesidades del “mercado” pese a a la sucesión de burbujas, precariedad y desigualdades que sigue generando. Las heridas que el capitalismo provoca en el cuerpo social en forma de desempleo, reducción de la calidad de vida, privatización de los bienes y servicios comunes son ya insoportables. Son el resultado de un capitalismo sin crecimiento real. ¿A qué esperamos, entonces? No parece, al menos atendiendo a los resultados de los sistemas de representación política, que se discuta la desaparición del capitalismo. Más bien al contrario, asistimos a un enroque de este capitalismo terminal disfrazado de reforma verde, cuando no un ejercicio represivo y reaccionario que vuelve a buscar enemigos exteriores e interiores para afrontar la escasez futura desde perspectivas nacional autoritarias.

Si necesitamos una verdadera revolución global, transgeneracional y decolonial, ¿no está el mundo preparándose para justo lo contrario? ¿No estamos previendo volver a esquilmar el sur global en busca de los recursos minerales que requiere esa transición verde crecentista? ¿no son los resurgimientos de los movimientos populistas reaccionarios de corte fascista señal de que no nos preparamos para la cooperación global sino para cruentos enfrentamientos?

Vamos a necesitar renovables, y muchas, pero si no identificamos primero el verdadero obstáculo frente a una transición ecosocial verdadera, el capitalismo y cualquier sistema de organización social y económica que persiga el crecimiento económico indiscriminado, estaremos perdiendo el tiempo y profundizando en un desastre que cada día se muestra más inevitable.