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Energía y crecimiento

  • Lunes, 06 Diciembre 2010 @ 22:11 CET
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Artículos

Mariano Marzo, catedrático de recursos energéticos de la Universidad de Barcelona escribió recientemente en el diario barcelonés La Vanguardia un artículo titulado "Energía y crecimiento". El artículo resume en media página el porqué de los fracasos continuados de las diferentes cumbres climáticas y sus posteriores acuerdos (o desacuerdos): resulta que "el crecimiento exponencial de la segunda mitad del siglo XX se ha repartido de modo muy desigual por el planeta" y hoy las potencias emergentes (en demografía y crecimiento del uso de recursos) no quieren ni oir hablar de reducir su parte del pastel, especialmente cuando quienes han sido beneficiarios más directos de ese crecimiento (los países ya industrializados) tampoco están por la labor.

Pero, ¿por qué es tan difícil reducir la intensidad energética y de carbono de las economías? Pues como ilustra muy bien el profesor Marzo, tanto el consumo energético como las emisiones de carbono son resultado de un sencillo cálculo (la identidad de Kaya):

...el CO2 emitido globalmente por la actividad humana a la atmósfera resulta de multiplicar cuatro factores: 1) el PIB per cápita mundial, 2) la población del planeta, 3) la eficiencia o intensidad energética (que mide cuánta energía necesita el mundo para incrementar en una unidad su riqueza), y 4) el factor de emisión (que informa del CO2 emitido por el mix energético global).
Y como, por diversas y obvias razones, el PIB y la población son sagrados, lo único que queda por gestionar para mantener controlado el resultado de la ecuación es la eficiencia y el factor de emisión. Y ahí es donde empiezan las dificultades insalvables (es decir, aritméticas), ya que, como explica el artículo,
En los próximos veinticinco años, el mundo podría reducir su intensidad energética a algo menos de la mitad y disminuir ligeramente el factor de emisión de CO2 respecto a los valores del 2007. Sin embargo, estas mejoras se verían ampliamente contrarrestadas por el crecimiento del PIB per cápita (cercano al 100%) y por el aumento de la demografía (próximo al 30%), de forma que, en conjunto, la multiplicación de los cuatro factores de Kaya arroja el resultado de que en el 2035 las emisiones globales de CO2 se habrán incrementado en algo más del 40% respecto a las del 2007.

Como ilustra muy bien el dicho anglosajón, "si la única herramienta que tienes es un martillo, todo te parecerán clavos", los esfuerzos por combatir el crecimiento de las emisiones de dióxido de carbono mediante la diversificación del mix energético y las medidas de eficiencia chocan frontalmente con las partes intocables de la ecuación: población y PIB.

Pero más tarde o más temprano aparecerán nuevos límites, e incluso el carbón, el combustible de los pobres, dejará de ser barato (el petróleo ya se ha despedido de esa etiqueta, dado que el cenit del petróleo barato ya está oficialmente por detrás nuestro). Entonces, cuando los precios energéticos y la seguridad del suministro torpedeen el crecimiento del PIB, quizás las medidas de eficiencia y descarbonización de la economía sean finalmente efectivas.

Mientras tanto, y mientras no interioricemos las profundas implicaciones que se desprenden del breve pero contudente artículo del profesor Marzo, seguiremos asistiendo a fracaso tras fracaso de las diversas "cumbres del clima". Las cifras son claras, no parece muy probable un escenario en que la economía mundial de 9.000 millones de personas (población estimada en 2050), pueda crecer de manera sostenible, ecológica y socialmente justa. Sin duda necesitaremos más eficiencia, más energías renovables y más desmaterialización y descarbonización de la economía. Son medidas necesarias, pero no suficientes, dada la monstruosa inercia de un sistema socioeconómico basado en el crecimiento infinito. Y la pelota está en el tejado de los países ricos, ese 20% de la población que consumimos el 80% de los recursos.

Por su interés, reproducimos a continuación íntegro el artículo de Mariano Marzo en La Vanguardia:

Actualización I: Margarita Mediavilla de la Universidad de Valladolid nos envía un interesante comentario acerca de la manera de medir la intensidad energética, que ha titulado "La trampa de la intensidad energética" (fichero PDF, 82KB).

Actualización II: de nuevo Margarita Mediavilla de la Universidad de Valladolid nos envía un conjunto de gráficas y explicaciones (fichero PDF, 57KB) con el propósito de demostrar que

la intensidad energética tal y como se calcula actualmente NO DICE NADA ÚTIL.

Energía y crecimiento

La cumbre sobre cambio climático de Cancún no ha suscitado grandes expectativas. Los mediocres resultados alcanzados en la anterior cumbre de Copenhague han dejado una sensación de frustración, sólo justificable si se desconoce la complicada naturaleza del problema por resolver.

La identidad de Kaya nos dice que el CO2 emitido globalmente por la actividad humana a la atmósfera resulta de multiplicar cuatro factores: 1) el PIB per cápita mundial, 2) la población del planeta, 3) la eficiencia o intensidad energética (que mide cuánta energía necesita el mundo para incrementar en una unidad su riqueza), y 4) el factor de emisión (que informa del CO2 emitido por el mix energético global).

Para que el resultado final de una multiplicación de cuatro factores sea cero, basta con que uno de ellos lo sea. Pero, hoy por hoy, este supuesto es impensable. Lo que sí esta en nuestra mano es tratar de reducir las emisiones de CO2. Para ello, podemos mejorar la eficiencia y promover el despliegue de fuentes de energía limpias en CO2 (renovables y nuclear). Además, el resultado de la multiplicación comentada puede rebajarse mediante el secuestro del CO2, ya sea por medios artificiales o naturales (por ejemplo, inyectándolo y almacenándolo en el subsuelo o evitando la deforestación).

En cualquier caso, las previsiones en el horizonte 2035 contenidas en un reciente informe del Gobierno de EE.UU. (International Energy Outlook 2010) no invitan al optimismo. En los próximos veinticinco años, elmundo podría reducir su intensidad energética a algo menos de la mitad y disminuir ligeramente el factor de emisión de CO2 respecto a los valores del 2007. Sin embargo, estas mejoras se verían ampliamente contrarrestadas por el crecimiento del PIB per cápita (cercano al 100%) y por el aumento de la demografía (próximo al 30%), de forma que, en conjunto, la multiplicación de los cuatro factores de Kaya arroja el resultado de que en el 2035 las emisiones globales de CO2 se habrán incrementado en algo más del 40% respecto a las del 2007.

Lo hasta aquí expuesto puede resultar sorprendente: las actuales políticas de reforma del modelo energético probablemente no serán suficientes para reducir sustancialmente la inyección antropogénica de CO2 a la atmósfera; también se hace necesario cuestionar el actual paradigma de crecimiento económico y demográfico. Una verdad tan incómoda como la predicada por el ex vicepresidente de Estados Unidos Al Gore a propósito de la aceptación de la realidad del cambio climático.

No cabe duda. A la luz de la identidad de Kaya, el análisis de la historia del consumo energético, así como del crecimiento económico y demográfico de la humanidad en los últimos cien años, nos indica que el cambio climático es, en buena parte, consecuencia de un desarrollo económico y demográfico sin precedentes, posibilitado por el uso masivo de los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas). Afirmar, como a menudo se hace, que el cambio climático es tan sólo el resultado del uso masivo de dichos combustibles es una verdad a medias. Equivale a culpar a la bala, o la pistola que la dispara, de un asesinato, sin analizar quién aprieta el gatillo.

Ciertamente, el CO2 que (junto a otros gases de efecto invernadero) provoca el actual desequilibrio climático proviene en su mayor parte de la quema de combustibles fósiles, pero no deberíamos olvidar que el uso masivo de estos ha sido requerido por un paradigma socioeconómico basado en el crecimiento global, continuo e ilimitado. Hoy en día los combustibles fósiles representan alrededor del 80% del mix de energía primaria mundial y sin ellos el sistema se colapsaría. Pero aún hay más: sin carbón, petróleo y gas, el consumo energético mundial no podría haberse multiplicado por un factor cercano a cinco durante el periodo 1950-2000, posibilitando que durante el mismo periodo el PIB mundial se multiplicara por siete y la población mundial por algo más de dos. Desgraciadamente, el precio que pagar ha sido que las emisiones de CO2 se han multiplicado por casi cinco durante los cincuenta años considerados.

El principal problema que subyace en la cumbre de Cancún es que el crecimiento exponencial vivido en la segunda mitad del siglo XX se ha repartido de manera muy desigual por el planeta. El desarrollo económico ha beneficiado al 20% de la población mundial que reside en los países industrializados, de forma que estos países acaparaban en el año 2000 cerca del 80% del PIB mundial, mientras que el resto de los habitantes del planeta apenas habían incrementado su consumo energético y PIB per cápita. Y estos países, liderados por las grandes demografías y potencias emergentes, van a seguir exigiendo cuentas del pasado, sin comprometer ni un ápice su futuro. Algo que en el caso de China e India pasa inexorablemente por el uso de sus enormes reservas de carbón, el combustible más sucio, pero también el más barato.