Bienvenido(a) a Crisis Energética lunes, 21 octubre 2019 @ 10:20 CEST

El agricultor y la sequia. (Fabula surrealista)

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Artículos En los confines del pasado, cuando los dioses eran adorados y los sacrificios del hombre servían para aplacar su ira. Tras la época de la gran caza, las manadas, esquilmadas, no daban más de sí. Algunos, llamados locos, cultivaban con gran esfuerzo la tierra con las semillas que antes crecían salvajes por doquier. Los gruesos cazadores se reían de ellos, pues aunque la caza cada vez estuviera más lejos y sus cuerpos fueran más magros, la fuerza estaba en sus manos para satisfacer su antojo. Al cabo de un tiempo la partida de caza regreso esquilmada. Otros cazadores no les permitieron cazar entre los dos ríos, la última gran zona de caza. Por aquellos tiempos los delgados locos ya comían sus semillas, pero a nadie le importaba, lo más importante era la caza. Los cazadores obligaron a toda la tribu a marchar bajo el sol para destruir a los otros en la guerra, el gran premio estaba allí. Los locos desatendieron sus cosechas. Al llegar a los dos ríos mataron a todos los otros que encontraron mientras algunos regresaban con las primeras piezas cobradas. Esto es bueno, se decían. Pero la guerra duro mucho y los otros preferían matar a las bestias antes de que los cazadores cobraran las piezas. La carne podrida no llegaría a ninguna parte. A la vuelta la vida no era fácil, la mayor parte de la carne se gastaba en la guerra y poco o nada quedaba para los que regresaban, ya no había caza y los locos regresaban a sus semillas que, aunque poco, alimento daban. Tristes los locos mandaban sus semillas a la guerra, pues los cazadores en medio de la guerra no podían cazar.

Los locos se llamaron agricultores, ya nadie reía a su paso.

Un invierno pasó pero la lluvia no llego, era la sequia. Los agricultores temían que la cosecha no creciera. El dios de la lluvia estaba enfadado, ¿sería por la guerra?, pensaron los agricultores y pidieron a los cazadores que la dejaran ya, que en vez de matar a los otros por una caza que no llegaba a la tribu, ayudaran a llevar el agua a las plantas y así comer todos. Pero los cazadores siguieron en su empeño y salvarían a todos como siempre. El dios de la caza era más poderoso que el dios de la lluvia, uno daba carne, y el otro, pequeñas semillas. El fuego con el que se asaban las piezas creaba humo y el humo eran nubes. El fuego crearía nubes y volvería a llover. Los agricultores vieron como ardían sus cosechas a manos de los cazadores lamentando la estupidez de estos, pero sin la fuerza ellos nunca podrían hacer cambiar la opinión de los cazadores.

Ahora todos, temerosos, esperan ver los brotes verdes tras el gran rescate.