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Teoría de la compensación descompensada

  • domingo, 30 diciembre 2007 @ 08:44 CET
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Artículos El diario El País ha publicado en su suplemento de Domingo un artículo titulado "Teoría de la compensación", cuyo autor, Joaquín Estefanía habla del petróleo, aceptando que ha terminado la era del crudo abundante. Por su interés público y su relación con el tema central de esta página web, reproducimos dicho artículo, con el derecho a la crítica que nos asiste, debidamente comentado. Son pasos en el camino al reconocimiento de los recursos finitos, pero todavía son tambaleantes. Los comentarios de CE, entre líneas, en cursiva y en negrita. Diario El País, 30 de diciembre de 2007.

REPORTAJE: ECONOMÍA

Por JOAQUÍN ESTEFANÍA

Terminó la era del crudo abundante. Cada vez es más escaso y caro. Hace más de tres décadas que no se descubren nuevos yacimientos de importancia. Entretanto, el dólar cae

Un semanario estadounidense (Newsweek) hace el balance del año que termina y llega a conclusiones positivas: a pesar de los pesares, el mundo va mejor que antes. Desde el punto de vista económico, 2007 ha sufrido movimientos telúricos debido a dos crisis de distintas naturaleza que todavía no han finalizado: la financiera, con el terremoto provocado por la hipotecas locas, y la energética, por la escasez y el precio del petróleo, en un momento en el que 2.500 millones de personas (chinos e indios sobre todo) se disponen a convertirse en consumidores. Aun con la confluencia de estas dos crisis, el crecimiento mundial medio continúa por encima del 5%.

El petróleo es necesario para la fabricación de la mayor parte de las cosas que nos rodean, pero sobre todo es imprescindible para el transporte de los humanos y las mercancías: el transporte es el destino final de la mayor parte del crudo consumido en el mundo. Las cifras son contundentes y marcan un modelo: en la década de los años sesenta del siglo pasado, la industria consumía alrededor de la cuarta parte de todo el petróleo, y el transporte, la mitad; en la primera década del siglo XXI, la industria sólo consumía el 6% (debido a un proceso continuado de eficiencia energética, el consumo de petróleo por unidad de producto interior bruto se ha reducido como media en el mundo un 43% desde el año 1970), y el transporte, casi un 70%.

He aquí una visión economicista clásica: se reconoce que el petróleo forma parte de nuestras vidas de forma muy importante. Se reconoce, (¡sin datos para un economista!) que es clave para el transporte (nuestros lectores ya saben que es más del 90% del transporte mundial) y lo que se hace es un juego de bolillos para decir que el balance energético ha cambiado de uso y ha pasado del 25 y 50% respectivamente para la industria y el transporte en los años sesenta hasta un 6 y casi un 70% para la industria y el transporte respectivamente, en los primeros años del siglo XXI. Lo que resalta Estefanía, como buen propagador de buenas noticias, es que la industria ha mejorado la intensidad de consumo energético, mediante la mejora continua de las eficiencias). Como es obvio, se calla que el transporte ha empeorado desde el 50 a casi un 70% y sobre todo, ni menciona que en el contexto general, el tinglado combinado e interrelacionado de la industria y el transporte han pasado de 31 millones de barriles diarios en 1965 a casi 84 millones de barriles diarios en 2006. Casi nada. Un 270% de aumento del consumo de petróleo en el periodo citado. ¿Dónde está la mejora de la eficiencia global o general?. Al menos hay que agradecer al ex director de El País y actual gurú económico del mismo que mencione el petróleo en su resumen de cosas importantes del año. Y ya, solo cabe preguntarse, una vez más: ¿ara que están los economistas predictivos, si no son capaces de intuir, con tiempo a la reacción para “ajustar la oferta a la demanda” (si es que no hay problema de oferta o de recursos), que a China e India se les puede ocurrir empezar a intentar reproducir el modelo de éxito del que tanto presume occidente; o quizá peor, a empezar a servir de maquiladoras de los bienes de consumo de Occidente?

El petróleo padece hoy, al mismo tiempo, dos problemas interrelacionados: de escasez y de precio. La era del crudo abundante ha terminado. No se trata sólo de encontrar nuevas reservas para hacer frente a las necesidades de esos 2.500 millones de ciudadanos ávidos de energía, sino de hacer frente a la caída de la producción en los países que tienen un subsuelo rico en crudo. Las dificultades no se hallan sólo en el mar del Norte, sino en la zona en que se encuentra la mayor parte de reservas probadas del oro negro: Oriente Próximo. Hace más de tres décadas que no se descubren nuevos yacimientos de importancia (los recientes de Brasil ¿serán la excepción a esta tendencia?). Según datos recientes aportados por la Agencia Internacional de la Energía (AIE), en caso de que el ritmo de consumo se mantuviese invariable en el próximo medio siglo -hipótesis poco verosímil ante la multiplicación de nuevos consumidores-, habría petróleo tan sólo hasta el año 2050.

He aquí el discurso dominante del poder: ya se puede certificar que “la era del crudo abundante ha terminado”; se puede reconocer que la producción en determinados países está cayendo (sin citar ni cifras ni muchas regiones, pero al menos cita el Mar del Norte), pero ahí llega todo lo que están dispuestos a enseñar la patita. Menciona que hay 2.500 millones de ciudadanos “ávidos” de energía, en segunda referencia a la suma de habitantes de China e India, como suele ser habitual últimamente en cronistas occidentales, que parecen no poder dormir porque otros aspiren a consumir siquiera entre la quinta y la décima parte per capita que ellos. Pero ni por asomo este gran especialista en economía se llega a plantear el alcance de que grandes yacimientos empiecen a declinar; ni el carácter estructural y no coyuntural que tiene esa afirmación. Nada. De nuevo, alumbra la esperanza con el anuncio del nuevo yacimiento de Brasil, como una posible esperanza de seguir creciendo como hasta ahora, pero incluso colocándole un interrogante. Ni él se lo cree, como es lógico. Y finalmente, remata con la consabida cantinela, incomprensible para un periodista de esta altura, de que el petróleo se agotará hacia 2050, sin mencionar a la bicha del cenit, que física y geológicamente tiene que llegar mucho antes. O este señor ha hecho el artículo intencionadamente silbando y mirando al tendido, o es de una candidez que asusta.

Cuando un bien es escaso, sube su precio. Durante 2007, el barril ha rozado los 100 dólares. Descontando la inflación, todavía no se ha llegado al precio récord de 101,7 dólares el barril, en abril del año 1980, tras la revolución de los ayatolás en Irán. Pero las predicciones que superan ese precio son constantes. Ya no ocurre como cuando, en 2005, el banco de inversión Goldman Sachs pronosticó un precio de 105 dólares el barril, y fue acusado unánimemente de alarmista y de provocar especulación para su propio beneficio. En los últimos siete años, el barril ha subido alrededor de diez dólares en cada ejercicio. Quien ahora señala un barril a 150 dólares no se destaca de la media. Las consecuencias de tal pronóstico son fáciles de describir y la discusión sólo está en el grado: las materias primas caras estimulan la inflación y provocan la reacción de los bancos centrales, que suben los tipos de interés para domeñar el incremento de los precios; sube el precio del dinero y, con él, el coste de los créditos y de las hipotecas; baja el consumo porque el ciudadano ha de pagar los préstamos; se reducen los beneficios empresariales, la inversión se hace anémica, aumenta el paro, etcétera. El final puede ser una recesión.

Y ahora viene la clase de economía de parvulario. Si un bien es escaso, sube el precio ¡toma ya! Vaya mi propuesta a Estocolmo para que le den el Nobel. Nada de analizar por qué este bien es escaso y qué consecuencias puede tener eso para todo el mundo. De eso, nada. Apenas toca ahora meterse en las cifras dinerarias. En esta lucha de precios actualizados del petróleo, aporta su granito de arena al tranquilizar diciendo que peor estuvieron los precios a dólares constantes en abril de 1980: nada menos que 101,7 US$/barril. Con decimales y todo. Menuda calculadora debe tener Estefanía. Otro jugador más del Purchasing Power Parity. Lo más original que dice es que la consideración de locos que dieron a Goldman Sachs en 2005 cuando (pre)dijeron que el petróleo subiría a 105 US$/barril, hoy día ya no asusta a nadie que se vaticine, de forma generalizada, que se puede ir a 150 US$/barril. Magnífico. Pero como a todo economista, no le interesa saber qué razones profundas (de yacimientos agotados, quiero decir) están detrás de las causas, sino juguetear con los efectos, que describe muy bien y muy finamente: cosa cara-más inflación-subida de tipos-subida de dinero (¿?)-subida de coste de créditos-menos beneficios empresariales-inversión anémica (también empresarial: en las ecuaciones de un buen economista al uso, los trabajadores no suelen aparecer en las variables, más que como dato de paro o sujeto/objeto de consumo)- más paro-recesión. Este hombre es una mina. Apúntenlo para el Príncipe de Asturias también.

En una curiosa teoría de la compensación, un petróleo escaso y caro no ha producido todavía los desastrosos efectos citados porque se paga en dólares, y la moneda norteamericana, desde hace tiempo, pasa por problemas de debilidad. La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que ya no tiene el monopolio como cuando en los primeros años setenta decretó un embargo de crudo, se resiste a aumentar la producción, tanto por las dificultades para aumentar sus reservas como para que los precios no languidezcan en un contexto de debilidad del dólar. Como un día dijo el ex secretario del Tesoro de EE UU John Connolly, "el dólar es nuestra moneda, pero el problema es vuestro". El dólar tiene la misma apariencia que la dudosa economía de EE UU. Su valor frente al conjunto de las divisas más importantes del mundo ha sufrido un mínimo histórico no sólo en el año que ahora acaba, sino en el último lustro. Esta depreciación ha sido especialmente significativa frente a la moneda más joven, que opera en los mercados internacionales: el euro. En 2002, un euro llegó a valer tan sólo 0,86 dólares, mientras que ahora la proporción es la inversa: un euro equivale a alrededor de 1,48 dólares.

La frase que da título al artículo, la teoría de la compensación, se refiere a que el petróleo escaso y caro no ha tenido los previsibles efectos desastrosos, porque el dólar, con el que se comercia la mayor parte de petróleo mundial, ha ido cayendo de valor (“se supone siempre que respecto a algo”, aunque aquí tampoco aquí hay datos o cifras, que cosas,) mientras el petróleo subía. Esto debe hacer válida parcialmente la teoría de la compensación para los europeos, por ejemplo. Pero no tiene tanto sentido para los estadounidenses, ni tampoco para los muchos países compradores de petróleo en el área del dólar. Lo extravagante del razonamiento siguiente es que dice ahora que la cosa es porque la OPEP “se resiste a aumentar la producción”, aunque ya no tiene el monopolio. La verdad es que es una excusa tan pobre para antes haber concluido que ya no volvería a haber crudo abundante, que no se como ha tenido el cuajo de esgrimirla. Al parecer, los productores ahora no están contentos con un barril por debajo de los 95 US$, cuando en 2002, al parecer estaban contentos con un barril a un promedio de 25 US$ (esto es, un barril 3,8 veces más caro, para una divisa que respecto del euro ha caído en un 70% en el mismo periodo). ¿Cómo se come esta explicación?

Se discute el papel de la moneda americana como divisa dominante, pero esta tendencia dista aún de ser definitiva. La parte en dólares de las reservas de divisas de los bancos centrales se redujo a alrededor del 65% del total en el segundo trimestre de 2007, frente al 71% de 1999, el año del lanzamiento del euro. Decrece la proporción de dólares, pero muy lentamente. Esta relación entre el precio del petróleo y su denominación en dólares ha generado una nueva paradoja para la economía que el sistema habrá de solucionar: casi el 90% de las reservas probadas de crudo en el mundo está en manos de compañías estatales de los países productores, que experimentan en los últimos tiempos un resurgir nacionalista basado en las riquezas energéticas que poseen. Estos países han creado un nuevo agente económico, los fondos soberanos (sovereign wealth funds) de carácter estatal, que invierten las cantidades ingentes de divisas que reciben a cambio de su petróleo en empresas privadas de los países consumidores, generándose mediante este mecanismo una especie de renacionalización del sector privado de los países desarrollados, que tiene su origen, en buena parte, en el petróleo.

Y para finalizar, la guinda del “resurgir nacionalista” de los productores, basado en las riquezas energéticas que poseen. Eso, por la forma de decirlo parece ser malo, muy malo. Estamos todavía buscando en los archivos, alguna referencia despectiva del autor hacia los “resurgires nacionalistas” de los EE. UU. cuando utilizaron su rol de primer productor, primer exportador y primer consumidor de petróleo del mundo, para auparse a la situación de potencia mundial y arrolladora en que les colocó este maná. O al Reino Unido y a Noruega y Dinamarca, cuando descubrieron el petróleo del Mar del Norte y se pusieron a hacer pedorretas como posesos a los miembros de la OPEP. El color del cristal con el que mira este hombre la interesada realidad es verdaderamente enternecedor, si no fuese porque a veces resulta estremecedor. En fin, mejores artículos han visto las páginas de este diario los resúmenes de un año que dejará secuelas, por una subida de más del 50% en el precio del petróleo en el mundo. El cenit, mientras tanto, sigue durmiendo el sueño de los justos.