Bienvenido(a) a Crisis Energética lunes, 17 junio 2019 @ 17:45 CEST

El Pentágono frente al cenit del petróleo

Prólogo de Tom Engelhardt:

Hoy, Michael Klare, experto en guerra y energía y autor del indispensable libro Blood and Oil, (Sangre y petróleo), nos ofrece una perspectiva sin precedentes de lo que significa para el Pentágono llenar sus propios depósitos (así como los de sus tanques). Después de todo, se trata del “Hummer” de los Departamentos o ministerios de Defensa; el devorador de combustible por excelencia.

Por otro lado, con la ocupación de Irak , la Administración de Bush parece ser incapaz de encontrar una gasolinera local que todavía funcione. Como sin duda recuerdan, antes de la invasión de marzo de 2003, la administración estaba totalmente convencida de que el petróleo iraquí pagaría con rapidez (los costes de) cualquier futura ocupación, reconstrucción y –aunque esto nunca se haya mencionado- la presencia estadounidense permanente. Algo después en 2003, el Secretario de Defensa adjunto, Paul Wolfowitz hizo aquella declaración ya clásica, de que Irak “flotaba en un mar de petróleo” y dijo a un panel del Congreso que “los ingresos del petróleo- de Irak- podrían aportar entre 50 y 100.000 millones de dólares en el curso de los dos o tres siguientes años. Estamos en un país que podría verdaderamente financiar su propia reconstrucción, de forma relativamente rápida”.

Sin embargo, en los últimos cuatro años, Irak, bajo la amenaza de una  huelga de trabajadores del petróleo, parece estar bombeando apenas 1,6 millones de barriles diarios, casi un millón por debajo de los peores días de las restrictivas sanciones al régimen de Sadam Husein. Además, una ley del petróleo, prácticamente preparada en Washington y que busca abrir el petróleo iraquí a las multinacionales del petróleo (léase estadounidenses), y que ha sido considerada por los demócratas y republicanos de Washington como un “hito” del progreso iraquí, parece ahogada en agua o quizá en un charco de petróleo.

Según las “cuentas del petróleo diario” en la zona en Guerra de Oriente Medio que Klare cita para el Pentágono, se podría decir en cierto sentido que la administración de Bush se está “quedando con el depósito vacío” y que la Doctrina Bush, como Klare deja claro, proporciona al término “guerras por el petróleo” un nuevo significado. Quizá algún día lleguemos a tener que luchar nuestras “guerras del petróleo”, simplemente para preservar ese derecho tan estadounidense, de movilizar nuestra maquinaria de guerra con productos derivados del petróleo.

El Pentágono frente al cenit del petróleo

O cómo las guerras del futuro pueden tener que llevarse a cabo simplemente para movilizar la maquinaria bélica que las haga

Por Michael T. Klare.

Sesenta litros de petróleo. Esto es el promedio de lo que un soldado estadounidense en Irak o en Afganistán consume diariamente, sea de forma directa, a través del uso de Humvees, carros de combate, camiones y helicópteros o indirectamente, solicitando ataques aéreos de apoyo. Multiplíquese esta cifra por los 162.000 soldados de Irak, los 24.000 de Afganistán y los 30.000 de las regiones colindantes (incluyendo a los marineros en los buques de guerra estadounidenses que navegan por el golfo Pérsico) y se llega a una cifra aproximada de 13 millones de litros de petróleo: las cuentas del petróleo diario de las operaciones de combate estadounidenses en la zona de guerra del Oriente Medio.

Si se multiplica esta cantidad diaria por 365, se obtienen 4.900 millones de litros, que son los gastos estimados de las operaciones de combate en el sudeste asiático. Esto es una cantidad superior al consumo de petróleo de Bangla Desh, con una población de 150 millones y aún así es una estimación grosera del consumo del Pentágono en tiempos de guerra.

Estas cifras no hacen justicia por completo al extraordinario gasto en combustible en las guerras de Irak y Afganistán. Después de todo, por cada soldado desplazado en el “teatro” (de operaciones) hay dos más en tránsito, en entrenamiento o preparados para un eventual despliegue a la zona de guerra; son soldados que consumen enormes cantidades de petróleo, aunque sean menores que las de sus compatriotas en el exterior. Además, para sostener un ejército “expedicionario”, que se encuentra al otro lado del planeta, el Departamento de Defensa tiene que mover millones de toneladas de armas, municiones, alimentos, combustibles y equipos cada año, en avión o por barco, consumiendo muchos buques cisterna adicionales de petróleo. Añádase esto al final y el presupuesto de guerra del Pentágono relacionado con la guerra se eleva de forma apreciable, aunque no tenemos forma de saber cuánto es realmente.

Y lamento tener que decirlo, las guerras en el exterior, sólo suponen una pequeña porción del total del consumo de petróleo estadounidense. La posesión de la mayor flota del mundo de  aviones modernos, helicópteros, buques, carros de combate, vehículos acorazados y sistemas de soporte- todos ellos movidos prácticamente con petróleo-, convierte de hecho al Departamento de Defensa de los EE. UU. (en sus siglas en inglés y en adelante DoD) en el mayor consumidor de petróleo del mundo. Puede resultar difícil obtener detalles precisos sobre el consumo diario del DoD, pero el informe de abril de 2007 de un contratista de Defensa,  LMI Government Consulting, sugiere que el Pentágono puede estar consumiendo unos 340.000 barriles (unos 14 millones de galones 53 millones de litros) diarios. Esto es más que el consumo nacional total de Suecia o Suiza.

Ya no es “cañones o mantequilla”, sino “cañones o petróleo”
Cualquiera que conduzca un vehículo a motor en la actualidad, sabe que tiene costosas implicaciones. Con el precio de la gasolina a entre 15 y 20 céntimos de euro el litro más que hace seis meses (el artículo da la subida en US$/galón; se hace la conversión para Europa y el sistema decimal; N. del T), es obvio que el Pentágono se enfrenta a un serio revés presupuestario potencial. Al igual que cualquier familia normal en EE. UU. el DoD tiene que tomar decisiones difíciles: puede utilizar sus cantidades usuales de petróleo y pagar más por el gasto equivalente del Pentágono, mientras reduce otros gastos básicos; o bien puede reducir su utilización de combustible para proteger los sistemas de armas favoritos todavía en desarrollo. Desde luego, el DoD tiene una tercer opción: puede ir al Congreso y pedir otra subida presupuestaria adicional, pero es seguro que ello provocará renovadas llamadas para establecer un calendario de retirada de Irak y esto parece poco probable por el momento.

Tampoco parece que esta vaya a ser una situación temporal. Apenas hace dos años, el Departamento de Energía de los EE. UU. (DoE Por sus siglas en inglés y en adelante; N. del T.) predecía con seguridad que el precio del petróleo se estancaría en el rango de los 30 US$/barril durante aproximadamente otro cuarto de siglo, lo que colocaría la gasolina en unos 40 c€/litro. Pero entonces vino el huracán Katrina, la crisis en Irán, la insurgencia en el sur de Nigeria y una serie de otros problemas que pusieron en aprietos al mercado del petróleo y llevaron al DoE a elevar sus estimaciones a largo plazo hasta el nivel de los 50 US$/barril. Esta es la cifra que figura en muchos presupuestos y previsiones gubernamentales actuales, incluyendo, presumiblemente, al DoD. Pero ¿es esto realista? El precio del barril de crudo se encuentra hoy estacionado en el nivel de los 66 US$. Muchos analistas energéticos dicen ahora que un nivel en torno a los 70 u 80 US$/barril (o quizá algo significativamente mayor) es bastante más probable que sea nuestro destino en un futuro previsible.

Una subida de precios de esta magnitud, cuando se traslada al coste de la gasolina, del combustible para aviación, el combustible diesel, el de calefacción y la industria petroquímica, causará estragos en los presupuestos de familias, granjas, negocios y gobiernos locales. Mas pronto o más tarde, forzará a la gente a realizar profundos cambios en sus vidas del día a día, tan suaves como el comprar un híbrido para reemplazar a un 4x4 o tan dolorosas como reducir la calefacción o la sanidad, simplemente para poder seguir  yendo al trabajo en coche. Tendrán también e igualmente un drástico efecto en el presupuesto del Pentágono. Como principal consumidor del mudo de productos petrolíferos, el DoD se verá obvia y desproporcionadamente afectado por una duplicación de los precios del crudo. Si no puede volver al Congreso para maquillarlos, tendrá que reducir su derrochador consumo de petróleo y/o reducir en otros gastos, incluyendo la compra de armas.

El aumento de precios del petróleo está produciendo lo que el contratista del Pentágono LMI denomina “una desconexión fiscal” entre los objetivos militares a largo plazo y las realidades del mercado energético. “La necesidad de recapitalizar equipo obsoleto y dañado (de las guerras de Irak y Afganistán) y de desarrollar sistemas de alta tecnología para llevar a la práctica los futuros conceptos operacionales va en aumento”, explicó en un  informe en abril de 2007. sin embargo, la incapacidad de “controlar los crecientes costos energéticos del combustible y de las infraestructuras de apoyo, desvía recursos que deberían, por otra parte, estar disponibles para procurar nuevas capacidades”.

Y esto parece ser la menor de las preocupaciones del Pentágono. El Departamento de Defensa, después de todo, es la organización militar más rica del mundo y por tanto se supone que puede manejar contabilidades ocultas de uno u otro tipo, para pagar sus facturas de petróleo y financiar sus numerosos proyectos armamentísticos estrella. Sin embargo, esto presupone que habrá suficiente petróleo en los mercados mundiales para hacer frente a las siempre crecientes necesidades del Pentágono y esto ya no es un supuesto válido. Como cualquier otro gran consumidor, el DoD tiene ahora que enfrentar la amenazante –pero difícil de valorar- realidad del "Cenit del Petróleo"; la muy real posibilidad de que la producción mundial de petróleo se encuentre ya sobre o cerca de su producción máxima sostenible (“el cenit”) y que pronto comience un rápido e irreversible declive.

Ya esta fuera de duda que la producción mundial de petróleo alcanzará previsiblemente un máximo y que después entrará en declive; Todas las grandes organizaciones de le energía ya han asumido este punto de vista. Lo que todavía queda por debatir es precisamente cuándo llegará este momento. Algunos expertos lo sitúan confortablemente en el futuro, esto es, en unas dos o tres décadas, mientras otros lo sitúan en esta misma década. Si existe un consenso creciente es a colocar el cenit de la producción de petróleo hacia el 2015. Cualquiera que sea el momento de este suceso clave, es evidente que el mundo se enfrenta a un profundo cambio en la disponibilidad mundial de energía, al cambiar de una situación de relativa abundancia a otra de relativa escasez. Además, debería señalarse que este cambio afectará, sobre todo, a la forma de energía que el Pentágono más demanda: los líquidos del petróleo utilizados para hacer funcionar aviones, buques y vehículos blindados.

La doctrina Bush se enfrenta al cenit del petróleo
El cenit del petróleo no es la única de las amenazas globales a las que el DoD se ha tenido que enfrentar; y al igual que otras agencias gubernamentales de los EE. UU., tiende a evitar el tema, mirándolo sólo de forma superficial. Sin embargo, a medida que empiezan a llegar señales evidentes de un inminente cenit del petróleo se ha visto forzado a incorporarse y tomar nota. Quizá empujado por los disparados precios del combustible, o por la creciente atención que va tomando la "seguridad energética", de los estrategas de las academias, el DoD ha tomado un repentino interés por el problema. Para orientar sus exploraciones sobre este tema, la Office of Force Transformation, dentro de la Oficina del Subsecretario de Políticas de Defensa, encargaron a LMI que llevase a cabo un estudio sobre las implicaciones de la futura escasez energética para la planificación estratégica del Pentágono.

El estudio resultante, “Transforming the Way the DoD Looks at Energy” (Cambiando la forma en que el DoD ve la cuestión energética) fue un bombazo. Al determinar que la estrategia favorita del Pentágono de favorecer el compromiso (la implicación) militar global es incompatible con un mundo con una producción petrolífera decreciente, LMI concluyó que “la planificación actual ofrece una situación en la que el conjunto de las capacidades operacionales de las Fuerzas (Armadas), puede ser insostenible a largo plazo”.

LMI llegó a esta conclusión, después de un cuidadoso análisis de la doctrina militar estadounidense actual. En el núcleo de la estrategia militar nacional, impuesta por la Administración Bush –la doctrina Bush- hay dos pilares principales: la transformación, o la conversión del pesado aparato militar estadounidense propio de la guerra Fría, en una maquinaria ágil, capaz de saltar de continentes con alta tecnología y de guerra futurista; y la preventiva, o arranque de hostilidades contra los “países canallas”, como Irak e Irán, de los que se cree están intentando conseguir armas de destrucción masiva. Lo que implican ambos principios es un aumento sustancial del consumo de productos petrolíferos por parte del Pentágono, sea porque estos planes descansan sobre una creciente intervención del poder aéreo y marítimo o porque implican un ritmo más acelerado de las operaciones militares.

Como LMI ha resumido, llevar a cabo la doctrina Bush significa que “nuestras fuerzas se expandan geográficamente y sean más móviles y expedicionarias, para que se puedan involucrar en más teatros y estén preparadas para los oportunos despliegues en cualquier parte del mundo”; al mismo tiempo, tienen que “cambiar de una postura como fuerza reactiva a una como fuerza preactiva, para impedir que las fuerzas enemigas se organicen para poder llevar a cabo ataques potencialmente destructivos”. Y sigue diciendo que “para llevar a cabo estas actividades, los militares estadounidenses tendrán que ser todavía más intensivos en el uso de la energía…considerando la tendencia del consumo operacional de combustible y las futuras necesidades en cuanto a capacidad, la construcción de esta nueva “fuerza” exigirá, muy probablemente, más energía y combustibles en los lugares de despliegue”.

El aumento de consume de petróleo resultante puede llegar a ser dramático. Durante la Operación Tormenta del Desierto en 1991, el soldado estadounidense medio consumió sólo 15,1 litros diarios; como resultado de la iniciativa de George W. Bush un soldado estadounidense en Irak está consumiendo ahora  cuatro veces más. Si este ritmo de crecimiento sigue a ese ritmo, la siguiente gran guerra podría suponer un consumo de 242 litros ( de combustible) por soldado y día.

Fue la incontestable lógica de esta situación la que llevó a LMI a concluir que hay una grave “desconexión operativa” entre los principios de la Administración Bush respecto de cómo llevar a cabo las guerras del futuro y la situación energética global. La empresa hace notar que la Administración “vinculó la capacidad operativa a las soluciones de alta tecnología que exigen un crecimiento continuado de los recursos energéticos” y lo hizo en el peor momento posible, desde el punto de vista histórico. Después de todo, lo más probable es que la oferta mundial de energía esté próxima a comenzar a disminuir, más que a aumentar. LMI escribe con claridad en abril de 2007 que “puede que no sea posible llevar a cabo conceptos y capacidades operacionales para alcanzar nuestra seguridad estratégica, si no se consideran las implicaciones energéticas”. Y cuando esas implicaciones energéticas se consideran, la estrategia aparece como “insostenible”.

El Pentágono como Servicio Global de Protección del Petróleo
¿Cómo responderán los militares a este inesperado reto? Una posibilidad, que algunos promueven en el DoD, es hacerse “verdes”; esto es, hacer más énfasis en el desarrollo y adquisición acelerada de sistemas de armas que sean eficientes en consumo de combustible, de forma que el Pentágono pueda mantener las obligaciones de la doctrina Bush, pero consumiendo menos petróleo al hacerlo. Esta vía, si fuese factible, conseguiría la atracción obvia del Pentágono para asumir una fachada amiga del medio ambiente, mientras mantiene y desarrolla su estructura de fuerzas intervencionistas.
Pero hay otra alternativa más siniestra que puede llegar a ser más favorecida por los altos oficiales: para asegurarse a sí mismos una fuente “fiable” de petróleo a perpetuidad, el Pentágono aumentaría sus esfuerzos para mantener el control de las fuentes ajenas de recursos, especialmente los campos y refinerías petrolíferas del golfo Pérsico, especialmente en Irak, Kuwait, Qatar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. Esto ayudaría a explicar los últimos planes de EE. UU., para retener "bases duraderas"  en Irak, además de su ya impresionante y elaborada infraestructura de base en todos los demás países (mencionados).

Los militares estadounidenses ya comenzaron a obtener productos petrolíferos de los suministradores del Golfo Pérsico para apoyar sus operaciones de combate en Oriente Medio y durante la Segunda Guerra Mundial y han seguido haciéndolo desde entonces. En 1945, el presidente Roosevelt ya propuso por primera vez, en parte con el objeto de proteger esta vital fuente de petróleo para fines militares, el despliegue de una fuerza militar en la región del golfo Pérsico. Después, la protección de la Golfo Pérsico llegó a ser más importante para el bienestar económico de los EE. UU., como articuló el presidente Jimmy Carter en su discurso de 23 de enero de 1980 ("Doctrina Carter"), así como la decisión del presidente George H. W. Bush de agosto de 1990 de frenar la invasión de Kuwait por Sadam Husein, que condujo a la primera Guerra del Golfo y muchos podrán argumentar, la decisión de Bush hijo de invadir Irak una década más tarde.

De esta manera, el ejército estadounidense se ha transformado en un "Servicio Global de Protección del Petróleo", para beneficio de las grandes corporaciones estadounidenses y de los consumidores, peleando en batallas por todo el mundo y estableciendo bases para asegurar que conseguimos nuestra ración diaria de combustible. Sería triste e irónico a la vez, si los militares tuviesen que librar sus guerras principalmente para garantizar(se) el combustible que mueva a sus aviones, buques y carros de combate, gastando cientos de miles de millones de dólares anuales que podrían ser utilizados en el desarrollo de alternativas al petróleo.

Michael T. Klare, es profesor del  Peace and World Security Studies at Hampshire College, y autor de Blood and Oil: The Dangers and Consequences of America's Growing Dependency on Imported Petroleum (Sangre y Petróleo: los peligros y las consecuencias de unos EE. UU. crecientemente dependientes del petróleo) (Owl Books).

Comentario del editor de Crisis Energética, Pedro Prieto, al artículo de Michael T. Klare:

Si el artículo de Michael T. Klare hubiese prescindido de la última línea, podría haber dicho que era impecable. La última línea sugiere que los cientos de miles de millones de dólares que se gastan en el despliegue militar y armamentístico de EE. UU., para quizá terminar sirviendo sólo a sus propias necesidades, pues puede que terminen comiéndose todo en su función de asegurar el suministro a sus ciudadanos, se deberían haber gastado en buscar alternativas al petróleo. Eso significa que cree o espera que pueda haberlas. Ni es pecado, ni se le puede culpar por ello, ni desde luego hubiese sido peor que convertir todo ese gigantesco esfuerzo económico, energético y militar en agua de borrajas, como está sucediendo en la realidad. Pero es más bien poco probable que esa vía vaya a terminar explorándose.

Es más que probable, seguro, que, por el contrario, los EE. UU. y sus grandes estrategas escondidos en sus “war rooms” lleven al menos dos o tres décadas siendo muy conscientes del problema del agotamiento de los recursos y que sus políticas hayan estado dirigidas estas últimas décadas (Doctrina Roosevelt, como pionero, pero empezando a darse cuenta del desaguisado y la irreversibilidad del proceso con la famosa Doctrina Carter que menciona y finalmente la toma del poder, en condiciones de todos conocidas, sobre todo las del hijo, de los oleinómanos de la familia Bush).

Klare cree que hay dos vías para lo que Eisenhower denominó el “complejo militar-industrial”. La primera cree que consiste en disfrazarse de militares “ecologistas y verdes” y ponerse como locos a diseñar ejércitos que hagan las mismas cosas que ahora (es decir, dominar, oprimir, conquistar y expoliar), pero con máquinas y sistemas armamentísticos mucho más eficientes y de menor consumo.

Desde mi punto de vista, la primera, aunque está muy generalizada en el imaginario de la gente, es inviable y responde a la generalizada creencia que aplicando más tecnología, se pueden hacer máquinas que consuman menos, que sean mucho más eficientes o encontrar sustitutivos adecuados en calidad y volumen, como para olvidarse del asunto. Es una alternativa tan poco creíble, que el propio Klare la desmiente con rotundidad en su propio artículo y cuyos datos deberían servir de ejemplo para todos los tecnólatras que siguen creyendo que mayores aplicaciones tecnológicas llevan a menores consumos. En apenas 15 años, el consumo por soldado estadounidense pasó de 15 litros por día a 64 litros diarios. Y él mismo estima que si se siguen intensificando las aplicaciones tecnológicas, en otros 15 años, en buena lógica, debería estar gastando 242 litros diarios, que desde luego no estarán disponibles en le planeta, si no es porque el ejército de los EE.UU. consigue quedarse no solo como el más grande consumidor de energía del mundo, sino sobre todo, como el único. ¿Cómo pues, puede ser la intensificación del uso de las tecnologías, que precisamente nos ha llevado hasta este precipicio de locura, la que nos vaya a salvar de nada relacionado con la energía?

En este “progreso”, que deberíamos denominar mejor carrera hacia la locura, conviene citar a Richard O’Connor, que en su libro “Los barones del petróleo” (editorial Euros) cuenta que
“hacia mediados de la guerra los EE. UU. habían incrementado la producción de petróleo a 4 millones de barriles por día. Y se necesitaban. Una división de la Primera Guerra Mundial tenía energía mecánica por un total de 4.000 HP (CV), principalmente en camiones de abastecimiento; una división motorizada de la Segunda guerra Mundial desarrollaba 187.000 HP (CV)” (Pag. 281)."

Como vemos, los estrategas militares del Pentágono no han variado mucho su esquema de pensamiento desde entonces. Viven de diseñar guerras y estrategias, pero luego cogen el coche y vuelven a casa, como un ciudadano más, y como ciudadano consumista, siguen creyendo en el modelo de crecimiento infinito, en una sociedad de energía abundante y barata y disponible ilimitadamente. Y diseñan conforme a ese parámetro. El ejemplo de la entidad más tecnológicamente desarrollada del planeta y su estrecha vinculación con el aumento del consumo debería servir de lección a los tecnólatras que siguen creyendo en que la tecnología servirá para paliar los agotamientos de recursos finitos y fósiles, cuando está ante los ojos de todo el mundo que sólo sirven para acelerarlos.

Pero la otra vía, que Klare considera existe como alternativa, pero ve más siniestra, es la de que el ejército de los EE. UU. se dedique a invadir de forma permanente los países con más reservas de petróleo y seguir con la explotación hasta el final. Creo que Klare peca de inocencia, por pensar bien de él. Está claro que esa no es una alternativa: es el camino trazado desde hace más de una década y puesto en práctica por el ejército de los EE. UU. No es que sea un planteamiento; es que es una realidad, una triste realidad. Hoy, los EE. UU. tiene copado militarmente el golfo Pérsico en exclusiva. Están en Arabia Saudita, en Kuwait, en Irak y en los EAU. Y miran con ojos golositos a Irán. Pero es que además, su política militar y estratégica ha pasado en las últimas décadas por solapar cada vez con más descaro la geografía del terror, como ya apuntábamos en estas páginas desde el inicio mismo de Crisis Energética, con la geografía del petróleo. Así, Nigeria, Angola, Guinea Ecuatorial, Venezuela, Colombia, Indonesia, Argelia o Libia, se encuentran también bajo el ojo escrutador y ambicioso de los ejércitos imperiales y cualquier paso que den estos países que suponga el más mínimo riesgo de suministro para ellos, se considera afrenta y agresión (Doctrina Carter, claro) a sus “intereses nacionales”. Así de sencillo, de patético y de peligroso. Así pues, no es que ésta sea simplemente una posible “siniestra” alternativa, es que es una triste realidad.

Y para terminar, solo un concepto: el gasto energético del esfuerzo militar de los EE. UU. en relación con la “seguridad” de su suministro energético, que tan bien ha desarrollado Klare, no solo está en los consumos directos e indirectos por él mencionados; a ellos hay que sumarles la energía que cuesta la producción y la renovación del parque de material militar empleado en las guerras y en los despliegues a que dan lugar. Si tuviésemos en cuenta estos parámetros, no por todavía mucho más ocultos que los que ha desvelado Klare, menos reales y existentes, podríamos encontrarnos con la sorpresa de que no sólo no están obteniendo energía neta de la guerra de Irak, sino que puede que se estén desangrando energéticamente, aunque sea de forma lenta e imperceptible. Esto son los rendimientos energéticos decrecientes, enunciados por Joseph Tainter y otros, a los que los funcionarios estadounidenses que trabajan ocultos en los “war room” del Pentágono no han debido hacer caso. Allá ellos.

Última Edición: jueves, 01 enero 1970 @ 01:00 CET| Hits: 8.975 Ver la versión para imprimir