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La persistente tiranía del petróleo

  • martes, 06 septiembre 2022 @ 13:06 CEST
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Artículos Michael T. Klare

"Lejos de haber alcanzado el muy pronosticado peak oil, para los próximos años se estima que se extraerán cantidades récord de combustibles fósiles, cuyo carbono terminará pronto en la atmósfera, con consecuencias críticas. La guerra en Europa y el lobby petrolero han empeorado la situación, que hoy se manifiesta, además, en una brutal espiral inflacionaria. En la estrategia de las potencias y en las cuentas del almacén, el petróleo ocupa un rol cada vez mayor".

Puede parecer difícil de creer, pero, hace solo 15 años, se hablaba mucho del peak oil o «pico del petróleo», ese momento de máxima producción mundial petrolera después del cual, con la disminución de las reservas mundiales, el uso del oro negro comenzaría una disminución irreversible. Luego vino la fracturación hidráulica, o fracking, y la noción misma de peak oil prácticamente desapareció. En su lugar, algunos analistas comenzaron a hablar de la «demanda máxima de petróleo», un momento –no muy lejano, se decía– en el que la propiedad de vehículos eléctricos estaría tan extendida que la necesidad de petróleo casi se extinguiría, incluso si todavía hubiera abundante crudo para extraer. Sin embargo, de acuerdo a la Administración de Información Energética (AIE) de Estados Unidos, en 2020 los vehículos eléctricos representaron menos del 1 por ciento de la flota mundial de vehículos livianos y se espera que solo alcancen el 20 por ciento del total para 2040. Así que la demanda máxima de petróleo sigue siendo un espejismo distante, lo que nos deja profundamente atados a la tiranía del petróleo, con todas sus peligrosas consecuencias.

Para tener algo de perspectiva, vale recordar que, en aquellos días de principios de siglo previos al fracking, muchos expertos estaban convencidos de que la producción mundial de petróleo alcanzaría un pico diario de quizás 90 millones de barriles para 2010, y caería luego a 70 u 80 millones de barriles diarios a fines de esa década. En otras palabras, no íbamos a tener más opción que comenzar una rápida transición de nuestros sistemas de transporte a lo eléctrico. Eso iba a causar mucha disrupción al principio, pero a esta altura de la década de 2020 estaríamos ya bien encaminados hacia un futuro de energía verde, con muchas menos emisiones de carbono y un ritmo más lento de calentamiento global.

Ahora, comparemos esos escenarios optimistas con los últimos datos de la AIE. En este momento, la producción mundial de petróleo ronda los 100 millones de barriles diarios, y se prevé que alcance 109 millones de barriles para 2030, 117 millones para 2040 y la asombrosa cifra de 126 millones para 2050. Poco queda, entonces, de aquella cháchara sobre el ineludible peak oil y la rápida transición a la energía verde.

Por qué se espera que el consumo mundial de petróleo alcance tales récords es complejo de responder. Pero, sin duda, el principal de los factores clave ha sido la introducción de la tecnología del fracking, que permite la explotación de gigantescas reservas de esquisto que antes se consideraban inaccesibles. Por el lado de la demanda, había (y sigue habiendo) una preferencia a nivel mundial –encabezada por los consumidores estadounidenses– por vehículos que consumen mucha gasolina, como los todoterrenos ligeros (SUV) y las 4×4. En los países en desarrollo, esto va acompañado de un mercado en constante expansión de camiones y autobuses a diésel. Luego está el crecimiento mundial de los viajes aéreos, que aumenta considerablemente la demanda de combustible para aviones. Agreguemos a eso los incansables esfuerzos de la propia industria petrolera para negar el consenso científico en torno al cambio climático y obstruir los esfuerzos globales para frenar el consumo de combustibles fósiles.

La pregunta que enfrentamos ahora es la siguiente: ¿Cuáles son las consecuencias de una ecuación tan preocupante para nuestro futuro, comenzando por el impacto ecológico?

MÁS USO DEL PETRÓLEO = MÁS EMISIONES DE CARBONO = AUMENTO DE LAS TEMPERATURAS

Es sabido que las emisiones de dióxido de carbono (CO2) son la principal fuente de gases de efecto invernadero (GEI), responsables del calentamiento global, y que la combustión de combustibles fósiles es responsable de la mayor parte de esas emisiones de CO2. Los científicos también nos han advertido que, sin una disminución brusca e inmediata de dicha combustión –una disminución destinada a evitar que el calentamiento global supere los 1,5 grados centígrados en relación con la era preindustrial–, se producirán consecuencias catastróficas. Solo en Estados Unidos, estas incluirán la desertificación completa de la región oeste del país (que, según un estudio publicado este año en Nature, hoy experimenta su peor sequía en 1.200 años) y la inundación de las principales ciudades costeras, incluidas Nueva York, Boston, Miami y Los Ángeles.

Ahora consideremos esto: de acuerdo a la AIE, en 2020 el petróleo fue la mayor fuente de energía del mercado mundial –cubriendo aproximadamente el 30 por ciento de la demanda de energía–, y se proyecta que, en nuestro curso actual, seguirá siendo la fuente de energía número uno del mundo, posiblemente hasta 2050. Debido a que es un combustible con un alto contenido de carbono (aunque menos que el carbón), el petróleo fue responsable del 34 por ciento de las emisiones globales de carbono en 2020, y se prevé que esa proporción aumente al 37 por ciento para 2040. A esa altura, la combustión de petróleo será responsable de la liberación de 14,7 millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero, lo que asegurará temperaturas mundiales promedio cada vez más altas.

Con el aumento de las emisiones de CO2 por el uso de petróleo, hay cero posibilidad de mantenerse dentro del límite de 1,5 grados centígrados o de prevenir el calentamiento catastrófico de este planeta, con todo lo que este presagia. Las impresionantes olas de calor experimentadas en lo que va del año de China a la India, de Europa al Cuerno de África y de Estados Unidos a Brasil son apenas un leve anticipo de nuestro futuro.

EL PETRÓLEO Y LA GUERRA EN UCRANIA

Las olas de calor tampoco son la única consecuencia peligrosa de nuestra creciente dependencia petrolera. Debido a su papel vital en el transporte, la industria y la agricultura, el petróleo siempre ha tenido una importancia geopolítica inmensa. Ha habido, de hecho, decenas de guerras y conflictos armados por su propiedad y por los colosales ingresos que genera. Las raíces de todos y cada uno de los conflictos recientes en Oriente Medio, por ejemplo, se remontan de una forma u otra a tales disputas. A pesar de la cuantiosa especulación acerca de cómo los escenarios de demanda máxima de petróleo teóricamente podrían terminar con todo eso, el petróleo sigue dando forma a los asuntos políticos y militares mundiales.

Para apreciar su persistente influencia, consideremos apenas las múltiples conexiones entre el petróleo y la guerra en curso en Ucrania.

Para empezar, es poco probable que Vladimir Putin hubiera estado alguna vez en condiciones de ordenar la invasión de un país grande y bien armado si Rusia no fuera uno de los principales productores de petróleo del planeta. Tras la implosión de la Unión Soviética en 1991, lo que quedaba del Ejército Rojo estaba en ruinas, apenas capaz de aplastar una insurgencia étnica en Chechenia. Sin embargo, después de convertirse en presidente de Rusia en 2000, Putin impuso el control estatal sobre gran parte de la industria del petróleo y el gas rusos, y usó las ganancias de sus exportaciones para financiar la rehabilitación y la modernización de ese ejército. Según la AIE, los ingresos de la producción de petróleo y gas natural proporcionaron, en promedio, el 43 por ciento de los ingresos anuales totales del Estado ruso entre 2011 y 2020. En otras palabras, los combustibles fósiles permitieron a las fuerzas de Putin acumular grandes reservas de armas, tanques y misiles.

No menos importante: después de que su ejército fracasara en tomar Kiev, sin duda Putin habría carecido de la capacidad de continuar la lucha si no fuera por el dinero que recibe todos los días de las ventas de petróleo en el extranjero. Aunque las exportaciones rusas de petróleo han disminuido un poco debido a las sanciones occidentales impuestas tras el comienzo de la guerra, Moscú ha podido encontrar clientes en Asia, en especial China e India, dispuestos a comprar el exceso de crudo que una vez fuera destinado a Europa. Incluso si Rusia está vendiendo ese petróleo a precios reducidos, el precio sin descuento ha aumentado de modo tan drástico desde que comenzó la guerra –con el crudo Brent, el estándar de la industria, subiendo de 80 dólares el barril a principios de febrero a 128 dólares el barril en marzo– que Rusia está haciendo más dinero ahora que cuando comenzó su invasión. De hecho, los economistas del Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio de Helsinki han determinado que, durante los primeros 100 días de la guerra, Rusia ganó aproximadamente 60.000 millones de dólares con sus exportaciones de petróleo, más que suficiente para pagar sus operaciones militares en Ucrania.

Para castigar aún más a Moscú, los 27 miembros de la Unión Europea (UE) han acordado prohibir para fines de 2022 todo el petróleo ruso entregado en petroleros y cesar para fines de 2023 sus importaciones por oleoductos (una concesión al líder húngaro Viktor Orbán, que obtiene la mayor parte de su crudo a través de un oleoducto ruso). Esto, a su vez, eliminaría los 23.000 millones de dólares mensuales que los países de la UE han estado gastando en esas importaciones, pero podría, en el proceso, impulsar los precios globales todavía más alto, una evidente ayuda a Moscú. A menos que China, India y otros compradores no occidentales puedan ser persuadidos (o de alguna manera obligados) de detener sus importaciones de Rusia, el petróleo seguirá financiando la guerra contra Ucrania.

PETRÓLEO, UCRANIA Y EL TSUNAMI INFLACIONARIO MUNDIAL

Las conexiones entre el petróleo y la guerra en Ucrania no terminan ahí. De hecho, los dos elementos se han combinado para producir una crisis global como ninguna en la historia reciente. Debido a que la humanidad se ha vuelto tan dependiente de los productos derivados del petróleo, cualquier aumento significativo en el precio del barril repercute en la economía mundial y afecta casi todos los aspectos de la industria y el comercio. Naturalmente, el transporte recibe el mayor golpe, con un encarecimiento de todas sus formas, desde los desplazamientos diarios hasta los viajes en avión. Y, debido a que dependemos tanto de las máquinas que funcionan con petróleo para cultivar nuestra comida, cualquier aumento en el precio del petróleo también se traduce de manera automática en un aumento en el costo de los alimentos, un fenómeno devastador que está ocurriendo en todo el mundo, con consecuencias nefastas para la gente pobre y trabajadora.

Los precios lo dicen todo: de 2015 a 2021, el crudo Brent promedió entre 50 y 60 dólares por barril, lo que ayudó a estimular las compras de automóviles y mantuvo bajas las tasas de inflación. Los precios comenzaron a subir hace un año, impulsados ​​por las crecientes tensiones geopolíticas, incluidas las sanciones a Irán y Venezuela, así como los disturbios internos en Libia y Nigeria, todos importantes productores petroleros. De todos modos, al cierre de 2021 el precio del crudo solo llegó a los 75 dólares por barril. Pero, una vez que estalló la crisis de Ucrania a principios de este año, el precio se disparó con rapidez, alcanzó los 100 dólares por barril el 14 de febrero y finalmente se estabilizó (si es que esa palabra puede usarse en estas circunstancias) en la tasa actual, de aproximadamente 115 dólares. Este enorme aumento de precios, una duplicación del promedio de 2015 a 2021, ha aumentado de modo sustancial los costos de viaje, comida y envíos, lo que empeora la situación creada por los problemas en la cadena de suministro provocados por la pandemia de covid-19 y alimenta un tsunami de inflación.

Una marea inflacionaria de este tipo solo puede causar angustia y dificultades, en particular a las poblaciones menos privilegiadas del mundo, lo que lleva a un malestar generalizado y a protestas cada vez mayores. Para muchos, tales dificultades solo se han visto empeoradas por el bloqueo ruso a las exportaciones de granos de Ucrania, que contribuyó significativamente al aumento del precio de la comida y a la expansión de la hambruna en partes del mundo que ya venían con grandes problemas. En Sri Lanka, por ejemplo, la ira por los altos precios de los alimentos y el combustible, combinada con el rechazo a la inepta elite gobernante del país, provocó semanas de protestas masivas que culminaron con la huida y renuncia del presidente. Las airadas protestas contra los altos precios de los combustibles y los alimentos también se han extendido por otros países. La capital de Ecuador quedó paralizada durante una semana a fines de junio por un levantamiento de este tipo y la represión que le siguió, lo que dejó al menos cinco muertos y más de 400 heridos.

En Estados Unidos, la angustia por el aumento de los precios de los alimentos y los combustibles se considera una enorme desventaja para el presidente Joe Biden y los demócratas a medida que se acercan las legislativas de noviembre. Los republicanos claramente intentan explotar en sus campañas la ira popular por la inflación. En respuesta, Biden, que cuando se postuló había prometido hacer del combate al cambio climático una prioridad de la Casa Blanca, se ha pasado recorriendo el planeta en busca de fuentes adicionales de petróleo, en un intento desesperado por reducir los precios en las estaciones de servicio. En su país, liberó 180 millones de barriles de petróleo de la reserva estratégica nacional de petróleo, un vasto depósito subterráneo creado después de los «shocks petroleros» de la década del 70 para amortiguar épocas como esta, y eliminó las normas ambientales que prohibían el uso estival de una mezcla a base de etanol conocida como E15, que contribuye al esmog durante los meses más cálidos. En el extranjero, ha buscado renovar los contactos con el régimen otrora paria de Nicolás Maduro en Venezuela, que alguna vez fuera una importante exportadora de petróleo a Estados Unidos. En marzo, dos altos funcionarios de la Casa Blanca se reunieron con Maduro en lo que se consideró un intento de restaurar esas exportaciones.

En la expresión más controvertida de este impulso, en julio Biden viajó a Arabia Saudita, el principal exportador de petróleo del mundo, para reunirse con su líder de facto, el príncipe heredero Mohamed bin Salman. Conocido como MBS, el príncipe heredero ha sido visto por muchos, incluido por los analistas de la CIA (y por el propio Biden), como la persona responsable del asesinato, en octubre de 2018, de Jamal Khashoggi, un disidente saudí residente en Estados Unidos y columnista del Washington Post.

Biden insistió en que sus principales motivos para reunirse con MBS eran reforzar las defensas regionales contra Irán y contrarrestar la influencia rusa y china en Oriente Medio. «Este viaje se trata de posicionar una vez más a Estados Unidos en esta región de cara al futuro», dijo a los periodistas en la ciudad saudí de Jeddah el 15 de julio. «No vamos a dejar un vacío en Oriente Medio para que lo llenen Rusia o China», agregó.

Pero la mayoría de los analistas independientes sugieren que su objetivo principal era asegurar una promesa de los saudíes de aumentar de forma sustancial la producción diaria de petróleo, una medida a la que solo accedieron después de que Biden aceptó reunirse con MBS y poner fin así a su condición de paria en Washington. Según informes de prensa, los saudíes efectivamente acordaron aumentar su tasa de producción, pero también prometieron retrasar el anuncio de ese aumento por varias semanas, para evitar avergonzar al presidente de Estados Unidos.

EL FIN DE LA TIRANÍA DEL PETRÓLEO

Es revelador que the climate president estuviera tan dispuesto a reunirse con el líder saudí para obtener el beneficio político a corto plazo de unos precios de la gasolina más bajos antes de las elecciones. En verdad, el petróleo todavía juega un papel de enorme importancia en los cálculos de la Casa Blanca. Aunque Estados Unidos ya no depende de importaciones de petróleo de Oriente Medio para una gran parte de sus propias necesidades energéticas, muchos de sus aliados, así como China, sí lo hacen. En otras palabras, desde una perspectiva geopolítica, el control de Oriente Medio sigue siendo tan importante como en 1990, cuando George H. W. Bush lanzó la operación Tormenta del Desierto, o, como en 2003, cuando su hijo, el presidente George W. Bush, invadió Irak.

De hecho, las propias proyecciones del gobierno estadounidense sugieren que, en todo caso, para 2050 (sí, ¡otra vez ese año lejano!) los miembros de Oriente Medio de la Organización de Países Exportadores de Petróleo podrían controlar una mayor porción de la producción mundial de petróleo que en la actualidad. Esto ayuda a explicar los comentarios de Biden sobre no dejar un vacío en Oriente Medio. La misma línea de razonamiento seguramente dará forma a la política de Estados Unidos hacia otras áreas productoras de petróleo, incluidas África occidental, América Latina y las regiones costeras de Asia.

No se necesita mucha imaginación para sugerir, entonces, que es probable que el petróleo desempeñe un papel crucial en la política interna y externa de Estados Unidos en los años venideros, a pesar de las esperanzas de muchos de nosotros de que la disminución de la demanda de petróleo fomentara una transición energética verde. Sin duda, Biden tenía toda la intención de ir en esa dirección cuando asumió el cargo, pero está claro que ha sido dominado por la tiranía del petróleo. Peor aún, quienes cumplen las órdenes de la industria de los combustibles fósiles, incluidos prácticamente todos los republicanos del Congreso, están decididos a perpetuar esa tiranía a cualquier costo para el planeta y sus habitantes.

Superar tal falange global de defensores de la industria petrolera requerirá mucha más fuerza política de la que el campo ambiental ha sido capaz de reunir hasta ahora. Para salvar al planeta de un muy literal infierno en la Tierra y proteger las vidas de miles de millones de sus habitantes, se debe resistir la tiranía del petróleo con la misma ferocidad que sus defensores usan para protegerla. Es necesario trabajar incansablemente, como ellos, para elegir políticos afines y avanzar en la agenda legislativa. Solo por medio de la lucha para reducir hoy las emisiones de carbono podemos estar seguros de que las generaciones más jóvenes vivirán en un planeta habitable.

Publicado, originalmente, en el semanario "Brecha".