Bienvenido(a) a Crisis Energética domingo, 15 diciembre 2019 @ 22:39 CET

Fukushima; segundo aniversario entre el caos y las mentiras.

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Artículos A dos años de que se iniciara el percance nuclear en Fukushima Japón, la situación en la central nuclear continúa siendo extremadamente delicada, caótica y representa un desastre planetario en potencia.

Las poblaciones afectadas por las emisiones de radiación siguen sin recibir un tratamiento adecuado y las indemnizaciones ofrecidas por el gobierno japonés no compensan los traumas sufridos por la perdida de sus bienes y de sus fuentes de empleo. Alrededor de 100 000 habitantes fueron relocalizados dentro del mismo departamento de Fukushima y alrededor de 60 000 habitantes migraron a regiones más alejadas de Japón, pero el estigma de los “Hibakusha” (sobrevivientes de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki) hace que exista una “radio-discriminación” hacia las personas contaminadas de la región de Fukushima. Los habitantes que permanecieron en sus poblados a pesar del riesgo, viven bajo un alto nivel de estrés ante la posibilidad de contaminarse y de que sus productos sean rechazados y destruidos por los controles radiológicos.

Según reportes de las organizaciones que monitorean la situación y del gobierno japonés, las emisiones de radiación tóxica al medioambiente y los derrames de agua súper radioactiva aún persisten. Informes del Ministerio de la Agricultura, la Pesca y del Medio Ambiente de Japón, indican que los niveles de contaminación no han disminuido desde que se inició el accidente. TEPCO informó que peces capturados en enero de este año cerca de la central, presentaron contaminación de hasta 254 000 becquereles por kilo, cuando el límite máximo para consumo es de 100 becquereles por kilo. Estas pruebas, hacen suponer a los científicos, que aún existe una importante filtración de radiación hacia el mar que no puede ser controlada o peor aún, que Tepco continúa derramando discretamente agua radioactiva.

El pasado mes noviembre de 2012 el diario “The Japan Times” reportó que se encontraron elevadas concentraciones de contaminación por Cesio 137, en el lodo del lago Kasumigaura, ubicado a tan solo 60 kilómetros de Tokio. Las muestras arrojaron 5 200 becquereles por kilo de lodo, cuando los límites aceptables son de 100 becquereles por kilo. El Cesio 137 es un isótopo radioactivo producido por la fusión de las barras de uranio de los reactores en Fukushima. El Cesio es soluble en agua y sumamente tóxico en cantidades ínfimas. Una vez liberado al medio ambiente, está presente durante alrededor de 30 años. Puede causar cáncer 10, 20 o 30 años a partir del momento de la ingestión, inhalación o absorción.

Las corrientes de los océanos y los vientos arrastran los elementos radioactivos que son liberados cotidianamente en Fukushima dado que Tepco no ha logrado el confinamiento de las instalaciones de la central. Muestras de agua de mar que fueron recolectadas por el “Woods Hole Oceanographic Institution” (WHOI) a unos 300 kilómetros de las costas de Japón, arrojaron hasta 3 900 becquereles por metro cúbico; un nivel extremadamente elevado dado que el agua de mar contiene de forma natural solo alrededor de 4 becquereles por metro cúbico. Según el (WHOI), las partículas de cesio 137, transportadas por las corrientes marinas dentro del plancton y de pequeños crustáceos, pronto servirán de alimento a la fauna marina de las costas de Alaska, los Estados Unidos y México, poniendo en riesgo la actividad pesquera en esos litorales.

El saldo de lo ocurrido en la central nuclear de Fukushima es enorme: siete explosiones por acumulación de hidrógeno, fusión de los núcleos de tres reactores, escape masivo al medio ambiente de elementos radioactivos, perdida de hermeticidad en tres reactores, destrucción de los sistemas de enfriamiento y daños graves en las piscinas de almacenamiento de combustible nuclear usado. Tanto este accidente, como el que ocurrió en Chernobil en 1986, han sido catalogados de nivel 7, el más alto en la escala INES (International Nuclear Event Scale), utilizada para medir los daños ocasionados por esta industria. Fukushima apenas lleva dos años, pero las repercusiones del accidente en la planta de Chernobil Ucrania aún persisten; en ese lugar se continúan realizando labores de contención. La comunidad europea financió recientemente parte de los 2 000 millones de dólares, necesarios en la construcción de un tercer sarcófago metálico para tratar de remediar definitivamente las emisiones de radiación, y eso que ya han pasado 27 años de aquel fatídico acontecimiento.

Después de examinar detalladamente lo ocurrido en Fukushima, lo más perturbador en el asunto, es reconocer que el origen del desastre, fue la simple ausencia de enfriamiento. Es decir, que no fue el gran sismo lo que destruyó directamente los edificios, ni tampoco fue el colosal tsunami lo que devastó los reactores. El desastre resulto de la combinación de factores externos que dejaron sin sistema de enfriamiento a la central. Con el desastre japonés, ahora sabemos que cualquier reactor nuclear de los 436 que existen en el mundo, puede explotar por si solo… si se deja de enfriar.

Como en Fukushima, la falta de enfriamiento también fue factor determinante en el incidente de la central nuclear de Bugey en Francia, en 1984. El reactor número 5, estuvo a punto de explotar debido al mismo problema: la pérdida de electricidad externa y fallo momentáneo de los generadores de emergencia, y eso que a diferencia de Fukushima, en Bugey no hubo ni sismo, ni Tsunami. Un reporte del Instituto de Protección y de la seguridad Nuclear, revelaría tiempo después, que Francia pasó a pocos milímetros de un holocausto nuclear tipo Chernobil.

Así mismo, desperfectos en el sistema de enfriamiento fueron los que provocaron el accidente en la planta de Three Mille Island.

Pero el 11 de marzo de 2011 las cosas fueron peores: un sismo colapsó la red de distribución eléctrica de Japón, dejando sin energía externa la central de Fukushima, lo que provocó la parada de los reactores y la activación de los sistemas de emergencia, lo que permitió controlar la situación, pero no por mucho tiempo. 40 Minutos después, un Tsunami de 14 metros, inundó los motores y las bombas de emergencia que sirven para enfriar los reactores en caso de corte eléctrico. En un instante todo se detuvo, ni una gota de agua podía circular para enfriar las barras de uranio; el calor residual de los núcleos de los reactores no podía ser evacuado; el terror y el pánico se apodero rápidamente de todo el personal. Los operadores sabían pertinentemente, que sin los circuitos de enfriamiento era mejor huir. Hasta ese momento, los edificios de la central estaban intactos, a pesar del sismo y del tsunami.


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