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Los TEDAX sociales

  • lunes, 04 julio 2011 @ 08:38 CEST
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Cuando dos elefantes se pelean quien sufre es la hierba.
Proverbio africano.

O con el mismo significado en feliz aportación cervantina: “Entre dos piedras molares… nunca metas los pulgares”. Si hacemos un análisis someramente crítico de la Historia, colegiremos sin duda que los pueblos nunca han derribado gobiernos impuestos. Todo lo más, revueltas de hambre finiquitadas cuando los poderes fácticos han restablecido su equilibrio. Lo que pasa es que confundimos estas luchas entre peones con guerras civiles, revoluciones, etc.

Porque cuando se organiza un grupo de presión, cohesionado y organizado al margen de los pastores mediáticos se hacen necesarios los TEDAX sociales, esos individuos preparados para desactivar los movimientos espontáneos que pretendan alterar el orden natural y la cadena trófica desde cuya cúspide nos observan.

No es imposible que sea innata la necesidad de formar parte de un grupo que tan buenos resultados, evolutivamente hablando, nos ha dado a los humanos, y además tiene dos direcciones. Por un lado la identificación endogrupal (los míos) y por otro la diferenciación exogrupal (los otros). La pertenencia a un grupo aflora sesgos cognitivos que potencian los rasgos positivos para los nuestros y, por supuesto, negativos para los otros. Además pertenecemos a varios grupos (trabajo, amigos, estudios, etc) siendo la identificación grupal casi instantánea, como pone de manifiesto este experimento de Tajfel:

Este psicólogo inglés juntó a un grupo de jóvenes y los separó en base a sus gustos hacia las obras de dos pintores abstractos: Klee y Kandinsky. Esos jóvenes ni siquiera conocían a los artistas. Después, por separado, se les fue contando que pertenecían al grupo de Klee o al de Kandinsky, pero sin indicar quién más estaba en ese grupo ni ninguna característica que les definiera, sólo el nombre del grupo. No se dijo por tanto nada que pudiera fortalecer alianzas ni crear prejuicios. Luego se les entregó una cantidad de dinero para repartir entre los participantes en el experimento y se les preguntó cuál sería el reparto que ellos harían: la misma cantidad a todos, mismo reparto entre ambos grupos, más cantidad al grupo que tuviera más miembros, … ¿Y cómo creéis que se comportaron? Pues premiando a los miembros de su grupo y castigando al grupo contrario.

Pero es asombrosamente sencillo destruir esta cohesión creando una división artificial dentro del grupo atribuyéndole, más tarde, la autoría de la misma. Si dentro de la protesta, quien la organiza es de los otros (que ya sabemos pletóricos de defectos y mezquindades) nos vemos impelidos a abandonar esa corriente de rebeldía. Por ejemplo: los antinucleares son todos progres, (como queda de manifiesto en este foro donde no aparecen con puntualidad de tren británico los improperios de rigor junto a los nombres propios de Fidel Castro o Chávez e, incluso, uno de los editores se permite flirteos nostálgicos con la Albania comunista dejando patente su desprecio por la libertad). Es bien sabido, incluso por los estudiantes de letras y acaso por los analfabetos, que un becquerelio es tan radiactivo para un liberal de ensortijados cabellos con una argamasa de gomina como para un ácrata de piercing en la oreja y riñonera boomerang, pero como uno va a misa de doce y tiene un móvil táctil ya no se manifiesta.

Si trastrocamos las labiales, palatales o guturales del sustantivo a abominar podemos convertir progres (término ya de por sí escarnecido) en pobres. Y si algo es de pobres, estimado lector, en España no tiene cobijo más que como entretenimiento de ricos a la puerta de la iglesia entre visones, uñas de porcelana, huchas precintadas y pegatinas del Domund.

Todo eso lo sabemos.

Así se corta el cable rojo del artefacto explosivo. Por eso tenemos a los palafreneros de Interlobotomía, cual martinetes de vapor, que si el 15 M es de izquierdas, que si el DRY es de rojos, que si los antinucleares son perroflauters. De este modo una vez atribuido un signo al exogrupo, el resto afuera y a criticar. Es conveniente en este punto traer a colación la idea poco extendida (pero axiomática a tal punto que resiste los embates dialécticos como si una ley termodinámica fuese) de que cualquier protesta social es, por definición, de izquierdas. Porque la gente no se va a manifestar para que ayuden a los bancos… al menos a corto plazo.

Ahora para cortar el cable azul sólo necesitamos colar en la protesta infiltrados que provoquen enfrentamientos violentos para ser publicitados al día siguiente por el coro de palmeros que nos mantienen informados. Ya tenemos el movimiento deslegitimado, a mucha gente temerosa de ser golpeada y disgustados con el cariz violento. Así fue la secuencia contra la guerra de Iraq: 1º) Casi un 90% de gente en contra. 2º) Se le atribuye a la izquierda y bajonazo en la segunda manifestación. 3º) Se reparte estopa y en un mes desactivada.

Un palmario ejemplo de ingeniería social de la que muchos se ríen con la complacencia de los poderosos. Ya sabéis, individualismo siempre y, si os queréis juntar, en los rediles al efecto.

Pero además de desactivar la protesta se puede manipular su semilla mutilando a la población con el adoctrinamiento masivo o con la introducción en el movimiento de abejorros estériles para que no se produzcan protestas en direcciones no convenientes. Un modo de acabar con algunas plagas de insectos es introduciendo machos estériles que impidan que los fértiles puedan llegar a inseminar a las hembras. Dos de estos abejorros estériles son, por ejemplo, los sindicatos felacentollos que teatralizan negociaciones y comen del gobierno actuando como dique de las protestas. Otros abejorros bien gordos y lustrosos son la subvención desmedida y despilfarradora que crea un clientelismo desaforado y una defensa numantina del abrevadero. Pensad en el cine, los asesores, oenegés, fundaciones…

Igual que se puede desactivar una protesta, se puede activarla y hacer que derive en un conflicto armado (con Bildu podemos hacer lo que queramos, desde mantenerlo como foco de tensión para distraer al personal a usarlo como pretexto para militarizar el país vasco). De hecho, esa es la base de la guerra moderna que explota las diferencias entre los distintos grupos para desestabilizar al enemigo.

Las revoluciones de colores tienen ese mecanismo. Así es su esquema básico:

  1. Se inician protestas.
  2. Se asesina a algunos manifestantes. (ver Rare Solidarity Campaign for Iran": ¿Tantos manifestantes y matan a la chica más atractiva? Claro, está estudiado, es más fácil identificarse con la gente guapa que con la fea).
  3. Se acusa de los asesinatos al grupo oponente (los sesgos grupales lo hacen creíble con fe de carbonero).
  4. Se saca de quicio la protesta para que la situación se salga de madre (si es necesario matando también a gente que apoye al grupo rival y acusando al grupo contrario).

Utilizamos a los diferentes grupos existentes dentro del enemigo para desestabilizarles. Poca gente sobre el terreno puede bastar para desestabilizar un país. Sencillo, económico y sin apenas riesgos para el atacante.

Nos va a costar admitirlo porque nos tienen alienados con lo de las clases medias pero únicamente hay dos grupos: la elite y la masa. Y todos nosotros, aunque nos fastidie, somos masa. Y ¿por que nos fastidia ser masa? precisamente por nuestros propios sesgos grupales. No queremos ser masa porque la masa nos parece estúpida y aborregada. Es duro admitir que somos marionetas. De ello se aprovechan.

El primer paso para no ser manipulado es reconocer que puedes serlo y comprender los resortes de ese mecanismo. Del mismo modo que para aprender primero tienes que reconocer que no lo sabes todo. Si menosprecias estos procedimientos no tomarás medidas y entrarás de lleno en la dinámica que han preparado para ti.

Por ejemplo, la publicidad deja de lado las características intrínsecas de un producto para lanzar al consumidor un mensaje totalmente emocional que va destinado a filtrarse en su subconsciente con objeto de alterar sus pautas de consumo. En la América de la primera mitad del siglo XX había muy pocas mujeres fumadoras, pero un tal Edward Bernays logró, mediante un ingenioso ardid propagandístico, asociar en la mente de muchas mujeres el tabaco con la idea de libertad. A raíz de este hecho comenzó el consumo masivo de tabaco por parte de las féminas. Pensad en los centenares de miles de mujeres fallecidas por enfisemas, enfermedades coronarias, vidas degradadas y acortadas desde entonces. ¿Cuantos niños han nacido con problemas porque sus madres fumaban durante el embarazo? ¿Cuantos seres humanos han deteriorado o destruido sus vidas por creer falsamente que hay libertad en la ingesta de químicos adictivos?

Esa es la fuerza del slogan publicitario o, su versión política: el lema. La frase simple. Porque los lemas siempre son simplificaciones de la realidad para comodidad del consumidor del lema (tener que procesar el mínimo de información posible y vencer el mínimo de disonancia cognitiva posible). El modo de transmisión es lo de menos.

De modo que atentos a sus estratagemas de desactivación.