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Los magos de la burocracia europea lo arreglarán todo

  • lunes, 10 mayo 2010 @ 09:08 CEST
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En medio de uno de los periodos más turbulentos de su historia, Europa ha recibido diagnóstico y tratamiento de parte de una de sus más respetadas castas: los asesores de alto nivel del Grupo de Reflexión. A la cabeza de este, el expresidente español Felipe González, convertido ahora en “sabio europeo” que desde las alturas envía una lluvia de sabiduría repleta de recetas de trazo grueso para solucionar los problemas que azotan al viejo continente. Aquí tienen el documento, para ir abriendo boca.

El grupo de sabios, que no sabemos si se despertó ayer del largo sueño de las utopías imposibles, no disimula su ansiedad: “crisis económica global; Estados al rescate de banqueros; envejecimiento demográfico que afecta a la competitividad y al estado del bienestar; competencia a la baja en costes y salarios; amenaza de cambio climático; dependencia de unas importaciones de energía cada vez más cara y escasa; o desplazamiento hacia Asia de la producción y el ahorro”. Y por si fuera poco, la obligada referencia al terrorismo, el crimen organizado y, sí, están leyendo bien, “la proliferación de armas de destrucción masiva”, que como todo el mundo sabe es la mayor amenaza a la que se enfrenta hoy en día la humanidad. Y si no lo sabía, vaya aprendiendo.

Pero tras todo diagnóstico tremebundo salido de cualquier informe oficial, como en Hollywood después de que el monstruo de turno casi se coma al protagonista, viene el Séptimo de Caballería al rescate, en el caso de estos informes, en forma de un “renovado proyecto común”, en el que se movilizarán “las energías de todos, en cada nivel de la sociedad – responsables políticos y ciudadanos, empresarios y trabajadores”. ¿Y todo esto para qué? No para que los ciudadanos de la Unión Europea sean más felices en un mundo con menos sufrimiento y menos desigualdad, sino para seguir “creciendo”, que es la “máxima prioridad”.

Y es que con los anteojos con que mira este Grupo de Reflexión se ve un mundo en el que “habrá ganadores y perdedores”, y entonces la táctica pasa, no por procurar que todo el mundo gane, aunque eso signifique que todos ganemos un poco menos, sino porque Europa esté entre los ganadores. Y si alguien pierde, pues será por no haber adoptado a tiempo una “economía social de mercado altamente competitiva y sostenible”. Si se fijan bien esta es una de esas frases que se aguanta porque el papel, como ya sabemos, lo aguanta todo. Social, competitiva y sostenible. Ahí es nada.

Como esta página se dedica principalmente a temas energéticos, es obligado repasar qué dice este dictamen de los sabios europeos sobre estas cuestiones, sobre todo porque, ¡qué casualidad!, todos los titulares sobre la presentación de este informe han destacado de este que una de las soluciones al lío en el que se ha metido la Unión Europea es la energía nuclear. No sabemos si los periódicos no pierden oportunidad de complacer a sus anunciantes con intereses en la industria nuclear o bien es que son uno auténticos soldados del renacimiento nuclear y están yendo un poco más allá de lo que debería ser su cometido, porque parece ser que la nuclear es una energía que lo que se dice sola, sola, no va, siempre necesita de empujoncitos, ahora una subvención de por vida, ahora un titular de prensa , ahora un expresidente de estomago agradecido...

La sección dedicada a la energía “Seguridad energética y cambio climático: una nueva revolución industrial” empieza con un remedo de aquel simpático refrán chino que dice algo así como “si sigues en la misma dirección, acabarás llegando hacia donde te diriges”. Es decir, que si no hacemos nada, en 2030 la situación energética será de creciente necesidad y descenso de los suministros. Muchas gracias señores sabios, pero esto lo sabíamos ya hace más de 30 años, y si me apuran, ya hace dos que la Agencia Internacional de la Energía, con muchos esfuerzos y contorsionismos, lo dejó bien clarito en su WEO2008.

Y es que estos “desafíos que tenemos ante nosotros son enormes y exigen una reacción urgente, además de una movilización de recursos inmensa”, pero tranquilos, que yo me he leído el informe entero y al final los buenos ganan y los indios o mueren o se convierten. Necesitamos, para este mundo ya constreñido por la sequía de crédito y la subida de las materias primas (¿cuál fue la última recesión mundial con un petróleo a 80$/barril?), que la productividad del carbono (por aquello de seguir fijándonos solo en el tubo de escape de la “maquina”) se multiplique por diez para “cumplir los objetivos vigentes de emisiones de carbono”. Y desde aquí agradecemos al redactor del informe que en un momento de lucidez, o quizás de profunda vergüenza (es lo que tienen los informes colegiados, yo he escrito unos cuantos y puedo dar fe de que uno sabe lo que tiene que escribir si quiere cobrar y sobre todo, que le encarguen algún informe más), añada a la frase anterior sobre el aumento de productividad del carbono que “esto tiene que lograrse en “solo” 40 años”.

Todo este esfuerzo sigue una “lógica clara”. Si no lo hacemos, nos costará un 5% del PIB anual, pero si lo hacemos, la reducción de las emisiones nos costará solo un 2%. Vamos, que solo un tonto no entendería la “lógica clara” del asunto: el objetivo es que la máquina del crecimiento del PIB no se detenga, porque como todos ustedes saben, no hay felicidad ni vida ni nada que se le parezca fuera del culto al crecimiento del PIB. Lo malo para Europa, el mundo y sus sabios, es que las externalidades negativas que provoca el crecimiento del PIB ya no se sabe bajo qué alfombra meterlas (aunque no se crean, hay quién piensa seriamente en que meter el CO2 bajo la alfombra y literalmente dejarlo secuestrado ahí  es una solución, más sobre esto más adelante).

Siguiendo con los beneficios de este esfuerzo apresurado al que nos vemos abocados, el Grupo de Reflexión nos regala uno de los párrafos más psicodélicos del informe. Es un clásico de este tipo de informes: el imposible posible, el oxímoron como receta demostrativa que no hay más soluciones fuera de intentar cuadrar el círculo una y otra vez: juntar “un mercado único auténtico y liberalizado en el sector de la energía” con una “política europea resuelta de inversión en nuevas tecnologías y en grandes infraestructuras energéticas comunes”. Y no es que no me parezca mal la última frase acerca de una  política de inversiones comunes, pero... ¿en un entorno de mercado liberalizado? ¿Por qué no se reconoce de una maldita vez que cuando hablamos de energía el mercado libre simplemente no funciona? El mercado, y pedimos disculpas por casi personalizar algo que a lo sumo es un sistema caótico sometido a mecanismos de respuesta complejos que no queremos o no sabemos caracterizar adecuadamente, ¿no es el mismo que se vuelve loco cuando huele a sangre y olvida todas esas tonterías del bien común y se entrega en cuerpo y alma al beneficio de aquellos que sostienen y manejan sus hilos al más alto nivel? ¿Nos va a convencer el Grupo de Reflexión que la bestia puede domarse, corregirse y todo esto a tiempo y salvaguardando su honorabilidad y la de todos por el camino?

De nuevo me detengo a homenajear brevemente al redactor del informe cuando caracteriza el ahorro como la “forma más eficaz de reducir tanto las emisiones de carbono como la dependencia exterior”. Pero ahí donde hay un redactor sincero hay muchas veces un editor que sabe para quién se escriben todos estos informes. De ahí que, como sucedió con las notas de prensa sobre el WEO2006, las noticias sobre este informe no van precedidas con titulares con la palabra “ahorro”, sino con el de “más nucleares”.

Continúa la sección sobre energía constatando lo obvio, que “debe potenciarse la búsqueda de fuentes de energía renovables que sean viables” y “apartarse del petróleo como fuente primaria de combustible para los transportes”. Pero al mismo tiempo, mejor dicho, y en realidad, a costa del ahorro y las renovables, hay que, horror, dar pábulo a la peregrina idea de que va a ser posible una quimera como la de la captura y secuestro de carbón. Que le pregunten a uno de mis eruditos energéticos preferidos, Vaclav Smil de la Universidad de Manitoba en Canadá, que ha hecho “cuatro números sobre el tema”: para secuestrar sólo el 25% del CO2 emitido por fuentes estacionarias (principalmente plantas de carbón), tendríamos que crear un sistema que tendría que gestionar un volumen anual de fluidos dos veces mayor que el que gestiona hoy la industria petrolera del mundo.

Y como quién no quiere la cosa, llegamos a la prima donna de la sección, la auténtica protagonista del asunto, a tenor de los titulares, la energía nuclear. Según el documento, no podemos renunciar a esta fuente de energía tan importante (12% de la energía primaria en la Unión Europea en 2008 y 28% de la electricidad en 2007). Pero claro, hay un problema con esta tecnología energética con más de 50 años antigüedad y que todavía no ha resuelto todos sus problemas clásicos (con el coste y los residuos a la cabeza de estos). El problema es, “el desbloqueo de las inversiones en energía nuclear”. En roman paladino: no hay dinero. Y para que el dinero aparezca, según este informe de sabios, hace falta un “nivel mayor de certidumbre normativa”. De nuevo se lo traduzco para los profanos en este tipo de neolengua, lo que hace falta saber para que el negocio de las nuevas centrales nucleares marche es quién se va a encargar del negocio si este no resulta ser tan negocio. Como el rescate de los bancos, pero en preventivo. Y si no les gusta mi interpretación, lean lo que pide el Foro Nuclear español para construir más centrales: que la política energética nuclear sea una cuestión de Estado, y los beneficios sigan siendo privados. ¡Así cualquiera!

Pero la cosa continúa, porque si las centrales actuales se han demostrado caras, no ofrecen solución a los residuos, y aún las estamos pagando (eso sí, muy disimuladamente sepultados los cargos bajo términos como “moratoria nuclear”, “costos de transición a la competencia” y otros), ahora resulta que para el futuro, estas no nos valen, ¡y hay que hacerlas nuevas! Por tanto, “son necesarios unos esfuerzos de I+D significativos y unas asociaciones innovadoras de los sectores público y privado para desarrollar la próxima generación de tecnologías de la energía”. De nuevo, un chollo total, tiemblo de solo  pensar lo que se esconde tras ese adjetivo: “innovador”. Sí, innovador tendrá que ser, porque para vender la misma burra una y otra vez para que la sigan pagando los mismos hay que ser pero que muy “innovador”. Y de propina, como si nada, al final del párrafo, dejamos caer que la “la UE necesita urgentemente unos cuantos proyectos generales, como la instalación de centrales de energía solar en el norte de África y la creación de parques de energía eólica en el mar del Norte”. Es la tan manida argumentación de que “no sobra ninguna energía”. Claro, ¡con tantos santos por vestir!

Por suerte para ellos, a este comité de sabios se le consiente presentar un informe lleno de generalidades que apenas llega a las 50 páginas, y que no da ningún tipo de detalles ni cuantifica cuándo, cuánto y cómo se van a tener que desplegar dichas soluciones. Que la transición energética va a ser difícil y que alguien la va a tener que pagar me parece tan obvio que no vale la pena detenerse mucho más. Que vamos a necesitar cada MW y cada tonelada de petróleo equivalente también. Que los estados van a tener que hacerse cargo (si es que saben gestionarlo) del sector energético cuando la broma de la liberalización del mercado se desvanezca, una vez que la última gota de tinta de la imprenta del dinero se seque, también. Y aún así tengo mis dudas: si no han sabido gestionar un casino de papelitos, que al fin y al cabo valen lo que uno esté dispuesto a creerse, ¿van a ser capaces de gestionar los julios que necesitamos todos los días para ir, venir, calentarnos y llenar la barriga?

Por todo eso me gustaría que hubiese salido Felipe González y hubiese dicho que necesitamos triplicar el parque de reactores nucleares europeos (ahora hay 165 reactores en funcionamiento), o la proporción de electricidad nuclear necesaria para sustituir al petróleo en el transporte. Y también que hubiese añadido que nos iba a costar un pastón, y que como las empresas privadas no se ven con el ánimo de tamaña y arriesgada empresa, habrá que pagarlo entre todos. Y que no hay garantía de que vaya a salir bien, pero hay que intentarlo. Y que a lo mejor nos quedamos por el camino.

En serio, me hubiese gustado escuchar todo eso en vez del enésimo informe lleno de generalidades, buenas intenciones y equilibrios entre lo obvio (al mercado se le atraganta un sector tan estratégico como el energético) y lo fatídico (que al final acabaremos pagando todos por el riesgo sin poder acceder al grueso de los beneficios, que siempre son de los mismos y pocos amos). Estoy dispuesto a ponerme del lado de aquellos que defienden la opción nuclear, con todos sus problemas, si por lo menos fuesen sinceros y reconociesen que las recetas actuales no sirven, que el problema no es que Europa se haya dormido por vaga e indolente. Si está con los ojos cerrados es más bien porque de momento es más cómodo que asomarse al abismo de los cambios de paradigma retrasados hasta lo indecible. Y todo para que se sigan publicando informes y titulares nacidos de la más profunda indigencia intelectual y moral. La palabra nuclear se menciona cuatro veces en el informe, y una de ellas para hablar de las armas nucleares y no la energía civil. La palabra “renovable” o “renovable” aparece cinco veces.  Juzguen ustedes si merecíamos tales titulares y semejante informe.