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Poco a poco, los datos van modificando el paradigma....

  • miércoles, 21 mayo 2008 @ 17:00 CEST
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Tesis de partida: El petróleo es, ahora más que nunca, oro negro, afectado por tres ideas básicas: “se trata de un recurso finito; del que depende el sistema de transporte mundial; y si las economías emergentes hicieran tanto uso del mismo como realizan los europeos, su consumo crecería un 150%. Estamos viendo las primeras manifestaciones de esta dura realidad. Resulta tentador achacar la culpa del incremento de sus precios a los especuladores o a las malvadas compañías petrolíferas. Sin embargo, la realidad es bien distinta”. Hay un problema de oferta, a la baja, y demanda, al alza, que necesitaría de una nueva Arabia Saudita cada siete años para satisfacer sus necesidades. “No se puede quemar un crudo que, simplemente, no existe”. Ups.
Este fragmento extraído del artículo "El precio del petróleo nos indica qué tenemos que hacer", de S. McCoy en Cotizalia, introduce un cambio en determinados planteamientos. En realidad el artículo es un resumen del original de mismo título publicado por Martin Wolf en el Financial Times.

Empieza a verse que más que un problema de especulación es un problema estructural: la demanda supera ya la oferta. Se reconoce ya la finitud del recurso y la imposibilidad de conseguir la cantidad necesaria para satisfacer una demanda cada vez más creciente.

Si bien en el capítulo de conclusiones hay aún algunas "perlas acusatorias" como

Los cambios van más allá de lo que asoma a simple vista. A 100 dólares el barril, se generan tres trillones de dólares anuales de ingresos para economías, cuando menos, sospechosas (esto es muy, pero que muy importante)
me quedo con el reconocimiento de la finitud del recurso/os y de los problemas de oferta más que de especulación.

Quiero suponer que a medida que más economistas de la tierra plana empiecen a reconocer estos condicionantes básicos, los políticos empezarán a implementar políticas destinadas a paliar y solucionar los problemas derivados del cénit. La esperanza es lo último que hay que perder. ¿O no?