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El crecimiento exponencial hace imposible la sostenibilidad

  • jueves, 20 diciembre 2007 @ 01:23 CET
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Artículos Mariano Marzo, catedrático de recursos energéticos de la Universidad de Barcelona, escribe hoy un importante y valiente artículo en las páginas de economía del diario barcelonés La Vanguardia.

El artículo, titulado "Cambio climático y decrecimiento", pone de manifiesto cuestiones claves para entender a qué tipo de retos nos enfrentamos. La solución al cambio climático y a la crisis energética no pasa solamente por la sustitución de unas tecnologías de generación energética sucias y finitas por otras renovables y limpias. La magnitud del cambio necesario y la inercia de nuestro sistema de desarrollo hacen necesario un cambio de paradigma:

El cambio climático es el resultado de un determinado paradigma, no sólo energético, sino también socioeconómico. Si de verdad queremos combatirlo habría que actuar simultáneamente en tres frentes, apostando por las energías limpias, la eficiencia y por el decrecimiento, sobre todo en los países más avanzados. Sin esto último, la lucha contra el cambio climático se convierte, simple y llanamente, en un eslogan de marketing y en una nueva oportunidad de negocio.
Los acuerdos de Kioto o Bali por un lado, y los esfuerzos por hacer crecer la participación de las energías renovables en el conjunto de energías primarias, incluso si añadimos la energía nuclear a la cesta, serán del todo insuficientes para garantizar el suministro energético y hacer disminuir las emisiones de dióxido de carbono. Y es que los modelos y escenarios de futuro que barajan los gobiernos de los países industrializados se caracterizan por la imposibilidad política de invertir la tendencia de una de sus variables: la del crecimiento.

El advenimiento de esta realidad no se está comunicando solo desde las filas del ecologismo realista o por aquellos que reconocen los límites en la capacidad de la biosfera, el propio consejero energético de los países industrializados, la Agencia Internacional de la Energía, ya ha advertido de que el futuro energético será "caro, sucio e inseguro", numerosos industriales del petróleo ya reconocen abiertamente los límites que se presentan para la expansión de la capacidad de la producción. Incluso investigadores de la eléctrica estatal francesa EDF, que proponen un crecimiento nuclear y la captura del dióxido de carbono reconocen que, en el mejor de los casos, más allá de 2040 se abre un abismo energético al que no pueden hacer frente.

El artículo de Mariano Marzo lanza un mensaje clarísimo: si no revisamos lo que significa "desarrollo", si no revisamos nuestros sistemas económicos, que preconizan aumentos constantes del consumo material y energético, si no hacemos todo eso, no hay solución tecnológica que valga para asegurar el suministro energético futuro. El cambio climático y la crisis energética, son, en definitiva, la expresión del fracaso de un modelo energético impulsado por una teoría económica encerrada en sus propias autoreferencias y que desprecia la realidad física. Y este problema, causado por los países más industrializados y ricos, se agrava aún más al considerar las terribles desigualdades en el consumo energético que afectan a miles de millones de persones en todo el mundo. El mensaje del decrecimiento tiene un destinatario claro: los que más consumimos. Y no solo es necesario por la realidad física que así lo impondrá, sino también por la responsabilidad ética de permitir a los que padecen la pobreza energética y de servicios aumentar sus estándares de vida: tampoco eso será posible sin que los países ricos e industrializados decrezcan y reduzcan su huella ecológica. Y tampoco podremos convencer a estos países de que deben desarrollarse según otro paradigma si nosotros no predicamos con el ejemplo.

Cambio climático y decrecimiento

Mariano Marzo

La idea de que para combatir el calentamiento global basta reemplazar los combustibles fósiles por otras fuentes más limpias está firmemente asentada en la opinión publica, que cree que dicho cambio se reduce a una simple cuestión de voluntad política y capacitación técnica. Casi nadie avisa de que la sustitución de los combustibles fósiles requiere revisar el actual modelo socioeconómico, basado en el dogma del crecimiento económico exponencial e ilimitado. Una omisión que resulta particularmente sorprendente en algunos movimientos ecologistas, que en su intento de ofrecer una imagen amable, evitan cualquier referencia a que el despliegue de las renovables debe acompañarse de profundas transformaciones sociales, económicas y culturales, que comportan renuncias y sacrificios, por lo menos con respecto a nuestros hábitos más recientes. En definitiva, que el citado despliegue es una condición necesaria pero no suficiente.

Avanzar hacia la concreción de un ideal exige un realismo extremo a la hora de formular correctamente la naturaleza, alcance y ramificaciones del problema que se pretende resolver. Nadie duda del potencial de las energías renovables. Sin embargo, no debería ocultarse que hoy en día algo más del 80% de la energía primaria consumida en el mundo procede de combustibles fósiles y que en las dos próximas décadas, si no se produce una rápida y espectacular revolución tecnológica, el uso del carbón, petróleo y gas, así como las emisiones de gases contaminantes, se incrementará globalmente respecto a los niveles actuales. En este sentido, lo único que no puede achacarse a los países que han puesto reparos y trabas a la firma del descafeinado acuerdo alcanzadoen Bali es la falta de coherencia. Defienden abiertamente la tesis, sancionada por la experiencia, de que el crecimiento económico mundial solo es posible a partir de un incremento del consumo energético y que, hoy por hoy, si eliminamos los combustibles fósiles el sistema se encalla.

No pretendo justificar esta postura obstruccionista. Pero tampoco me convence la superficialidad e hipocresía de otras.

El cambio climático es el resultado de un determinado paradigma, no sólo energético, sino también socioeconómico. Si de verdad queremos combatirlo habría que actuar simultáneamente en tres frentes, apostando por las energías limpias, la eficiencia y por el decrecimiento, sobre todo en los países más avanzados. Sin esto último, la lucha contra el cambio climático se convierte, simple y llanamente, en un eslogan de marketing y en una nueva oportunidad de negocio.

Quizás ha llegado el momento de plantear sin tapujos a la sociedad una disyuntiva fundamental. Se trata de optar por el crecimiento económico como un fin en sí mismo o como un medio para alcanzar una cierta calidad, no sólo material, de vida. No cabe llamarse a engaño. Si escogemos la primera opción, estamos prostituyendo el concepto de sostenibilidad