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Energía y pobreza

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Artículos Artículo de Mariano Marzo en la sección de opinión del diario "La Vanguardia" del 15 de Octubre.
Actualmente 2.500 millones de personas - el 40% de la población mundial- cubren sus necesidades energéticas con la biomasa tradicional.

La Organización Mundial de la Salud estima que 1,9 millones de personas mueren cada año en los países en vías de desarrollo como resultado de la inhalación del humo emitido por la combustión de biomasa en el interior de los hogares. Sólo la malnutrición, el sida, la tuberculosis y otras enfermedades infecciosas, así como la falta de higiene y de agua potable, suponen una amenaza mayor para la salud.

Si continúan las tendencias actuales, a pesar de la expansión económica y del progreso tecnológico del mundo en vías de desarrollo, la Agencia Internacional de la Energía calcula que en el 2030 todavía 1.400 millones de personas seguirán sin electricidad.

El coste de suministrar ayuda a los países pobres podría resultar mucho menor que el resultante de combatir la inestabilidad e inseguridad generadas por la desesperación y la pobreza.

En "Guías para la Calidad del Aire, OMS" (fichero PDF, 643KB), puede comprobarse la problemática que supone la quema de biomasa en los hogares de los países en desarrollo:
En una escala global, casi la mitad de los hogares del mundo emplean diariamente combustibles de biomasa como fuente de energía para la cocina o la calefacción. El humo de la biomasa contiene cantidades significativas de contaminantes importantes: CO, material particulado, HC y, en menor grado, NOx. Sin embargo, también contiene muchos compuestos orgánicos, incluidos los HAP (hidrocarburos aromáticos policíclicos), sospechosos de ser tóxicos, carcinógenos, mutágenos o perjudiciales de alguna otra manera. En la China, la quema de carbón es una fuente importante de contaminación del aire en interiores y su humo contiene todos esos contaminantes y otros adicionales, como los óxidos de azufre y metales pesados como el plomo.
Energía y pobreza

Mariano Marzo

En el próximo cuarto de siglo el sistema energético global afronta tres grandes desafíos estratégicos: el riesgo creciente de interrupciones en el suministro energético, la amenaza medioambiental que supone el calentamiento global causado por el uso masivo de hidrocarburos y la persistente pobreza energética de buena parte de la humanidad. Seguridad energética y sostenibilidad ambiental han sido objeto de frecuente atención por parte de estudiosos, medios de comunicación y organismos internacionales. Sin embargo, no sucede lo mismo con el problema del subdesarrollo energético.

Hoy en día 1.600 millones de personas en el mundo, especialmente en el África subsahariana y en el sur de Asia, carecen de electricidad en sus hogares. Para ellos, el día termina mucho antes que en los países ricos por falta de una iluminación adecuada que impide la lectura y el estudio.

Otro síntoma claro de pobreza energética es que actualmente 2.500 millones de personas - el 40% de la población mundial- deben cubrir sus necesidades energéticas mediante el uso de la biomasa tradicional, es decir, de la leña y los residuos agrícolas y ganaderos. En muchas zonas rurales de África y Asia esta fuente energética llega a representar el 90% de la energía consumida en los hogares, esencialmente para calentarse y cocinar. En principio, la biomasa es una fuente renovable y su utilización no es en sí misma un problema, pero, en la práctica, tiene serias repercusiones negativas para la salud, el medio ambiente y el desarrollo socioeconómico. La gente, especialmente mujeres y niños, puede pasar muchas horas recogiendo combustible y esto reduce de forma significativa el tiempo que puede dedicar a actividades más productivas, como el pastoreo, la agricultura y la educación. Por otra parte, la Organización Mundial de la Salud estima que 1,3 (*) millones de personas mueren cada año en los países en vías de desarrollo como resultado de la inhalación del humo emitido por la combustión de biomasa en el interior de los hogares. Sólo la malnutrición, el sida, la tuberculosis y otras enfermedades infecciosas, así como la falta de higiene y de agua potable, suponen una amenaza mayor para la salud.

Y lo malo es que las previsiones para el futuro no son nada halagüeñas. Si continúan las tendencias actuales, a pesar de la expansión económica y del progreso tecnológico del mundo en vías de desarrollo, la Agencia Internacional de la Energía calcula que en el 2030 todavía 1.400 millones de personas seguirán sin electricidad. Básicamente porque aunque 2.000 millones de almas accederán a este servicio, los efectos del crecimiento demográfico pesarán como una losa. Además, las proyecciones para el horizonte temporal citado apuntan a que el número de personas dependientes de la biomasa tradicional para cocinar y calentarse aumentará a 2.700 millones, lo que equivaldrá al 30% de la población mundial.

Lo expuesto en el párrafo anterior no constituye un destino inexorable para los menos favorecidos. Se trata de un escenario tendencial que ilustra adónde conduce la rutina actual. Alterar tales proyecciones es posible, aunque para ello se necesita una urgente acción política, encuadrada dentro de la lucha para promover el desarrollo humano, pero particularmente diseñada para acelerar el progreso energético de los países pobres.

Satisfacer necesidades humanas básicas, como la alimentación y el refugio, debe ocupar el centro de cualquier estrategia para aliviar la pobreza.

Sobre este último aspecto, baste recordar que suministrar bombonas de propano o butano y cocinas a todas las personas que actualmente dependen casi exclusivamente de la biomasa tradicional para cocinar tan sólo supondría, de aquí al 2030, un aumento de la demanda mundial de petróleo del 1% y un presupuesto anual de 18.000 millones de dólares por año. ¿Mucho? De ninguna manera. Consideren que esta cifra es inferior a los beneficios que algunas de las mayores compañías energéticas del mundo obtuvieron en el 2006 y que con ella se salvaría la vida de 1,3 (*) millones de personas.

Sin duda, en el empeño de erradicar o, al menos, mitigar significativamente la pobreza energética global, es indispensable involucrar a los gobiernos de los países más desfavorecidos, exigiéndoles una firme voluntad y un decidido compromiso político. Sin embargo, los países industrializados también tienen un importante papel que desempeñar en el proceso. A fin de cuentas, el coste de suministrar ayuda a los países pobres podría resultar mucho menor que el resultante de combatir la inestabilidad e inseguridad generadas por la desesperación y la pobreza.

MARIANO MARZO, catedrático de Recursos Energéticos de la UB

(*) Nota mía: En el artículo original impreso ponía 1.300 millones, pero en el informe de la OMS expuesto son 1,9 millones. He cambiado el dato a una cifra más razonable. Debe haber habido un error en la transcripción. Actualización: la cifra correcta, ya corregida en el texto, es de 1,3 millones de personas.