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Los biocombustibles deben beneficiar a los pobres

  • domingo, 02 septiembre 2007 @ 01:50 CEST
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Artículos El diario español El País, publica el domingo 2 de septiembre un artículo en su tribuna, titulado "Los biocombustibles deben beneficiar a los pobres", cuyo autor es nada menos que Jacques Diouf, director general de la organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, que por su interés, reproducimos en Crisis Energética debidamente comentado entre líneas, en cursiva y en negrita. Gran parte del actual debate sobre la bioenergía -al concentrarse sobre aspectos negativos como la fuerte alza del precio de los alimentos y la pérdida de biodiversidad- deja de lado el enorme potencial del sector para reducir el hambre y la pobreza. Si se utiliza de forma adecuada, la bioenergía nos ofrece una oportunidad histórica de acelerar el crecimiento de muchos de los países más pobres del mundo, posibilitar un renacimiento de la agricultura y suministrar una energía moderna a un tercio de la población mundial.

Ya empieza el señor director general a irse por las ramas desde el primer párrafo. Veamos. Los aspectos negativos de la bioenergía, que sepamos, los ha provocado el mercado, con alzas de cereales que han llegado hasta el 50% de los precios que había para el grano de alimentación humana y animal, como consecuencia, simplemente, del anuncio de las grandes corporaciones de su interés por producir combustibles con alimentos. Así de sencillo. Y eso que sólo es el comienzo del anuncio, porque las cantidades de energía que hoy se producen siguen siendo irrisorias, respecto del consumo habitual. Y si esto es así y es el mercado el que ha pegado esa subida tan escalofriante para la alimentación humana y animal, que el director general, por el cargo que ostenta, se supone debe defender en primera instancia y el señor director general jamás ha puesto en cuestión, que se sepa la economía de libre mercado ¿a qué viene decir que el debate se ha centrado en este aspecto negativo? Es que ese es el aspecto fundamental, señor Diouf. Su misión, por lo que dice su título, es defender la agricultura como medio para producir alimentos como fin. Por eso es muy sospechoso que empiece a hablar por los manidos tópicos de siempre: “acelerar el crecimiento” (algunos sólo saben acelerar, aunque la pobreza vaya en aumento y parecen incapaces de sacar conclusiones de ello). Luego menciona el renacimiento de la agricultura, como si ésta no estuviese ocupando cada vez más espacios en la superficie de la Tierra. Para que se haga una pequeña idea de lo “abandonada” que está la agricultura, citaremos la frase de entrada del artículo titulado Recursos y energía versus cambio climático de Miguel Ángel Llana, que dice así: La superficie firme de la Tierra es de 13.041 millones de hectáreas, de las que 4.155 no son cultivables, 3.869 son bosques, 3.487 pastos y 1.530 cultivables; sirva de referencia saber que a los 6.500 millones de habitantes les corresponden a penas un cuarto de hectárea cultivable, 2.354 m2. Y este señor director general, todavía pensando en “acelerar el crecimiento”. ¿Para cuándo su expulsión fulgurante del organismo de Naciones Unidas que se supone se preocupa de la alimentación humana? Y finalmente, el tercer aspecto positivo que contabiliza el señor Diouf, es que la agricultura puede suministrar “energía moderna” a un tercio de la población mundial. Este granjero último modelo, ha devenido en gasolinero y parece querer hacer competencia a las siete hermanas. Un primer párrafo sin desperdicio, desde luego.

Sin embargo, esta meta de enorme importancia podrá cumplirse solamente si ahora se toman las decisiones adecuadas y se establecen las políticas correctas. Necesitamos desarrollar con urgencia una estrategia internacional para la bioenergía. En su ausencia, corremos el riesgo de que produzca los efectos contrarios: una mayor pobreza y mayor daño al medio ambiente. De forma específica, esta estrategia debe asegurar que una parte importante de la bioenergía producida por este mercado multimillonario sea generada por los trabajadores agrícolas del mundo en desarrollo, que representan el 70% de los pobres del planeta.

Bien dicho, si señor. Lo primero es la urgencia. Y lo segundo es que los pobres, los que pasan hambre, que el señor Diouf denomina castamente “mundo en desarrollo” de apliquen a la tarea de producir alimentos para máquinas de combustión interna. Los ricos pueden seguir utilizando sus cereales para los desayunos de los niños y la barra del pan. Los pobres, saldrán de su miseria, si se olvidan de producir alimentos para comer y se ponen a producir alimentos para dar de comer a las máquinas de los ricos. Fantástico director general de Agricultura y Alimentación.

También debe incluir esta estrategia colectiva una serie de políticas que promuevan el acceso de los pobres del ámbito rural al mercado internacional de la bioenergía. En primer lugar, se requiere la eliminación de las barreras comerciales que algunos países de la OCDE aplican a las importaciones de etanol.

Este hombre es una mina. Ahora promueve estrategias de “acceso de los pobres,…al mercado internacional de la bioenergía” y que los países ricos eliminen las barreras que nunca han eliminado para los cereales y demás productos agrarios, pero sí lo hagan para el etanol. Es algo verdaderamente abracadabrante. O sea, que llevamos siglos de explotación inmisericorde de los pobres por parte de los ricos con la alimentación misma, que debería ser la principal preocupación del señor Diouf; llevamos siglos poniendo barreras según le da la gana de los ricos y ahora “hay que hacer una estrategia” para que los pobres puedan acceder a los mercados internacionales con el etanol. A eso, algunos lo llamamos simplemente desvergüenza y con el cargo que ocupa, casi delito.

En segundo lugar, necesitamos garantizar que los pequeños campesinos puedan organizarse entre ellos para producir, procesar y comercializar los cultivos para suministrar bioenergía a la escala necesaria. En la práctica, ello supone que tengan acceso al crédito y al micro-crédito y se les ayude a organizarse en cooperativas.

Lo dicho. No se sabe bien si el director general de Alimentación de las Naciones Unidas, en realidad se preocupa mucho por la alimentación (adecuada), de la que carecen varios miles de millones de congéneres, pero desde luego, se preocupa mucho por los combustibles y ahora vemos que se preocupa también de las finanzas. Más créditos a los pobres, por si todavía no estaban lo suficientemente endeudados. Pero eso si, para producir alimentos para las máquinas de los ricos, no para resolver el gigantesco problema del hambre en el mundo que todavía tiene pendiente. Esto va por el camino habitual: llevan siglos diciéndoles que preparen inmensos monocultivos de productos que vengan bien a los países ricos, que con el dinero que les darán, podrán comer igual que antes y además comprarse un televisor o incluso un coche. Y el resultado está a la vista: más hambre, más desolación y más devastación de la naturaleza, además de un terrible aumento de la dependencia de mercados que los pobres no controlan en absoluto. Con los biocombustibles parece que llevamos la misma senda. Ni siquiera se molestan en cambiar el cuento para engañar de forma novedosa.

Por último, se requiere un sistema de certificación que asegure que los productos bioenergéticos pueden venderse tan sólo si reúnen una serie de requisitos medioambientales. Así se promovería la producción por parte de pequeños campesinos, que tradicionalmente utilizan sistemas agrícolas complejos y biodiversificados, al contrario de las grandes explotaciones industriales que practican el monocultivo.

¡Ah, eso sí, faltaría más! Los pobres deberán certificar sus productos como “medioambientalmente correctos”, que es más “in” que políticamente correctos. Por supuesto, serán las grandes empresas occidentales las certificadoras. Y cobrarán por ello, sin duda. Y todo, para que los biocombustibles puedan llevar el marchamo de “ecológicos” a tope y de “respetuosos con el medio ambiente” y así, los occidentales ricos y desarrollados, podamos dormir tranquilamente cuando consumimos veinte litros de biocombustible en nuestro moderno híbrido o Flex, para irnos a tomar una cañita a 60 km del trabajo, porque el combustible “no contribuye al calentamiento global, ni emite CO2 (que no haya capturado antes, se entiende). Esto es rizar el rizo de la golfería. Y lo que no se termina de entender bien es la última parte de su gloriosa frase: la que dice querer promover la producción de pequeños campesinos, más “biodiversificados” (¡ahora lo descubre!), como si estos cultivos para alimentar a un tercio de las necesidades energéticas mundiales” se pudiesen hacer en el huerto de la granja y así “luchar contra las grandes explotaciones industriales que practican el monocultivo”. O este hombre es un simple, o tiene una maldad sin fondo. Ya ha hecho números para saber que se puede producir un tercio de las necesidades energéticas mundiales, pero no ha hecho números para saber los fuertecitos “biodiversificados” que se tendrían que hacer para satisfacer ese sueño. Hay gente verdaderamente sin escrúpulos a la hora de escribir en tribunas.

Estas medidas permitirían a los países en desarrollo -que en general poseen ecosistemas y climas más adecuados para la producción de biomasa que los países industrializados, y cuentan a menudo con grandes reservas de tierra y mano de obra- aprovechar sus ventajas comparativas.

Insisto. Saquen a este hombre inmediatamente del cargo de director general de alimentación de las Naciones Unidas y pónganlo como financiero, como gasolinera y como profesor de cualquier escuela de negocios de alto postín. A este hombre, la alimentación y el hambre actual en el mundo le importan un carajo. Lo suyo ahora es analizar las ventajas comparativas de las producciones.

Pero tal y como están ahora las cosas, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) prevé que en 2030 los biocombustibles supondrán entre el 4% y el 7% del total de combustible utilizado para el transporte; permaneciendo Estados Unidos, la Unión Europea y Brasil como principales productores y consumidores. Si es así, significará que tuvimos una oportunidad para cumplir nuestras promesas solemnes de acabar con el hambre y la pobreza, pero que preferimos mirar para otro lado.

De encerrar; este hombre está de encerrar. Abandonada que fue su misión de ver de alimentar a la población humana, ahora se enfrasca ede nuevo en materia industrial y energética, ofreciendo los datos de la Agencia Internacional de la Energía. El va a la FAO a desayunar, al parecer. Y resulta adelantar a la propia AIE por la derecha. Si la AIE propone ya es despropósito de alimentar entre el 4 y el 7% de las máquinas de combustión interna para el 2030, con alimentos que muchos seres humanos quisieran para sí, él, nada menos que el director general responsable de la cosa de la Alimentación, así con mayúsculas, propone que se alimente nada menos que al 33% de las máquinas, aunque sin dar fechas, claro. Y por si fuera poco, añade que si no se hace esto con la “biodiversidad” de los huertecitos de los pobres en los países “en desarrollo” y sólo se fijan en EE.UU., la UE y Brasil, no podremos acabar con el hambre en el mundo. Lo que decíamos: producir alimentos para máquinas, dará de comer a los pobres que ahora no se pueden alimentar produciendo alimentos para ellos mismos. Esta paradoja deja a la de Jevons a la altura de una zapatilla rusa del Bolshoi. Vaya elemento.

Hasta ahora, el debate sobre los biocombustibles se ha centrado casi de forma exclusiva en la substitución del petróleo en el transporte. Pero en la actualidad, los biocombustibles para el transporte representan menos del 1% de la producción mundial de energía. Un porcentaje mucho mayor de la energía a nivel mundial, el 10%, procede de la "bioenergía tradicional": la leña, el carbón vegetal, el estiércol y los residuos de las cosechas, que calientan las casas y permiten cocinar en gran parte del mundo en desarrollo.

Centrar el debate exclusivamente en los biocombustibles para el transporte supone, por lo tanto, dejar de lado una gran parte del potencial que tiene la bioenergía para la reducción de la pobreza. Este potencial reside más en ayudar a dos mil millones de personas a producir su propia electricidad y cubrir otras necesidades energéticas que en mantener 800 millones de automóviles y camiones circulando por las carreteras.

Lo que faltaba. El señor Diouf parece ahora un rebelde sin causa. Resulta que él no quiere que los biocombustibles que se hagan en las pequeñas huertas “biodiversificadas”, vayan a parar al combustible, que es precisamente adonde todas sus contrapartes en los organismos internacionales quieren que vayan destinados. Este pionero quiere sustituir ahora la “bioenergía tradicional” (leña, estiércol y residuos de cosechas) por los limpios biocombustibles. Y por si fuera poco, producir nada meno que electricidad (con un 33% de rendimiento térmico) para ayudar a los 2.000 millones de personas más pobres del mundo. Este hombre es una madre Teresa de Calcuta disfrazada de director general. Solo le falta hacer una OPA nueva a Endesa para dar electricidad a los pobres con biodiesel. ¿Es así de ignorante o nos está vendiendo una locomotora a biodiesel?

La electricidad es lo que impulsa el desarrollo: no se pueden establecer redes informáticas con excrementos de vaca secos. Pero, gracias a la tecnología moderna, es posible transformar esos excrementos en biogás. Ayudar a los dos mil millones de personas que viven con menos de dos dólares diarios a obtener una bioenergía accesible, hecha en casa y sostenible a nivel medioambiental, representaría un espectacular paso adelante en su desarrollo.

Sin remisión, no tiene remisión. Que le den a este hombre cualquier cosa, por favor, en vez de un puesto tan relevante para la Alimentación humana. Por ejemplo, de director de ventas de Apple, porque desde luego, está claro que su principal preocupación es que no se pueden vender ordenadores a los pobres, si la electricidad tiene que salir de quemar en una turbina bosta de vaca sagrada del Ganges. Hay que hacerlo con etanol o biodiesel. Con eso, podremos seguir por la senda del desarrollo y del crecimiento infinito. Con la bosta, nunca.

Promover esta transformación es hoy más urgente que nunca debido al aumento del 300% en los precios del petróleo registrado en los últimos años, que supone una carga abrumadora para las economías de los países más pobres del mundo.

¿En qué quedamos, señor Diouf? Nos tiene usted desorientados. Resulta que no quiere el biodiesel y el etanol para el transporte mundial ¿y ahora nos sale con que promover estos biocombustibles es muy urgente porque el petróleo, del que el transporte mundial depende en un 95% y el mundo para todas las actividades en un 40% ha subido en un 300% en los últimos años? ¿Se acaba usted de caer del guindo o es que se hace el inocente? ¿Cómo puede tener tanta cara?

Es necesario abordar con urgencia estas cuestiones para evitar más daños. Nuestro objetivo debería ser una reunión de alto nivel, como muy tarde el próximo verano, para establecer las reglas básicas del mercado internacional de la bioenergía.

Eso. Déjelo usted para el verano que viene, que este acaba de terminar y los funcionarios de alto nivel estamos muy cansaditos (nosotros, los ricos, somos principalmente del Hemisferio Norte y siempre hablamos y pensamos en nuestros propios términos). No hay prisa. Apenas hay 1.200 millones de personas sin acceso al agua potable y unos 2.000 millones subalimentados. La decisión ya está tomada, en cualquier caso. La reunión de alto nivel, será para poner las reglas, no parta debatir. Lo tiene claro, este hombre. No hay nada que debatir. La decisión está tomada. Hasta el verano que viene.

Hay que garantizar que la bioenergía alcance su potencial de promover crecimiento sostenible y progreso, evitando al mismo tiempo que los ricos se hagan aún más ricos, empobreciendo más a los que sufren de pobreza crónica y produciendo un daño mayor a un medio ambiente cada día más frágil.

Como no podía ser de otra forma, los discursos desde el púlpito acaban siempre con el rezo de alguna oración o letanía (los modernos lo llaman mantra, en su acepción oriental, y consiste en repetir una frase hasta la saciedad, para convertirla en realidad) Crecimiento sostenible, ora pronobis. Progreso, ora pronobis. Líbranos señor de mayores daños al medio ambiente, ora pronobis. Ayuda a los pobres y evita que los ricos se hagan cada vez más ricos (Robin Hood, José María el Tempranillo -Curro Jiménez-, etc. del imaginario mítico del ladrón). En fin, muy lamentable artículo. Que le den un cargo, pero en otro sitio.

Jacques Diouf es director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO)