Bienvenido(a) a Crisis Energética domingo, 23 julio 2017 @ 04:36 CEST

EE.UU. y la energía, un problema compartido

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Artículos En cuestiones energéticas, los Estados Unidos son un caso digno de estudio. Como corresponde a la hiperpotencia del momento, son los mayores consumidores de energía del mundo, aunque apenas cuentan con un 5% de la población mundial. También, pese a su dinamismo social, económico y tecnológico, sufrieron en sus propias carnes un cenit petrolero que hace que hoy en día su propio presidente reconozca su adicción al petróleo, ya que lejos de reducir o sustituir su consumo, siguieron aumentando sus necesidades petroleras: hoy producen tanto petróleo como en los años 40 e importan más del 60% que consumen. Esa circunstancia ha acabado por afectar no solo a los aspectos puramente tecnológicos o comerciales de su uso energético, sino también a los de la seguridad nacional: la doctrina Carter obliga a Estados Unidos a controlar el flujo de petróleo de Oriente Medio, con un alto precio, tanto económico como en vidas, tanto de sus nacionales como de extranjeros.

Aprovechando la publicación de un informe del "Consejo de Asesores en Ciencia y Tecnología del presidente de los EE.UU, “The Energy Imperative: Technology and the Role of Emerging Companies” (fichero PDF, 4,2MB), Pedro Prieto, coeditor de esta página y vicepresidente de la Asociación para el Estudio de los Recursos Energéticos, nos presenta el artículo "Una aproximación a las producciones y consumos de energía en los EE.UU" (fichero PDF, 357KB), inspirado en una interesante gráfica mostrada en este informe presidencial.

Esta gráfica, que representa los distintos flujos energéticos que alimentan pero también excreta la economía estadounidense, ilustra perfectamente algunas de las características de los sistemas energéticos propios de las naciones denominadas “industrialmente avanzadas”, entre las que se encuentran, a niveles más modestos pero con similares tendencias, España y el resto de Europa, por ejemplo.

Prieto reflexiona sobre la eficiencia (¿es eficiente un sistema energético, supuestamente avanzado, que pierde por el camino el 56% de la energía primaria que transforma?), los diversos cenit de producción (los Estados Unidos, pese al dinero y la tecnología, no lograron remontar su propio cenit del petróleo, allá por los años 70) o la utilidad de la energía (¿es útil realmente destinar tanta energía en un transporte privado altamente ineficiente, en una sociedad de consumo alimentada por una insatisfacción constante?). Y también señala, como es frecuente en esta página, que las alternativas renovables, e incluso la problemática, cara y sucia energía nuclear, solo generan energía eléctrica, en un mundo que es principalmente no eléctrico, y que el camino de electrificar el transporte, además de requerir un notabilísimo aumento de la capacidad generadora, obligaría al uso de vectores que no hacen más que empobrecer el rendimiento general del sistema.

Este es un artículo que, aunque utiliza los datos estadounidenses como ejemplo, ilustra a la perfección el callejón sin salida en el que la civilización industrial se ha metido, al considerar que su futuro energético, con un suministro decreciente de combustibles fósiles, va a poder soportar las mismas estructuras económicas y sociales y una cantidad creciente de población.

Actualización: el catedrático de Recursos Energéticos de la Universitat de Barcelona, Mariano Marzo, publica hoy una columna en el diario La Vanguardia en la que se refiere a los mismos datos analizados en el artículo de Pedro Prieto (la gráfica que inspira ambos artículos fue también publicada en el número de febrero de Science). Por su interés, reproducimos a continuación el artículo de Mariano Marzo, "Ahorro y eficiencia".

Actualización (II): Pedro Prieto nos envía un apéndice (fichero PDF, 437KB) a su artículo, en el que se estudia la evolución en el consumo de energía de los EE.UU. entre los años 2002 y 2005, y se añade también un análisis de los flujos energéticos de Francia.

Tr¡buna

Eficiencia y ahorro

Mariano Marzo

El despilfarro y la ineficiencia constituyen una realidad incuestionable del modelo energético al uso. Como botón de muestra, a falta de información concreta sobre España y Catalunya, merece la pena analizar el flujo energético en un país tan avanzado tecnológicamente como Estados Unidos. Para ello disponemos de algunos datos facilitados por el Lawrence Livermore Nacional Laboratory de la Universidad de California y por el Departamento de Energía de Estados Unidos, que han sido recogidos en un artículo publicado el pasado mes de febrero en la revista Science.

En el 2005, el mix de energías primarias de la primera economía mundial estuvo dominado por los hidrocarburos, cuya aportación porcentual (40,2% petróleo, 22,9% carbón y 22,7% gas natural) fue un orden de magnitud superior al de la nuclear (8,15%) y al del conjunto de las renovables, estas últimas representadas por la biomasa (2,8%), la hidráulica (2,7%) y una contribución testimonial de la geotérmica (0,3%), eólica (0,15%) y solar (0,006%).

El mix citado no sólo resulta sucio, sino que fue utilizado de forma escandalosamente ineficiente, de manera que del total de la energía primaria que entró en el sistema, sólo un 44% resultó útil. El resto, un 56%, se perdió, disipándose sin rendir ningún servicio. La generación, distribución y transmisión de electricidad acaparó un 46,5% de las pérdidas; el transporte, un 38,3%; la industria, un 8%; el sector residencial, un 4,2%, y el comercial, un 3%.

Estas cifras arrojan una clara conclusión. Para combatir el cambio climático, EE.UU. y el mundo en general deben acometer sin más demora –priorizando una frenética actividad en I+D– la puesta a punto de las mejoras tecnológicas necesarias para aumentar significativamente la eficiencia energética. O lo que es lo mismo, asegurar la cantidad y calidad de los servicios energéticos minimizando las perdidas del sistema, lo que equivaldría a recortar el consumo de energía primaria que transformar. Unos recortes que deberían centrarse, en la medida de lo posible, en las fuentes más contaminantes y con fecha de caducidad más próxima.

La importancia de la mejora de la eficiencia energética ha sido ya destacada por la Agencia Internacional de la Energía, que en el escenario alternativo del World Energy Outlook 2006 advierte que el 78% del total del CO2 que podríamos dejar de emitir en el horizonte del 2030 debe provenir de la aplicación de políticas de eficiencia, frente al 12% logrado a partir de la sustitución de combustibles fósiles por renovables y biocombustibles, y el 10% resultante de una decidida apuesta por el retorno de la energía nuclear.

En cualquier caso, el potencial de mejora de la eficiencia no debe hacernos perder de vista que a medio plazo los avances en este campo suelen ir acompañados de un efecto rebote. Ciertamente, las mejoras técnicas disminuyen el consumo, lo que acarrea un descenso de precios en el mercado y una mayor liquidez para el consumidor. Sin embargo, a la postre, esto se traduce en una mayor demanda de bienes y servicios, cuya manufactura y prestación dispara de nuevo el consumo energético.

Frente a este posible efecto no cabe sino impulsar medidas de disuasión y control del consumo, recordando que eficiencia y ahorro forman parte de la misma receta.

MARIANO MARZO, catedrático de Recursos Energéticos de la Universitat de Barcelona