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El cambio climático AVANCE DEL INFORME OFICIAL DE NACIONES UNIDAS

  • Lunes, 01 Enero 2007 @ 19:54 CET
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Artículos El diario español El País publicó hace pocos días en portada un extenso reportaje titulado "2.500 científícos prevén nuevas olas de calor, deshielos y subidas del nivel del mar".

Dada la magnitud del problema planteado y la cantidad de científicos que opinan en el informe, así como la importancia del organismo que lo ha patrocinado, que es nada menos que las Naciones Unidas, reproducimos aquí el artículo, dado su interés público. Aunque no se trate estricta o directamente de un asunto energético (si de forma muy estrecha, aunque indirecta, se debe a la forma en que nuestra civilización moderna utiliza y transforma la energía fósil a su alcance), lo comentamos, en cabecera, por el estrecho vínculo que tiene y la similitud con los efectos que podría tener una crisis energética global y sobre todo, con el comportamiento humano en general, cuando de enfrentarse a algo que trastoca sus más íntimos cimientos se trata. Los comentarios de CE en cursiva y en negrita.

Cada vez con más frecuencia van apareciendo signos de que algo gordo se está cociendo en el planeta.

Nabucodonosor se dejaba influir por un solo profeta, Daniel. Otros, echaban mano de varios consejeros para tomar decisiones trascendentes para sus reinos o imperios.

Hoy tenemos a 2.500 científicos opinando de forma coordinada que el hombre, por primera vez está tocando el maravilloso, pero posiblemente frágil equilibrio planetario, como nunca antes lo había hecho. Y nadie hace nada. Advertimos, advertimos, pero nadie hace nada.

Es cierto que también tenemos grupos de científicos, aunque desde luego más dispersos y no tan cohesionados en sus opiniones, que creen que eso son alarmas infundadas, apocalípticas y milenaristas. Dicen que no pasa nada. Que los rayos cósmicos, que las variaciones naturales del albedo, que cualquier efecto natural, como la explosión de un volcán tiene o puede tener repercusiones más importantes, incluso hoy, que la actividad industrial y transformadora de nuestra civilización. Que no es para tanto.

Incluso dentro de la comunidad de respetables científicos preocupados por la crisis energética y la inminente llegada al cenit del petróleo, hay quienes creen que el colapso que provocará la caída de la producción de los combustibles fósiles, va a llegar muy posiblemente antes de que los gases de efecto invernadero, consecuencia de la quema de esos mismos combustibles las temperaturas, puedan dañar al planeta y a los seres vivos, entre ellos el hombre, más de lo que lo podría hacer el supuesto calentamiento global. También opinan que incluso quemando todo el petróleo existente (unos 2 billones de barriles, de los que ya hemos quemado prácticamente la mitad), el efecto no sería tan catastrófico como el que representará para esta sociedad el quedarse sin petróleo (Aleklett, 2005). Otros, incluso creen que una glaciación, que suponen puede darse en fechas geológicas inmediatas, representaría un cambio inverso al de los gases de efecto invernadero, muy superior al de los mismos. (Laherrere, 2005, 2006)

Como se ve, hay científicos para todos los gustos: apocalípticos optimistas, pesimistas integrados, optimistas e integrados y apocalípticos pesimistas. Es lo que tiene de interesante y caótico vivir en un mundo tan globalizado, donde todo el mundo puede opinar y los “masters” se venden por Internet a precios de mercado muy competitivos. En un mundo donde los científicos pueden trabajar con la misma dedicación de trabajador por cuenta ajena en la investigación de la vacuna contra el SIDA, que en la creación de un virus génico mortal para una raza considerada inferior por el empleador.

En cualquier caso, lo que de común tienen el calentamiento global del planeta y el agotamiento gradual e imparable de los combustibles fósiles, aparte de sus relaciones obvias de causa y efecto, no es tanto el saber si se trata de galgos o de podencos, sino de observar el comportamiento humano y las reacciones ante un hecho tan grave y que tanto puede trastocar la vida sobre el planeta. Cabe preguntarse, ante un hecho de la magnitud del calentamiento global o del agotamiento de los combustibles fósiles en menos de un siglo y de su inevitable caída en menos de una década, si seremos capaces de modificar el rumbo al que nosotros mismos hemos apuntado, voluntaria o involuntariamente. O si, por el contrario, estamos más predeterminados que lo que nuestra orgullosa cultura pretende con el supuesto libre albedrío. Pronto lo veremos

Y lo que observamos hasta ahora, no es nada tranquilizador. No ya por los efectos de nuestros propios actos sobre nuestro medio de vida, sino por las reacciones, de los propios autores de esta degradación manifiesta del medio, en todos los sentidos (no sólo en el de la emisión de gases nocivos), que a su vez van a ser las propias víctimas de sus actos, si se cumplen los diagnósticos de nada menos que 2.500 científicos o de los geólogos expertos del cenit del petróleo.

Puestos en la tesitura, resulta muy interesante hacerse la pregunta: seamos francos, ¿quiere usted seguir contaminando y yendo a su trabajo cotidiano, posiblemente en un complejo industrial o comercial que emite muchos gases de efecto invernadero y seguir cobrando a final de mes, hasta el mismísimo día de su muerte o hasta que sea posible y luego Dios dirá? O por el contrario, ¿prefiere usted adoptar la decisión drástica de dejar de emitir ya mismo, tirar su coche y su modelo de vida a la basura, sabiendo que muy posiblemente se quedará sin empleo y en la calle y sin cobrar a final de mes?

Muchos dirían, ante esta tesitura, como sin duda hace hasta el informe y la conclusión última de el diario El País que quizá se pueda resolver todo con un poquito de Kyoto por aquí y un poquito de ahorro por allá, por supuesto sin evaluar (ni cuanto ahorro ni en cuanto tiempo, ni de cuentas personas, no de qué nivel y condición social) y que no es necesario ser tan drástico y tan visceral.

Pero hete aquí que los 2.500 científicos nos dicen ya que incluso dejando a cero las emisiones hoy mismo de gases de efecto invernadero, parte del calentamiento del planeta ya es innegable, que no puede ser evitado ni aún así y que los cambios que ya hemos hecho durarán siglos. ¿Entonces? ¿Somos drásticos en hacer esa propuesta? Porque reducir a cero las emisiones significa que ni usted ni yo podríamos salir a la calle en vehículo de motor de explosión, ni nuestra sociedad podría explotar minas, ni hacer construcciones, ni producir gran parte de la electricidad, vital para el sistema nervioso industrial, ni…tantas otras cosas.

Todos sabemos que Kyoto es un principio de buenas intenciones que se ha quedado en agua de borrajas. Ya hemos hablado de la historia del esfuerzo del club de fumadores por pasar de 20 cigarrillos diarios por miembros del club en 1990 a 19 cigarrillos en 2012, con miembros exentos, miembros incumplidores, miembros que pueden comprar el vicio a terceros y miembros que pueden poner tiestos para fumar más (selvas para contaminar más).

A 16 años de la fecha de origen para el cumplimiento y a casi diez años de la fecha de firma del Protocolo, está claro que no se cumple, de que jamás se va a cumplir, como era de esperar, porque no se puede esperar dejar de fumar mientras se insiste en seguir fabricando cada vez más cajetillas y de que no ha servido más que para crear falsas expectativas. Algo bastante común y previsible, cuando los posibilistas hacen apaños con tan poco fundamento, con la excusa de que peor sería no hacer nada, para no admitir que, en realidad, no se quiere hacer nada, porque se sabe o se teme que seguramente no se podría llevar a cabo, pero se quiere dar la impresión de que algo se hace, para tranquilizar más de una conciencia.

Y ahora dos grandes advertencias, a modo de apocalípticas profecías se ciernen sobre los seres humanos. Por un lado, nos dicen los geólogos que a partir de ya mismo tendremos cada vez menos energía disponible, con ritmos de caída de entre un 4 y un 10% anual, en un mundo programado para crecer, que sólo sabe crecer y consumir cada vez más y transformar la naturaleza cada vez más rápido, cada vez más, cada vez más lejos, si es que lejos existe en el mundo global. Un altius, citius, fortius de insensatez humana.

Por otro lado, los 2.500 científicos patrocinados por la ONU advierten que lo que hemos quemado y transformado ya dejará cicatrices visibles en el planeta durante siglos y que seguir quemando supondrá una segura eliminación de la vida sobre la tierra, si es que no se reconoce límite o freno inmediato a la quema de combustibles fósiles, bien sea por decisión propia y voluntaria, bien sea por agotamiento, del que estos científicos se cuidan mucho de hablar.

¿Y qué hacemos los autores del desaguisado y al mismo tiempo previsibles víctimas del mismo? Pues hay de todo, en esta botica. Desde los que dicen (que no son pocos) “allá se las apañen mis descendientes”, a los que concluyen como el periódico y el mismísimo informe “Aunque parte de los efectos no pueden ser evitados, ahorrar energía es fundamental para minimizarlos” y se quedan tan campantes y tan anchos con esta “ boutade”, que en román paladino se podría traducir como simpleza o vaguedad extrema.

En este sentido, hablar de “apocalípticas profecías” no es en absoluto banal y conviene a la reflexión sobre el comportamiento humano. La Biblia y muchos textos mitológicos griegos se convierten así en consejeros sobre lo que los seres humanos hicieron en el pasado ante tesituras semejantes y los resultados de sus actuaciones, por lo general, muy irresponsables y poco dignas, salvo las de héroes, profetas, eremitas o santos; es decir, salvo las de muy exiguas minorías.

Sabíamos que no había que robar el fuego a los dioses y fuimos Prometeos; sabíamos que no había que abrir la caja de Pandora y vamos para 15 países con armas nucleares y otros 15 con ellas a un año de distancia si se lo proponen. O armas químicas de destrucción muy masiva. O armas bacteriológicas o génicas de consecuencias imprevisibles.

Sabíamos que pretender ser como Dios y querer transformar la naturaleza e imponerse a ella, a nuestro propio cobijo, nos costaría la expulsión del paraíso. Y comimos la manzana.

Quisimos volar hasta el cielo y a Ícaro se le fundieron las alas de cera en forma de lanzadera hecha pedazos. Y seguimos queriendo enviar hombres a Marte o hacer estaciones espaciales permanentes en la luna, sin saber por qué queremos estar allí de forma permanente.

Dijo una voz oscura a Noe que se preparase para un diluvio universal y el cachondeo que se montó alrededor de su Arca todavía resuena en el Génesis de la Biblia. El hálito febril, fabril y productivo de aquellas enfermas gentes provocó huracanes, lluvias torrenciales aquí, sequías acullá, derritió los polos, hizo subir las aguas, provocó inundaciones y sólo cuando ya Noe estaba en el Arca, los incrédulos que flotaban como corchos desesperados alrededor, golpeaban en los costillares pidiendo asilo, junto a cualquier pareja animal.

Quisimos llegar al cielo con una torre de Babel, para reírnos a gusto de la naturaleza y evitar otro diluvio universal y terminamos todos con las lenguas confundidas, sin saber para qué demonios sirve una sofisticada estación espacial o cien mil rascacielos, pero seguimos haciéndolas.

Vinieron los ángeles a advertirnos de que Sodoma y Gomorra no eran sostenibles y que reventarían como seta de pedo de lobo y fuimos a sodomizar a los ángeles y a burlarnos de Lot y a seguir con la fiesta del consumo. Incluso hasta la mujer, algo incrédula, sin creerse del todo que se acabarían para siempre las rebajas en los grandes almacenes, volvió la cabeza y quedó atrás, convertida en estatua de sal, porque el tiempo de respuesta que les habían dicho que les quedaba, impedía perderlo en ver si aquello iba a ser cierto o no.

¿Por qué somos así? ¿No hay arreglo a la acomodación; es ésta irreversible y hace al hombre sumiso a la misma? ¿Qué es el libre albedrío? ¿Tenemos esa capacidad para decir a Dios o a la Naturaleza que no; tenemos esa posibilidad de decidir o está todo decidido y de nada sirve lo que hagamos nosotros, pobres maquinitas del engranaje?

¿En qué momento la tecnosfera revienta a la biosfera y a la ecosfera; dónde está el fulcro sobre el que se apoya la palanca sobre la que uno y otros hacen fuerza cada uno por su lado y cual es el preciso momento de la historia en que el hombre vuelca en su favor dicha palanca y creyendo haber vencido y dominado a la naturaleza se despeña, porque no puede haber vencedores y vencidos absolutos en un juego de columpio?

¿Qué quisieron decirnos nuestros antepasados, incluso los más remotos, con sus mitos, con sus leyendas, con sus religiones y por que tendemos a ignorarlos y despreciarlos, convirtiendo los mensajes valiosos del pasado en simple retórica de letanías o sobeteo de cuentas de rosario carentes de contenido y bisbiseos automáticos de oraciones de misal?

2.500 científicos advierten de que esto explota. ¿Y qué? ¿Para que salga Al Gore, un individuo que tocó las cimas del poder –luego ya estaba condicionado por el mismo- diciéndonos que lo que hay que adoptar son soluciones personales, apagar el pilotito de la lavadora y que los que crean recen? ¿Otro más que no ve o no quiere ver que el mal está en el modelo y no en maquillar el monigote o vestir a la mona de seda, con que bastaría con no echar más humo, pero que se puede seguir transformando la naturaleza sin límites?

Mañana, después de leer el artículo, volveremos todos a lo cotidiano, a la vida con cheque a fin de mes, a meternos en el coche e ir a la fábrica o a la oficina. Todos querremos que no se contamine más, pero todos seguiremos yendo a trabajar en la rueda de molino industrial con la que nos obligan a comulgar. Todos queremos que no haya más emisiones, salvo si me tocan en el empleo o en la rutina –y seguro que me tocan si no hay que contaminar-. Toe r mundo e güeno, dice el simplista eslogan español, hasta que le tocan a uno el trigémino del empleo y el cobro a fin de mes.

¿Y tu que propones?, suele ser la respuesta habitual. La tradición judeocristiana obliga a “encontrar alguna solución”. Un artículo o una opinión, constatar un hecho y mostrar un problema no se puede trasladar a los demás y plantear, sin dejar una “solución” que nos permita dormir tranquilos por la noche. Pero además debe ser una “solución” que no moleste a la inmensa mayoría. El común de las gentes exige que si se hace público un problema éste conlleve una propuesta de solución para que sea digerible, porque de lo contrario, deja regustos inaceptables, rompe esquemas preconcebidos de “para todo problema existe una solución” y deja inquietudes a la grey que no convienen. Si no se avistan soluciones, lo mejor es no plantear el problema o quizá mejor aún, convencerse de que no hay tal problema. El que suscribe, no propone nada. No está seguro, duda como todos los demás. Se limita a observar y a preguntar, a transmitir una inquietud. Tan solo a proponer la reflexión. Quizá la respuesta, como decía la canción de Bob Dylan, esté en el viento, mi amigo.

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2.500 científícos prevén nuevas olas de calor, deshielos y subidas del nivel del mar

El informe asegura que parte del calentamiento ya no puede ser evitado y que los cambios durarán siglos

El planeta se calienta de forma innegable y el hombre tiene buena parte de la culpa. Parte del calentamiento ya es inevitable y el nivel del mar seguirá subiendo durante más de un siglo incluso si mañana se eliminan las emisiones de gases de efecto invernadero. Ése sería un resumen del Informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, en sus siglas en inglés), un grupo de más de 2.500 científicos organizado por Naciones Unidas, y que presentarán en 2007 sus conclusiones sobre el calentamiento global.

El informe, el cuarto que emitirá este organismo, aumenta el grado de precisión sobre el conocimiento del cambio climático y su grado de atribución al hombre respecto al último informe, de 2001.

De forma confidencial, aunque sometido a la revisión de científicos de la ONU o los Gobiernos, los mejores expertos en cada campo preparan desde hace años tres informes: uno sobre la ciencia del calentamiento, otro sobre el impacto en la Tierra y un tercero sobre la tecnología para mitigarlo. Los informes se basan en la bibliografía científica. La discrepancia científica, si existe, queda reflejada.

El informe del IPCC supone el mínimo común denominador científico sobre el calentamiento. La redacción final del texto puede cambiar en una cumbre en París en los primeros días de febrero (y en otras posteriores para el segundo y el tercer informe). Sobre todo puede variar un resumen para políticos, que es aprobado frase a frase, ya que los gobiernos miden cada palabra. En EE UU es importantísimo si el calentamiento se atribuye al hombre directamente o con alguna incertidumbre.

Aun así, el informe de las bases científicas del calentamiento -el primero y más importante- está listo. Naciones Unidas se lo ha enviado a un grupo selecto de expertos y a los Gobiernos para su lectura. Pero ya no pueden comentarlo. Todas las páginas llevan un mismo pie: "No citar".

LA SITUACIÓN Seis de los siete años más cálidos, desde 2001

El informe descata que el calentamiento es innegable. "2005 y 1998 fueron los años más cálidos desde que hay registros. Seis de los siete años más cálidos han ocurrido desde 2001. La temperatura media de la superficie ha aumentado desde 1850", afirma uno de los borradores a los que ha tenido acceso EL PAÍS. "Las observaciones en el océano, la atmósfera, la nieve y el hielo muestran datos coherentes con el calentamiento". "La temperatura del aire en zonas terrestres han subido el doble que en el océano desde 1979".

Además, "la temperatura del océano a grandes profundidades también ha aumentado desde 1955". Aunque la subida en el océano es muy pequeña, su importancia radica en la inmensa cantidad de calor necesaria para elevar la temperatura del mar. El número de noches muy frías (a un 10% de la temperatura media) ha descendido un 76% entre 1951 y 2003 y las noches muy cálidas han aumentado un 72%.

Además de las mediciones directas, el informe presenta los datos de reducción de nieve en el mundo: el retroceso de los glaciares ha aumentado el nivel mar unos 0,5 milímetros al año entre 1961 y 2003 y unos 0,8 milímetros al año entre 1993 y 2003. Además, la nieve en abril en el hemisferio norte ha descendido un 5% entre 1966 y 2004. El Ártico pierde cada década desde 1978 un 7,4% de su superficie helada en verano.

El calentamiento también se observa en los animales y en las plantas (desplazamiento hacia latitudes más frías, cambios en la floración, procesos migratorios, hasta cambios evolutivos). Tras analizar miles de series de todo el mundo, el 85% de ellas coinciden con el calentamiento y sólo se explican por la acción del hombre. Es decir, no son explicables suponiendo que el calentamiento responde a la variabilidad natural del clima.

Si la temperatura sube, el mar se eleva -al calentarse aumenta de volumen-, la nieve se funde y las plantas se mueven, no hay duda: la Tierra se está calentando. LA CAUSA Los niveles más altos en 650.000 años

Una vez que existe la certeza de que hay calentamiento, los científicos pasan al espinoso tema de atribuir las causas. El problema es que hacer una atribución directa, al 100%, es científicamente imposible. Igual que es imposible decir que un cáncer de pulmón de un fumador se debe al tabaco, es imposible decir al 100% que una ola de calor se debe a la acción del hombre. Por eso, el IPCC apuesta por atribuciones como "muy probable" (que quiere decir que la atribución es superior al 90%), "probable" (más del 66%) o "tan probable como no" (33%-66%).

Y la principal causa son los gases de efecto invernadero: sobre todo dióxido de carbono, pero también metano y óxidos de nitrógeno, que se producen al quemar carbón, petróleo o gas. Es decir, al arrancar un coche o encender la luz. Estos gases se acumulan siglos en la atmósfera. Aunque dejan pasar la radiación solar hacia la Tierra, frenan la salida del calor que emite la superficie terrestre. Así calientan el planeta. A este efecto hay que restar el de las partículas. Éstas también procedentes de fábricas y coches y frenan la llegada de la radiación solar al planeta y lo enfrían. Teniendo en cuenta todos los factores que inciden en el balance energético, denominados forzamientos, predomina el calentamiento de los gases de efecto invernadero.

Un borrador señala: "La actividad humana desde 1750 ha muy probablemente extendido una red que calienta el clima Es muy probable que el forzamiento de los gases de efecto invernadero ha sido la causa dominante del calentamiento observado en los últimos 50 años en el mundo".

Estos gases de efecto invernadero son los que hacen habitables la Tierra, ya que si no sería demasiado fría, pero a los niveles actuales sus efectos son nocivos para el clima. "Los niveles alcanzados en la concentración de dióxido de carbono y metano exceden los valores de los últimos 650.000 años", señala el texto.

Los científicos pueden conocer la concentración en la atmósfera hace centenares de miles de años gracias a las perforaciones en el hielo de la Antártida. Allí han conseguido bloques de hasta 2.774 metros de profundidad y cada capa es la nieve de un año. El aire llena los huecos de la nieve y queda atrapado cuando esta se convierte en hielo. Las burbujas permiten saber cómo era el aire cuando se formó la nieve y en qué condiciones de temperatura se formó. Así, los científicos retroceden al clima del pasado. Si en 650.000 años la concentración de gases de efecto invernadero ha oscilado entre 200 y 280 partes por millón (ppm) ahora está en 379,1 ppm y en 50 años puede llegar a 500 ppm.

La concentración de metano ha oscilado en los últimos 11.500 años entre 550 y 750 partes por billón (ppb), pero ahora está en 1.777 ppb, el cambio más rápido en al menos 80.000 años. El ritmo actual de aumento de gases de efecto invernadero "no tiene precedentes en al menos 20.000 años".

"El calentamiento observado en todo el mundo en la atmósfera y el océano, junto a la pérdida de masa de hielo, conjuntamente, apoya la conclusión de que es altamente improbable (menos del 5%) que el reciente cambio climático global haya sido causado por la variabilidad natural del clima", afirma uno de los borradores. Los tres indicadores encajan con los modelos de predicción del clima suponiendo que hay cambio climático y no se explican sin el cambio climático.

La atribución del calentamiento al hombre es ahora mayor que en 2001, en el último informe. El texto señalaba entonces que había "pruebas nuevas y más convincentes de que la mayor parte del calentamiento observado durante los últimos 50 años es probable que se deba a actividades humanas". En 2001 los científicos fueron cautos y ahora lo consideran mucho más probable.

El informe de 2007 señala que el incremento de situaciones extremas -como sequías y olas de calor- "pueden ser atribuidas al cambio climático antropogénico", el producido por la acción del hombre. "Un grupo de evidencias cada vez mayor sugiere una influencia humana discernible en aspectos del clima como el hielo marino, olas de calor y otros eventos extremos, tormentas y lluvias", sostiene uno de los borradores. Este es el punto más importante del nuevo informe, según los expertos consultados. Los científicos, tras revisar los muchos estudios de estos seis años han visto que el grado de atribución del cambio climático global al hombre es mayor que en 2001. Y es también el apartado que más incomodará a los gobiernos y que más intentarán cambiar o suavizar en el último momento.

LAS PREVISIONES 3 grados más en un siglo

Además de saber lo que ha pasado y por qué, el informe dedica un apartado a saber qué pasará. Allí apunta que "parte del calentamiento ya no puede ser evitado" y que "los efectos durarán siglos", según fuentes conocedoras del texto. Hay ya tantos gases de efecto invernadero y tantos en camino que hay una parte del calentamiento inevitable. Aunque ahora mismo se consiguiese estabilizar la concentración de gases de efecto invernadero -algo que supondría reducir drásticamente la actividad mundial- debido a la inercia con la que responde el sistema climático, el aumento de la temperatura y del nivel del mar seguirá durante más de 100 años y para 2100 la temperatura aumentará 0,5 grados incluso estabilizando la concentración de dióxido de carbono. "Estabilizar los forzamientos radiactivos es un prerequisito para estabilizar el clima. Los cambios en el nivel del mar, circulación oceánica y casquetes polares continuarán durante siglos o más", afirma.

Aún así, el rango de temperaturas que dan los modelos para los próximos 100 años es bastante amplio. Los modelos de predicción del clima señalan un aumento de temperatura a final de siglo de "entre 2 y 4,5 grados, con el valor más probable de tres grados. Es muy improbable que el aumento sea menor de 1,5 grados. Valores por encima de los 4,5 grados no pueden ser excluidos".

En el anterior informe, el aumento de temperatura previsto para final de siglo era de entre 1,4 y 5,8 grados, aunque depende tanto de las emisiones, del aumento de población y de la política que se adopte respecto a la energía y el aumento de población... Las proyecciones de temperatura para el 2100 sin políticas para frenar el cambio climático indican un calentamiento de hasta 6,3 grados.

Las proyecciones indican un incremento del nivel de mar de 0,19 a 0,58 m para el 2100 sin políticas para frenar el cambio climático. Respecto al nivel del mar, los científicos reducen el rango que pronosticaron en 2001, cuando predijeron subidas de entre 9 y 88 centímetros. No obstante, aún existen incertidumbres sobre la pérdida de hielo en los polos, que aumentarían aún más el nivel del mar y que aún no pueden ser cuantificados.

La lluvia se distribuirá de forma desigual: en general aumenta y es lógico. Si hace más calor, el agua se evapora más y llueve más, pero la distribución no es homogénea. "Hay más certidumbre ahora que en 2001 sobre los patrones de lluvias con, en general, descensos en las regiones secas y aumentos en las húmedas", explica. España se sitúa en la zona con más descenso de lluvias.

Aunque parte de los efectos no pueden ser evitados, ahorrar energía es fundamental para minimizarlos.