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La crisis energética en perspectiva

  • martes, 27 septiembre 2005 @ 16:44 CEST
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Artículos La revista editada en Argentina Protección petrólera presenta en su número de julio/agosto el artículo "La dimensión histórica de la crisis energética", que por su interés reproducimos a continuación: Las sociedades contemporáneas se construyeron sobre la existencia de energía barata, accesible y de fácil manipulación, lo que les permitió desde finales del siglo XIX crecer, desarrollarse y cambiar sus perfiles como nunca antes en la historia de la humanidad. Cualquiera que conozca el abc de los principales procesos históricos de occidente, sabe que los índices poblacionales, las expectativas de vida, y las maneras de vivir variaron muy lentamente durante casi dos milenios. Sin embargo, esos ritmos cambiaron de forma vertiginosa desde las últimas décadas del siglo XIX. Una de las causas más importantes fue la aparición de la “era del petróleo” y la construcción del “hombre hidrocarburo”.

Tomemos un ejemplo simple. Cualquier persona que naciera a mediados del siglo XVIII y viviera su promedio de cuarenta a cincuenta años no veía trastocada en gran medida su vida cotidiana. Generalmente no se movían más allá de ciertas zonas conocidas, comían y vestían casi de la misma manera durante toda su existencia, se comunicaban, dificultosamente, por un correo de postas y se trasladaban gracias a la tracción a sangre. La vida podía ser trastornada por las habituales guerras o por transformaciones revolucionarias, pero la cotidianeidad de los recursos no cambiaba ni por las guerras entre monarquías ni al grito de “igualdad, libertad, fraternidad”. Un siglo y medio después el cambio fue abrumador. Mis abuelos, por ejemplo, nacieron en los últimos años del siglo XIX, una en Montevideo y el otro en un pueblito de Asturias. En ese entonces la población mundial no superaba los 1.000 millones de habitantes desde hacía mucho tiempo. Montevideo contaba con tranvía de caballos, y para llegar a las ciudades del centro del Uruguay sólo se podía usar la diligencia. En sus largas vidas vieron como todo cambió con rapidez. Cuando murieron a mediados de la década de 1980, habían visto la imposición de la era del automóvil, el nacimiento de la aeronáutica, de la era nuclear, de los vuelos supersónicos, la aparición de los sintéticos y la hegemonía del plástico. Vivieron la carrera espacial, vieron pasearse al hombre en la luna -obviamente que por televisión- y murieron cuando los trasbordadores espaciales orbitaban un planeta con 4.500 millones de personas. Hoy somos 6.500. Mi abuelo había llegado de España en 1908 luego de un viaje en vapor de veinte días. Cuando volvió para morir en su tierra, el avión lo dejó en Madrid en catorce horas.

Este cambio radical en los tiempos históricos hubiera sido imposible sin los combustibles líquidos derivados del petróleo. Hasta ahora fue relativamente fácil de encontrar y de almacenar, su abundancia “hoy en declive- y la practicidad de ser un líquido, permitió asentar la civilización del siglo XX en la seguridad petrolera. Así, hemos añadido más humanos sólo desde 1999 que los que jamás existieron en el mundo hace tan sólo unos pocos centenares de años. Esto es indicativo del increíble impacto que los combustibles fósiles han tenido sobre las sociedades humanas, generando una “sobrecarga” que cada vez se vuelve más difícil de controlar y de abastecer. No sólo los bienes de consumo cotidiano se fundaron en el oro negro, a lo largo de los últimos cien años, además, nos hemos vuelto “petrofágicos”, nos comemos el petróleo. Efectivamente, desde la “revolución verde” de mediados de los cincuenta, la expansión de los cultivos hizo aumentar el flujo de energía hacia la agricultura entre 50 y 100 veces. En Estados Unidos, solamente, se gastan 1.600 litros de petróleo para alimentar a cada estadounidense. Tengamos en cuenta que la producción de un kilo de nitrógeno para fertilizar requiere 1.3 litros de diesel. Si seguimos esa proporción, entre 2001 y 2002, sólo en USA los 12 millones de toneladas de nitrógeno para fertilizar los cultivos consumieron en su producción 96.2 millones de barriles de petróleo. En los últimos diez años casi se duplicó el consumo de combustibles fósiles en la producción agrícola. Nuestra dependencia del petróleo es total. La computadora en la que escribo esta nota no existiría sin la petroquímica, la revista que usted está leyendo tampoco. Observe su entorno: las salas de su casa, la ambientación de su trabajo, la calle por la que va en su automóvil y la vital electricidad. En todo hay plásticos o derivados del petróleo que han hecho sustentable nuestra vida moderna y los niveles medios del confort. ¿Estaremos liquidando este mundo?

De Hubbert a Bush
King Hubbert fue quien en la década del cincuenta previó el cenit petrolero norteamericano para inicios de los 70. Según esta tesis cuando la explotación de los yacimientos llega a la mitad, la extracción llega al cenit y de ahí en más, el recurso cae progresivamente hasta el agotamiento. A pesar del descreimiento general, su modelo se confirmó con exactitud y desde 1971 Estados Unidos se volvió un importador masivo. Campbell y Laherrère aplicaron el método de Hubbert a escala planetaria y concluyeron que entre 2005 y 2010 llegaremos al cenit mundial. Obviamente que esta situación tendrá -tiene- efectos políticos en nuestra época y consecuencias económicas que alterarán nuestras vidas.

A lo largo de los últimos años las pruebas se acumulan y los testimonios desde los centros de poder hacen cada vez más evidentes la llegada del cenit. Dick Cheney afirmó en 1999 los peligros del seguro agotamiento y en el Plan Nacional de Energía de 2001 el vicepresidente dejó en claro la necesidad de nuevas políticas mundiales para proveer un abastecimiento sostenible. La Agencia Internacional de Energía (AIE) integró en su último informe el cenit petrolero a sus análisis. El 16 de mayo de 2005 George W. Bush llamó de manera casi desesperada, a buscar nuevas formas de energía desde una planta de biodiesel en West Point, Virginia. Sin duda, la reunión con el príncipe Abdalá de Arabia Saudita no tuvo los resultados esperados. Los gobernantes wahabitas se comprometieron a aumentar su producción, hoy en franco estancamiento, recién para el 2009.

Los hallazgos de nuevos yacimientos caen en picada desde hace 41 años y las perspectivas son negativas. Quizá la única posibilidad sea perforar la plataforma submarina, con un altísimo costo y sin la seguridad de encontrar cantidades económicamente rentables. Las opciones son pocas y las decisiones políticas que se han tomado hasta ahora no presentan perspectivas positivas. Podemos sintetizar en tres las posibilidades a futuro:

  • La expansión imperial. Ocupar militarmente las zonas petroleras para asegurar abastecimientos. La invasión de Irak es el ejemplo notorio, pero políticamente ha fracasado. En dos años de ocupación Estados Unidos no logró regularizar los abastos. Irak no produce más de 700 mil barriles diarios, cuando su producción anterior llegó al millón y medio por día. La resistencia a la invasión creó un escenario de violencia e inestabilidad y los atentados a la infraestructura petrolera promedian dos por semana. Resulta imposible asegurar nuevos abastos desde la mesopotamia y los llamados de George W. Bush el 16 de mayo último a buscar alternativas energéticas, dejan en claro que la estrategia lanzada el 11 de septiembre de 2001 no ha dado los resultados esperados.
  • La "manía de las fusiones" de las empresas petroleras. En el marco de la globalización, las empresas petroleras se han fusionado desde mediados de la década de 1980 como forma de aumentar sus reservas, no por medio de nuevas exploraciones, sino por la compra o la integración empresarial. Si bien la fusión posiciona mejor a las empresas en el sistema financiero, no aumentan las reservas reales a ofrecer en los mercados.
  • El nuevo orden energético internacional. Esta alternativa significa crear una nueva manera de encarar la producción y la distribución, que permita utilizar los recursos energéticos en disminución, de una manera equilibrada y equitativa, mientras se buscan nuevas fuentes de energía viables. El "Protocolo de Uppsala" es, sin duda, la propuesta más profunda hasta ahora, donde se presentan una serie de puntos para hacer sostenible el consumo de energía en la actual crisis.
Las posibilidades, como vemos, se acortan. ¿Primará el criterio social o el lucro de las petroleras? Si el poder económico y militar de las transnacionales triunfa sobre las propuestas socialmente viables, corremos el riesgo de transformar al mundo en un campo de batalla por los recursos energéticos y la historia humana, tal como la conocemos hasta ahora, cambiará radicalmente. El "hombre hidrocarburo" y "petrofágico" está llegando a su fin. No sabemos -no podemos saber- el rumbo que tomará la historia, pero, si triunfa la alternativa empresarial sobre la humanamente sostenible, sin duda la realidad histórica del futuro será mucho peor que la de nuestro presente.