Bienvenido(a) a Crisis Energética sábado, 14 diciembre 2019 @ 09:41 CET

La carta del congresista y otras miserias morales

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Artículos Este es un artículo escrito desde la indignación. Indignación por la nueva victoria del mentiroso Blair, y por cómo animó a sus conciudadanos a olvidar el pasado y a preocuparse de las cosas que de verdad importan, entre las que no se encuentran pedirle explicaciones por las mentiras y el desastre de Irak. Indignación al leer lo que dice un congresista estadounidense (es republicano, pero, ¿qué más da eso?) en una carta que envía a posibles votantes ensalzando las ventajas de extraer petróleo de Alaska. Es un comentario casi casual, frío:
I feel quite strongly that as long as we have our military in the Middle East fighting so that we can continue to purchase oil from that region, we have an obligation to find alternatives to foreign oil.
Otro asunto olvidado. Agua pasada. La carta del congresista y otras miserias morales

Después de la vergüenza y la indignación sentida tras conocerse las mentiras que se utilizaron para justificar la invasión de Irak, pudiera parecer que ya lo hemos visto todo. Al fin y al cabo, una característica importante del zeitgeist de este principio de siglo en las sociedades “avanzadas” es la existencia de un caparazón protector, mezcla de relativismo interesado, cinismo y puro cálculo político (a veces llamado “real politik”), que permite a los ciudadanos no dejarse llevar por la indignación, si es que tal emoción aún perdura en su castigado repertorio emocional. Y si aún son capaces de sentir empatía por el sufrimiento ajeno y por las mentiras y los intereses que los causan, su nuevo estatus de esclavos de la deuda de un sistema económico que parece que ya solo puede ser salvado por esa alucinación colectiva llamada “confianza en los mercados” será finalmente lo que los mantenga quietos sin moverse de la fila.

Como un sistema que se retroalimenta, cuanto más engaños seamos de tolerar, peores y más brutales serán las mentiras, y más descarnado el cinismo que profesarán nuestros gobernantes. En apenas una semana hemos tenido dos buenas muestras de esta escalada de desfachatez y bajeza moral, una llana y intolerable cara dura de aquellos que un día se vieron llamados por nuestros votos a representar públicamente nuestra voluntad política.

El primero fue Tony Blair, el segundo del trío de mentirosos que ha salido indemne de su aventura imperial. Haciendo gala de una repugnante bajeza, se apresuró, nada más renovar su mandato, a “olvidarse del pasado, y a ocuparse de las cosas que realmente preocupan a la gente”. La política de los hechos consumados, le llaman. Dado que ahora es tarde para rectificar los errores, olvidemos el pasado. No, señor Blair. No es suficiente olvidar el pasado. Sobre todo, porque ese pasado aún es presente: han dejado Irak infinitamente peor que antes de su intervención, demostrando que, desgraciadamente, la “coalición de los voluntariosos” pueden superar al más sanguinario de los dictadores en sus desmanes. La realidad puede no tener remedio, pero el arrepentimiento y la contrición aún deberían ser valores irrenunciables para un político honrado. Su llamada a pasar página es ejemplo de un abyecto estilo de hacer política que desprecia la realidad y solo busca, por todos los medios, imponer las decisiones fabricando un estado de opinión de la manera más burda: a través del miedo y la mentira. Y saben que funciona. Atemorizaron a la población una vez mintiendo acerca de las capacidades agresivas de un dictador que ya no servía a sus intereses, y ahora, más sutilmente, intentan atemorizarnos de nuevo indicando que, una vez usada y tirada la mentira útil en la cuneta de las hemerotecas, conviene olvidar el pasado si no queremos poner en peligro la resolución de los “auténticos problemas”. Shame on you, Mr. Blair, y también averguencense todos aquellos que recibieron sus declaraciones como “lo normal en estos casos”. Una muestra más de que, colectivamente, hemos perdido toda referencia, toda norma moral, toda justicia, y por tanto, el derecho a vivir en un mundo en paz.

La segunda muestra del enorme desprecio que sienten por nosotros ese conjunto de ciudadanos agraciados con la confianza de los electores lo ha mostrado el congresista republicano por California Daniel E. Lungren. En una carta que formaba parte de un envío masivo a votantes, y en la que se pide el apoyo para la explotación petrolera de la reserva natural de Alaska, Lungren escribe lo siguiente:

I feel quite strongly that as long as we have our military in the Middle East fighting so that we can continue to purchase oil from that region, we have an obligation to find alternatives to foreign oil.
Gracias a la acción del ciudadano que la recibió y que, según sus propias palabras, tuvo que leer el citado párrafo varias veces antes de creer lo que decía, el asunto ha salido a la luz. Es una admisión sin paliativos de las razones que llevaron a los EEUU a invadir Irak, llevando consigo a la Gran Bretaña, que pronto se unirá al club de las grandes superpotencias importadoras de petróleo. Esta nueva “ética” es sorprendente, y ante ella, solo resta oponerse con todas las fuerzas, o bien claudicar y desligar definitivamente de nuestro discurso cualquier aspiración de justicia, de solidaridad y buena voluntad entre los pueblos. Como en Gran Bretaña, en los EEUU el clima político ya no está afectado por la guerra de Irak, Bush ha sido reelegido, la gente ha vuelto a sus cosas, a preocuparse de lo verdaderamente importante. Basta que los medios pretendan que una cosa ya no interesa para que efectivamente, ciertos asuntos desaparezcan de la conciencia de una población que, por otra parte, nunca se ha sentido muy interesada en separar realidad y propaganda. Otro éxito para ese estilo de hacer política moderno, basado en el control informativo y el miedo. En ese nuevo ambiente, no es de extrañar que el congresista Lungren se haya relajado y haya dejado constancia escrita de lo obvio: que su país invadió un país rico en reservas petrolíferas para poder controlarlas.

Lo peor de todo esto es que, pase lo que pase respecto a los grandísimos retos energéticos que nos aguardan, ya conocemos el tipo de política que van a guiar a los países poderosos en la gestión de ese escenario.

Mentiras, miedo, odio, guerra.

Esa es la receta, y esa es la desgracia. Poco importan los desarrollos tecnológicos, las iniciativas gubernamentales, los esfuerzos sociales por paliar la situación, si en el fondo, el espíritu que va imperar va ser el que han mostrado nuestros líderes con el asunto de Irak. Primero nos mentirán diciendo que no pasa nada, que todo podrá seguir como en el pasado, que el futuro será “más y mejor”. Cuando la situación sea insostenible, cuando los problemas vayan a salpicarles en pleno mandato, cuando los prestidigitadores sean incapaces de esconder el truco y se les exija respuestas, jugarán la carta del miedo. Nos pedirán sacrificios, o todo será peor, y señalarán con el dedo a los nuevos culpables, aquellos que poseen el petróleo y cuyos gobiernos no permiten la entrada del capital extranjero necesario para que podamos exprimir aún más sus reservas. Ya saben que somos capaces de apretarnos el cinturón económico, pero desde lo de Irak saben que nuestras tragaderas son aún más amplias, también hemos renunciado a cualquier atisbo de ética, a cambio de mantener nuestro miserable statuo quo. Se invadirán países, se declararán nuevos enemigos, se pondrá precio a las cabezas a aquellos que pongan en peligro a nuestro irrenunciable modo de vida. La guerra, el viejo método que nunca falla, volverá a ponerse encima de la mesa.

Ese es el gran peligro y no otro. Para transformar la realidad es necesario conocerla profundamente. Y lamentablemente, nuestro modelo social no permite eso. Disfraza las visiones divergentes, y si es necesario la mentira, vistiéndolas con la necesidad de consenso. Y es muy bueno comprando voluntades, como lo demuestra la práctica desaparición de otra política macroeconómica que no sea la que dictan los popes del neoliberalismo. Al fin y al cabo, los consumidores consumen, las maquilas y los sweatshops producen, los bancos prestan, y los aprendices de brujo siguen experimentando con técnicas para lograr una burbuja que nunca estalle.

Es perfectamente comprensible la negación, pues por cada peldaño subido, y en estos años hemos subido peldaños muy altos y muy de prisa, el abismo se ve más profundo.

No cedamos al espejismo, no toleremos, aún si nos duele en el bolsillo, que nos gobiernen cínicos y mentirosos. Si no son capaces de mostrarse rectos en tiempos de bonanza relativa como los que hemos vivido hasta ahora, ¿qué podemos esperar de ellos en tiempos de crisis?