Bienvenido(a) a Crisis Energética lunes, 09 diciembre 2019 @ 08:28 CET

Powerdown (el apagón)

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Artículos Con el permiso expreso del autor, Richard Heinberg, publicamos en Crisis Energética y de forma adelantada, la introducción de su próximo libro “Powerdown: Options and actions for a post-carbon world” (una traducción provisional podría ser "El apagón: opciones y acciones para un mundo posterior a los fósiles), que está a punto de salir publicado y que se puede solicitar al editor (New Society) y en pocos días también en Amazon. Richard Heinberg es periodista, educador,editor, conferenciante, músico miembro del consejo de la Facultad del New College de California, donde imparte cursos de Ecología y sociedad y Cultura, ecologíay comunidad sostenible. Heinberg es autor de numerosas publicaciones, la más conocida de las cuales es “The Party’s Over” (La fiesta se acabó). Heinberg dispone de página web en la que se publican algunos de sus artículos. Heinberg es una referencia obligada para todos los que estamos preocupados por el problema del agotamiento de los recursos fósiles. Pedro Prieto ha realizado la traducción.

Introducción

Cuando era un muchacho –y vivía- en el campo –hace cincuenta años o mas- la gente cultivaba para su autosuficiencia, ya que no se les ocurría hacerlo de otra forma. Las personas confiaban en sí mismas, porque tenían que serlo: era una forma de vivir. Hacían lo que se había ido haciendo durante generaciones; llevando un modo de vida tradicional. El dinero era un bien raro: demasiado valioso para ser gastado en cosas que se pudiesen cultivar o hacer por uno mismo. Se gastaba en herramientas o en tejido para los vestidos o alimentos lujosos, como el te o el café.

Se hubiesen reído ante una tienda de alimentos dietéticos... -John Seymour. El agricultor autosuficiente (1979)

Me encuentro en la cabina de un avión MD 80, camino a Dallas desde San Francisco.

Es de noche y cuando miro por la ventanilla del avión, veo una densa maraña de luces esparcidas sobre el paisaje oscurecido. Es una vista maravillosa y al mismo tiempo, profundamente perturbadora. Cada una de ellas habla de una particular historia de lucha por la supervivencia y de prosperidad. Y cada una de ellas se encuentra conectada, de alguna forma, con una fuente de energía fósil.

Esa fuente tiene su propia historia; una que comenzó hace cientos de millones de años, pero que acabará en el periodo de vida de los niños que viven hoy, ya que nuestra herencia de combustibles fósiles se quema una de vez y para siempre. Que sucederá, entonces, con todas esas luces y con las vidas a las que están asociadas?

Es una idea conmovedora e irónica, dado el contexto en el que aparece. Miro hacia fuera y hacia abajo, desde el interior de una máquina que está siendo empujada con fuerza hacia los cielos, también a base de quemar combustibles fósiles. Y lo mismo, en gran medida, sucede con el ordenador sobre mis rodillas.

Según pienso sobre mi ordenador, la ironía se profundiza. Así como cuando miro desde el avión y puedo ver de una sola vez 250 km2, puedo tomar información de mi ordenador (cuando está conectado a Internet) y acceder, si así lo quiero, a los sucesos de actualidad, a la historia de la humanidad y a la geografía cultural, como pocos seres humanos podrían jamás haber soñado hacerlo hace apenas unas décadas.

¡Y que vista se obtiene desde esta cumbre de la información! Hace un siglo, nuestros recientes antecesores conducían coches de caballos; hoy tenemos fotos tomadas en la superficie de Marte. Hemos hecho llegar a seres humanos a la luna. Hemos cubierto gigantescas superficies de nuestro planeta con mares de cemento sobre los que conducimos y estacionamos nuestros mil millones de coches. Hemos construido rascacielos y desviado el curso de grandes ríos. Hay más seres humanos vivos que los que han existido, de forma acumulada hasta antes de la Revolución Industrial. Esto significa que hay ahora vivos bastantes más genios –y monstruos- que jamás hayan vivido. Y cuando alguno de esos extraordinarios individuos hace algo, lo podemos oír instantáneamente por medio de nuestras redes mundiales de comunicación.

La mayor parte de edifico de esta modernidad, se ha construido prácticamente en el tiempo de una vida humana: todavía hablo de vez en cuando con gente que se acuerda de la llegada del primer automóvil a su pueblo. Y lo estamos viendo, en toda su magnificencia, con nuestros propios ojos, mientras sucede. ¡Qué espectáculo! Pero esto no es todo lo que vemos.

Hemos subido muy alto, pero también hemos llegado muy lejos en la frágil rama ecológica. Podemos vivir, como dijo Paul Simon, en “una edad de milagros y maravillas”, pero vivimos también un tiempo en el que varias “tormentas” entran en colisión, como el la película y el libro “La tormenta perfecta”:

· Agotamiento de los recursos. Desde el punto de vista de la economía mundial, probablemente la amenaza más inmediata proviene de agotamiento de los combustibles fósiles (tanto el petróleo, como, en Norteamérica y el Reino Unido, el gas). Pero los recursos de agua dulce, la pesca libre en los océanos, los fosfatos (necesarios para la agricultura) y el suelo vegetal, también están menguando.

· El continuo crecimiento de población. Aunque el ritmo de crecimiento de la población mundial da signos de desaceleración, el total alcanzó los 6.000 millones en 1998 y en los seis años transcurridos desde entonces, hemos añadido otros 400 millones de seres humanos, casi la población de Norteamérica. Aunque no hayamos añadido a la tierra los recursos y las infraestructuras de apoyo equivalentes a las de Norteamérica.

· La producción alimentaria per capita en declive. A lo largo de todo el siglo XX, la producción de alimentos sobrepasó al crecimiento de la población. Sin embargo, las cosechas de grano de los últimos cinco años revelan una tendencia aterradora: parece que la trayectoria de la producción de grano per capita se ha estabilizado y puede estar comenzando a caer, debido, probablemente, a una variedad de razones (incluyendo la pérdida de tierra cultivable a favor de la urbanización, la escasez de agua dulce y el mal tiempo).

· El cambio climático global y demás signos de degradación ambiental. Las civilizaciones agrícolas se han desarrollado apenas en los pocos últimos miles de años y se ha caracterizado por un régimen climático mundial relativamente estable y benigno. Ahora parece que el régimen está llegando a su fin, casi con seguridad, como resultado de una intensificación del efecto invernadero inducido por el hombre. No está claro si la civilización puede persistir con un clima menos favorable y menos estable, puesto que la producción de alimentos podría incluso ser puesta en peligro. Si el nivel de los mares del mundo se elevase de forma perceptible, como se ha predicho que sucederá, como resultado de la fusión parcial de los hielos polares, muchas ciudades costeras, podrían quedar inundadas. Es más, ahora aumentan las preocupaciones de que el agua dulce y fría proveniente de la fusión de (los hielos de) Groenlandia, puede parar la Corriente del Golfo y sumergir a Europa y a gran parte de Norteamérica en una nueva Era Glacial.

· Los insostenibles niveles de deuda estadounidense y el colapso potencial del dólar. Desde la Segunda Guerra Mundial, el mundo ha confiado en el dólar estadounidense como base de la estabilidad monetaria. Pero los EE.UU. se han aprovechado, cada vez más, de esta situación aumentando incesantemente su déficit comercial y aumentando la financiación extranjera de la deuda gubernamental. El actual nivel de la deuda estadounidense –interna y externa- no tiene precedentes y es insostenible y los funcionarios del Tesoro hicieron esfuerzos en 2003 y a principios de 2004, para reducir suavemente el valor de dólar en relación con otras divisas. Sin embargo, si el dólar se devalúa en exceso, otras naciones (incluyendo China) pueden decidir dejar de invertir sus ahorros en bonos y títulos estadounidenses; esto podría a su vez precipitar un colapso del dólar. En resumen, el sistema monetario mundial, que ha sido relativamente estable durante las últimas décadas, parece estar desintegrándose. Precisamente en el momento en que las naciones del mundo necesitan invertir grandemente en sistemas de energía renovable, medidas para (aumentar) la eficiencia y una producción agrícola sostenible para hacer frente a los problemas antes mencionados, el capital para inversiones puede desaparecer en medio de una crisis financiera mundial.

· La inestabilidad política internacional. La reciente declaración de los EE.UU. de que tiene derecho a lanzar guerras preventivas y el uso de ese “derecho”, como argumento para su invasión de Irak, podría llevar los asuntos internacionales a una nueva era sin ley. De ahora en adelante, un ataque por parte de cualquier nación sobre cualquier otra, sería justificable como autoprotección contra futuras amenazas imaginarias. Mientras tanto, el desarrollo y la proliferación de nuevas armas basadas en el espacio exterior, electrónicas, genéticas y micronucleares, abre la posibilidad de formas de guerra todavía más mortales, de las cuales algunas disponen de la capacidad de borrar poblaciones de una determinada etnia enteras o hacer inhabitables determinados continentes enteros.

Esos problemas están relacionados entre sí de manera que a menudo se refuerzan. Juntas, constituyen el reto más serio al que nuestra o representan una forma de culminación de la historia humana; con sus efectos medioambientales ya en marcha y los potenciales, pueden señalar, de forma conjunta, uno de los sucesos más trascendentales de todos los tiempos geológicos.

Esta convergencia de logros y amenazas sin precedentes – que la mayoría de nosotros hemos aprendido a dar por sentadas, como si de tratase de asuntos corrientes para la humanidad- es abrumadora cuando se contempla en su conjunto, como cuando se ven desde arriba. Pero normalmente, sólo las vemos de vez en cuando y preferimos no pensar en cómo las partes pueden llegar a combinarse en un todo terrible.

* * *

Todo el mundo ha visto la clásica escena en una docena de películas del Oeste: llevan a un viejo tipo canoso, seguro de sí mismo, por primera vez en su vida al médico. El sabe intuitivamente de antemano el diagnóstico y está preparado para lo peor. “Dígame la verdad, doctor” Así es como nos sentimos cuando oímos hablar del cambio climático o de la continua degradación de los arrecifes de coral mundiales. Dígamelo a la cara: prefiero saberlo que vivir en la ignorancia.

Pero la mayoría de los líderes gubernamentales y de la industria lo ven de diferente forma. Se comportan más como el personaje del coronel Jessup, que interpreta Jack Nicholson en “A Few Good Men” (1992). En la escena cumbre de esa película en el tribunal, el teniente Kaffee (Tom Cruise), aprieta a Jessup e insiste, “quiero saber la verdad”. Jessup le grita, por toda respuesta “¡No podrías hacerte cargo de ella!”

Tampoco parece que nosotros nos podamos hacer cargo, al menos en la mente de los dueños de los medios de difusión de gran alcance. A veces, aparece en televisión o en los periódicos una información perturbadora, pero la noticia culpable queda enterrada, generalmente en la misma emisión, o en la misma página, por otras sobre asuntos políticos de poca monta, asesinatos locales, las vidas de los famosos o los resultados de los eventos deportivos.

Un ejemplo reciente: el 15 de mayo de 2003, casi todos los periódicos del mundo publicaron en portada los inquietantes resultados de un estudio de la prestigiosa revista científica Nature de por aquellas fechas. En su artículo titulado “Rápido agotamiento mundial de las comunidades de peces predadores”, Ransom A. Myers y Boris Worm habían informado, “Nuestros análisis sugieren que los océanos mundiales han perdido más del 90% de los grandes peces predadores”. La mayor parte de este agotamiento se atribuye a la industria pesquera. En muchas especies, cuando la población se reduce por debajo de un determinado punto, la recuperación resulta imposible. Muchas especies de peces parecen haber sobrepasado, o estar cerca de ese punto de no retorno. Con esta noticia, la comunidad humana fue puesta en conocimiento de que los océanos pueden estar efectivamente muriéndose.

El mismo día, otros titulares de periódicos incluían “Menem se retira de la carrera en Argentina” y “las fuerzas israelíes matan a cinco en un ataque en Gaza”. Los políticos argentinos y la ocupación israelí de Palestina merecían, ciertamente, la cobertura que consiguieron ese día, pero ¿cómo debería sopesar el lector medio la importancia relativa de esas tres noticias? En los días siguientes hubo más titulares sobre las elecciones argentinas y más aún sobre la violencia en la Palestina ocupada, pero la noticia sobre los océanos prácticamente desapareció de la vista, y es probable que sólo un pequeño porcentaje de la población entendiese que tiene importancia suficiente como para dejar de ver el resto de noticias durante las siguientes semanas o meses. La mayoría de las personas ni siquiera se dieron cuenta; por ejemplo, un artículo de Richard Sadler y Geoffrey Lean titulado “Las reservas psicícolas y los pájaros marinos disminuyen drásticamente, a medida que las crecientes temperaturas del agua matan al vital plancton”, que fue publicado el 19 de octubre del mismo año en el periódico británico The Independent. “El Mar del Norte va hacia su disolución ecológica”, escribieron los autores, como consecuencia del calentamiento global, según una nueva sobrecogedora investigación. Los científicos dicen que están siendo testigos de “un colapso del sistema”, con implicaciones devastadoras para las pesquerías y la vida salvaje. Las temperaturas récord están matando el plancton del que depende toda vida marina, porque apuntalan toda la cadena trófica marina. Las reservas de peces y pájaros marinos ha bajado de forma repentina.

El día en que se publicó esta noticia, quedó prácticamente ahogada por la de “El Papa beatifica a la madre Teresa” y la de Blair vuelve al trabajo, después de los temores sobre su corazón”

Quizá las gentes que están al frente (de las noticias) tengan razón: quizá es que no podemos afrontar la verdad (aunque sería bueno que tuviésemos la oportunidad). Después de todo, la mayoría parece disfrutar con las ilusiones placenteras.

En este sentido conseguimos mucha ayuda de la industria del entretenimiento y del aplauso incesante, pero también de los políticos de todo jaez. Se considera descortés intentar decir al público las noticias desagradable verdaderas, a menos que haya algo en ellas que se pueda achacar al grupo opositor o a algún enemigo extranjero. Mientras los izquierdistas señalan, a veces, determinadas crisis ecológicas, como forma de criticar a las grandes empresas y gobiernos de derechas, se aseguran generalmente de enmarcar sus quejas de forma que sugieran que los problemas se pueden resolver poniendo en marcha los planes de los políticos progresistas o de las ONG’s. Mientras tanto, los comentaristas de la derecha vilipendian a los “ecologistas alarmistas” por lo que consideran exageraciones sobre la seriedad de los dilemas ecológicos, para adaptar sus propuestas ideológicas.

Así, mientras los izquierdistas realizan intentos sesgados y discuten de la crisis ecológica con la boca pequeña, los ataques de la derecha tiene un efecto de congelación. Los ecologistas instalados tienden con frecuencia, en estos tiempos, a retraer sus golpes y a atemperar sus alertas. Nos enfrentamos a serios problemas, nos dicen una y otra vez, pero si adoptamos las medidas adecuadas, esos problemas desparecerán sin molestias. Mientras ellos están en su momento más siniestro, los científicos medioambientales nos dicen que es en la década actual cuando tenemos que hacer los cambios fundamentales, porque si no, el deslizamiento hacia el colapso ecológico será irreversible. El primer Día de la tierra nos dijeron que teníamos la década de los 70 para cambiar los acontecimientos; y no hicimos prácticamente nada. Después tuvimos los 80 .. y tampoco. En 1992, durante la Cumbre de Río, oímos que la humanidad disponía de los 90 para reformarse; después de esto, puede que no haya vuelta atrás. No ha habido cambios fundamentales de dirección y aquí estamos, una docena de años después. Espero leer, cualquier día de estos, un pronunciamiento al efecto, que nos recuerde que tenemos la primera década del nuevo siglo para poder hacer los cambios, o algo así. ¿Cuántos avisos tenemos ya? ¿No sería razonable asumir, desde ahora mismo que vivimos de prestado?

Es comprensible la timidez de los ecologistas que la fecha de caducidad de las esperanzas superficiales ya ha pasado. Nadie quiere ser visto como un acomplejado. En “The Population Bomb” (1968) (La bomba de la población), el biólogo Paul Enrich escribió eso cuando ya era demasiado tarde:”En los 70, el mundo padecerá hambrunas; cientos de millones pasarán hambre hasta morir, a pesar de los programas de choque en los que estamos embarcados ahora” A lo largo del libro, hizo otras predicciones específicas ( y vistas en perspectiva, muy imprudentes. Desde luego la Gran Hambruna jamás llegó a suceder. Para ser más exactos, millones de personas padecieron hambrunas durante esa década, pero no fueron de forma lo suficientemente dramática como para justificar la jeremiada de Ehrlich. Desde entonces, cada vez que un ecologista publica un nuevo aviso vinculado a fechas, algún comentarista las pía diciendo: “Hemos oído esto antes: esas profecías sobre el juicio final son siempre erróneas. ¿Por qué deberíamos escucharlas ahora? La mayoría de los ecologistas son científicos y los científicos están, de cualquier forma, acostumbrados a apoyar sus aseveraciones en términos cautos. Añádase a esto el factor de acomplejamiento y difícilmente se les puede culpar por apartarse tímidamente de las conversaciones francas sobre las inevitables consecuencias de nuestros actuales patrones de comportamiento.

En sus predicciones inmediatas, Ehrlich estaba desde luego equivocado. Pero en el principio tenía inequívocamente la razón: si no revertimos voluntariamente el crecimiento humano de población, la naturaleza lo hará por nosotros, más pronto o más tarde.

En las tres últimas décadas, la civilización industrial se las ha apañado para sacar el conejo del sombrero: la producción alimentaria ha estado casi siempre por delante de la población. Parece que hemos esquivado la bala. Pero ahora, en vez de 3.500 millones de seres humanos que había cuando se publicó “The Population Bomb”, somos 6.400 millones, un objetivo bastante más grande; y nuestra capacidad para hacer fintas, disminuye con rapidez.

Todavía hoy, casi nadie habla sobre la necesidad de reducir la población de la forma valiente y directa en que lo hizo Ehrlich en los años 60. No, hemos aprendido a ser más cautos y matizados en nuestros comentarios sobre el holocausto demográfico que está por venir.

* * *

No puedo ayudar, sino precisamente escribir el tipo de libro que me gustaría leer. Y soy uno de esos pájaros raros que preferirían saber la verdad, por muy alarmante que sea. Solo puedo esperar que haya otros con similares inclinaciones.

En las dos décadas anteriores, he sido un trabajador con dedicación completa como periodista, editor, director de un boletín, investigador y profesor universitario. Aunque enseño una asignatura de ecología humana, no tengo una especialidad formal: soy un generalista. Mi objetivo es sencillamente obtener una visión precisa de lo que está sucediendo en el mundo. Para hacer esto, he tenido que aprender cómo dar prioridad a la información. He desarrollado el hábito de preguntar qué es lo más importante para poder entender esta situación. Este esfuerzo por poner prioridades me ha llevado a darme cuenta del papel crucial de la energía en los ecosistemas y en las sociedades humanas y el de los combustibles fósiles en las modernas sociedades industriales. Y a su vez este despertar me ha llevado a escribir el libro “The Party’s Over: Oil, War and Industrial Societies” (La fiesta se acabó: petróleo, guerra y las sociedades industriales). Ahí recapitulé como creció la Revolución Industrial a partir de nuestro uso cada vez mayor de combustibles fósiles; primero con el carbón, después con el petróleo. Describí el siglo XX como el siglo del petróleo un acontecimiento especial y único en la historia de la humanidad. Durante este espectacular periodo, la producción total mundial de energía comercial aumentó unas 9 veces y las mejoras en la eficiencia duplicaron esa cifra, en términos de energía utilizada, entregando un total conjunto de un aumento de 18 veces de la energía disponible para los seres humanos. Fue esta lluvia caída del cielo la que nos permitió transformar nuestra forma de vida de los carros de bueyes y los mensajeros del Pony Express a los aviones a reacción y a los teléfonos móviles.

Mientras tanto, la población humana se cuadruplicó durante el “siglo del progreso” aprovechando este subsidio energético sin precedentes.

Esto solo fue el prólogo de mi verdadero mensaje, que apuntaba una advertencia. Siempre hemos sabido, en teoría, que los combustibles fósiles no eran renovables y por tanto, que existían en una cantidad finita. Ahora comienzan a aparecer signos de que la extracción mundial de petróleo puede llegar a su cenit y comenzar a caer en los próximos años, como resultado de que los procesos y las condiciones geológicas no pueden ser alterados por los avances tecnológicos esperados en la exploración y en las técnicas de recuperación. Las consecuencias serán probablemente calamitosas (Muchas de las más importantes ideas de “The Party’s Over” se resumen y actualizan en el capítulo 1.

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A estas alturas, el lector ya habrá supuesto que el propósito de este libro no es proporcionar otro manual entusiasta sobre como salvar al mundo de los humanos (tal y como lo conocemos). Pero tampoco es mi objetivo lamentar en vano nuestro inevitable destino colectivo. Más bien se trata de explorar de forma realista nuestras posibilidades para el próximo siglo. Y cuando digo “de forma realista”, quiero decir que tomo como punto de partida la creencia –a la que he llegado de mala gana, después de años de estudio y reflexión-, de que ya hemos avanzado demasiado en determinadas direcciones como para haber cerrado anticipadamente, algunas posibilidades que a todos nos hubiese gustado tener disponibles.

Doy por descontado que ya hemos sobrepasado, para los seres humanos, la capacidad de carga de la Tierra a largo plazo y que hemos extraído recursos esenciales hasta un extremo que ya es inevitable algún tipo de colapso social. Entiendo la palabra “colapso” en un sentido, de alguna manera, técnico, que está tomado del trabajo de Joseph Tainter, autor de “The Collapse of Complex Societies”. (El colapso de las sociedades complejas). Tainter define “colapso”, como una reducción sustancial de la complejidad social; esto puede ocurrir relativamente rápido y de forma caótica o de una manera más gradual y controlada. En el mejor caso, esto llevaría a un grado de contracción planificada, en el que los niveles de población y de utilización de recursos per capita se vería reducido de forma dramática en las décadas por venir. Pero desde luego, la palabra colapso está cargada de implicaciones horrendas.

Muchos de nosotros tendemos a imaginar los colapsos de la civilización como repentinos y totales, pero este no ha sido el caso en casos anteriores; la antigua Roma, La Creta minoica, el Imperio Occidental de Chou, etc. Los colapsos de las sociedades históricas han ocurrido generalmente en periodos de entre 100 y más de 500 años.

Además, el colapso puede o no conllevar la destrucción de las instituciones primarias de una sociedad. A menudo es difícil señalar el momento exacto del comienzo del colapso y el proceso puede haber estado teniendo lugar, apenas unas décadas después de haber llegado a su cenit en extensión y en logros (examinaremos el proceso del colapso con más detalles en el Capítulo 5)

En los momentos actuales, ya estamos viendo las primeras fases del colapso, como muestra la disrupción de clima mundial, el declive de los ecosistemas oceánicos, el agotamiento de los recursos energéticos y la llegada al cenit de la producción mundial per capita de cereales; sin embargo, es poco probable que nadie de los que ahora estamos vivos vea el fin del proceso. Desde una perspectiva lo suficientemente distante, los historiadores verán el periodo de 1800 a 2000 como el de la fase de crecimiento de la civilización industrial y el perido del 2000 al 2100 o al 2200 como su fase de contracción o colapso.

Incluso aunque el retroceso de crecimiento sea inevitable, la forma que adoptará no está todavía clara y quedará determinada por las acciones de la generación actual. Tenemos armas y demás medios tecnológicos para acabar con la vida humana para siempre. También tenemos los conocimientos y habilidades suficientes para construir comunidades a pequeña escala que sean descentralizadas, sostenible y con logros culturales, mientras el medio ambiente se degrada a niveles relativamente pequeños a lo largo del tiempo.

Mi objetivo al escribir este libro es proporcionar a los lectores una información que les ayude a entender las limitaciones y las oportunidades de este momento único en el tiempo, de forma que podamos ayudarnos y ayudar a la humanidad, capear el temporal del siglo que tenemos por delante, de una forma vivible y humana.

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El libro comienza con un vistazo al agotamiento del petróleo y el gas natural y sus previsibles consecuencias, un resumen y actualización del libro “The Party’s Over”. Este material actualizado incluye una alarmante información sobre el estado del suministro actual de gas en Norteamérica y las consecuencias geopolíticas probables de los intentos de los EE.UU. para tratar el problema con importaciones de gas natural licuado de ultramar.

En los siguientes cuatro capítulos, vemos las cuatro principales opciones disponibles para las sociedades industriales, en las próximas décadas:

· El último que quede en pie (la vía de la competición por los recursos remanentes). Si el liderazgo de los EE.UU. sigue con sus política actual, las siguientes décadas estarán llenas de guerras, crisis económicas y catástrofes medioambientales. El agotamiento de los recursos y la presión de la población están a punto de desbordarnos y nadie está preparado. Las élites políticas, especialmente en los EE.UU. son incapaces de manejar la situación.

· “Powerdown” (El parón) (la vía de la cooperación, la conservación y el compartir) La única alternativa realista a la competición por los recursos es una estrategia que exigirá un esfuerzo tremendo y un sacrificio económico para reducir la utilización de recursos per capita en los países ricos, desarrollar fuentes de energía alternativas, distribuir los recursos de una forma más justa y humana, pero reducir sistemáticamente el tamaño de la población humana a lo largo de tiempo. Las organizaciones mundiales ecológicas, contra las guerras, contra la globalización y de derechos humanos están apoyando una versión superficial de esta alternativa, pero por razones políticas tienden a reducir el nivel de esfuerzo exigido y a minimizar el asunto de la población.

· Esperar al Elixir Mágico (espejismos, falsas esperanzas y negación –de la realidad-) A muchos de nosotros nos gustaría ver todavía otra posibilidad; una transición sin sufrimiento, en la que las fuerzas del mercado acuden al rescate, haciendo innecesaria la intervención gubernamental en la economía. He discutido por qué esta visión de color de rosa es extremadamente improbable y principalmente sirve de distracción de gran esfuerzo que será necesario para evitar la competición violenta y el colapso catastrófico.

· Construir botes salvavidas (la vía de la solidaridad y la preservación de la comunidad) Esta cuarta opción final comienza con el supuesto de que la civilización industrial no se puede salvar en su forma actual y que estamos incluso viviendo en las primeras etapas de la desintegración. Si esto es así, tene sentido, al menos para algunos de nosotros, dedicar nuestra energía a conservar los logros culturales más valiosos de los últimos siglos pasados.

En el capítulo final, “Our Choice” (Nuestra elección), se estudia como se espera que tres grupos sociales importantes en la sociedad mundial, vayan a adoptar las opciones mencionadas (los líderes del gobierno, de las finanzas y de la industria que toman decisiones; la oposición a estos liderazgos (los movimientos contra las guerras, de antiglobalización, etc. -los “otros superpoderes”-); y la gente común. Sugiero que las respuesta más fructífera sea probablemente una combinación de Powerdown (en su forma más vigorosa) y de Construcción de botes salvavidas.

Este capítulo termina con un ruego para la conservación de nuestros más altos valores e ideales humanos durante lo que será probablemente el siglo más desafiante de toda nuestra historia; un tiempo en el que la vida humana puede comenzar a parecer barata y superflua y en la que el miedo y el odio puedan verse cada vez más justificados.

Creo que intentar mantener los negocios como de costumbre en las próximas décadas, simplemente garantizará un colapso catastrófico. Sin embargo, podemos preservar lo mejor de lo que hemos conseguido, mientras facilitamos nuestro discurrir de la forma más pacífica y justa posible, en el pronunciado camino cuesta abajo, desde la creciente complejidad que nuestra sociedad ha ido escalando en los dos últimos siglos. Esas son las alternativas que tenemos y cuanto antes reconozcamos que estamos en ello y elijamos con sabiduría, mejor será para nosotros y nuestros descendientes.